El proceso político que tendrá su clímax este 24 de febrero de 2019 con el referéndum constitucional, tiene mucha más importancia de la que algunos escépticos piensan.

En primer lugar, estas últimas semanas previas al domingo, han servido para escuchar las opiniones, posicionamientos y silencios de intelectuales, activistas, líderes de la sociedad civil, artistas, medios de prensa alternativos y también de aquellos que se expresan desde plataformas oficiales.

El silencio de algunas personas siempre trae consigo un hálito de duda. No sé si callan por desilusión o por desinterés. O tal vez lo hacen por precaución, por miedo. En cualquier caso, callan, y eso es lo que nos queda.

Las opiniones de los que sí se han pronunciado, por otro lado, han sido diversas. Muchas apuntan a las falencias o virtudes de la nueva Carta Magna, algunas otras a la convicción de que hay que votar SI para garantizar la continuidad. En cualquier caso, han servido, además de para informar bien o mal a las personas, para leer entre líneas las corrientes que fluyen en la esfera pública nacional.

Los posicionamientos claros y públicos de los que apuestan por el NO o por la abstención, sin embargo, sirven para medirle el pulso al aparato represor del Estado. Este forcejeo constante entre el poder y quienes lo retan es fundamental para ir conociendo empíricamente los costos del disenso público, aunque este siga generándose, de momento y, sobre todo, en las redes sociales.

Además, estos posicionamientos nos han dado una pequeña demostración de transparencia. En un escenario como el cubano, donde hay un modelo político que suele dividir el tablero (más allá de las complejidades que toda realidad devela) en víctimas, victimarios, cómplices e indiferentes, resulta importante señalar al grupo humano que defendemos y esto a su vez nos coloca en uno de estos cuatro grupos. Reconocer a las víctimas del sistema, e identificarnos entre ellas, suele ser el primer paso para una acción política transformadora.

¿Qué pasaría si ganara el NO en el referéndum constitucional?

En segundo lugar, el referéndum es un examen al modelo del Partido Comunista de Cuba (PCC). Ciertamente, el proceso electoral ha sido injusto en tanto los espacios públicos han sido “privatizados” por el Partido y usados únicamente para su propaganda. Además, al ser la Comisión Electoral Nacional una institución sin independencia, permeada por el poder del Partido, sus decisiones y procedimientos pueden siempre tener un sesgo político. Sin embargo, el fraude burdo tiene sus riesgos porque cualquier vecino presente en el conteo puede contarnos si ve algo raro. Además, el PCC sí tendrá, en cualquier caso, los resultados reales, y aunque no los haga públicos, su reacción después del referéndum puede arrojar indicios acerca de qué nivel de disenso encontraron ellos en las urnas.

En tercer lugar, el proceso es también un examen a la ilusión ciudadana y nuestra capacidad de reanimarla antes del 24F, y también posterior al referéndum cuando el PCC muy probablemente declare, sean los resultados que sean, una “victoria contundente de la revolución”.

Es por esto que creo fundamental pensar la propuesta por el NO, o incluso la abstención, como un movimiento en ciernes, una movilización ciudadana latente, una ilusión que, aunque tenga diferentes motivaciones, emerge para recuperar ese derecho, tan básico como fundamental, a disentir. Una ilusión que necesita contagiar a la mayoría indiferente y desesperanzada.

Mi voto este 24 es por eso, por la ilusión, por la esperanza de generar participación, por recuperar la consciencia política que hemos perdido en el camino, y que tenemos que recuperar si queremos llegar a buen puerto.

Una sociedad cubana atea, yoruba, católica, protestante, y de otras creencias, necesita volver a creer. Y el voto de algunos o muchos este domingo puede ser un paso importante en esa dirección.