“La primera vez que lo vi me impresionó mucho, yo nunca había visto un tiburón de ese tamaño, es que ni siquiera había visto uno, fue muy emocionante porque hasta me puse un poco nervioso”, dice sin admitir de ninguna manera que había sentido miedo. Es Félix Ángel Caro Berovides, el tripulante más joven del Olimpo.

Los cinco o seis tripulantes del barco trabajan muy unidos para no tener accidentes y hasta ahora no los han tenido. Salen mar afuera en los meses de septiembre u octubre, cuando se terminan las corridas de peces y deben subsistir con la captura de escualos.

Félix va con ellos desde hace dos años y a partir de entonces se ha perdido muy pocas expediciones. Aunque pase más de una semana fuera de casa, durmiendo a la intemperie o sobre un colchón de mínimo tamaño, prefiere la aventura.

“Cuando llegamos a la zona de pesca preparamos el palangre poniendo en los anzuelos la carnada y los echamos al agua poco a poco, donde estarán de un día para otro. Sobre todo se pesca de noche y temprano en la mañana los revisamos”, me explica.

Por la forma de la boya, hundida o mordida, que señala el sitio de captura, los pescadores como Félix saben si picó algún ejemplar. Cuando capturan uno tienen que cuidarse, pues los animales luchan por su vida hasta el último instante. Los capturan entre tres:

“Al acercarlo a la banda del barco, uno lo mantiene pegado a la embarcación, otro trata de engancharlo con una soga mediante un lazo por la cola para sujetarlo mejor y lo golpeamos con un palo en la nariz que es su punto débil, así queda medio desmayado y podemos subirlo”.

Pregunto: ¿y si no muere? Ríe y me responde confiado: Sí, él sí muere, siempre muere.

No obstante, les ha ocurrido que el tiburón es demasiado grande, se pone incómodo, tira coletazos y se les ha escapado al reventar el cordel. A veces consiguen diez, otras ninguno, no pueden vaticinar cómo será cada campaña.

Foto: Henry A. Pérez

– “¿Por qué lo haces?, ¿es tu ayuda a la economía familiar?”

– “Más o menos ahí, no mucho, pero un poco”.

Pese a su escueta contestación, sé que mientras más grandes y mayor el número de los capturados, mejor será la paga.

Los tripulantes del Olimpo han puesto su vida en juego muchas veces para garantizar la comida de la familia, porque más allá de la adrenalina y el reto son hombres con hijos y esposas para sustentar. Entregan la captura en el Puerto pesquero de Cienfuegos y a cambio, reciben un cheque que distribuyen entre todos.

Cuando era pequeño Félix pescaba en el malecón de la ciudad, pero cuando empezó a salir mar afuera, a atrapar pargos y chernas, le gustó aún más.

Con su edad quizá debiera estar estudiando una carrera universitaria en lugar de arriesgar su juventud y poner en peligro de extinción una especie de la cual ya quedan pocos ejemplares en la bahía de Cienfuegos, razón por la que salen a buscarlos en las aguas del Mar Caribe.

Sin embargo, Félix ya escogió lo que quiere hacer.

-“¿Tú crees hace falta ante todo tener sangre fría?” –
“Lo que no se puede tener es mucho miedo sino ni te acercas a ellos”. 

Este muchacho bajito y de maneras “a la moda”, no da el brazo a torcer, no se rinde y mucho menos quiere confesar un temor. Los hombres de mar llevan una pasión desmedida que los ata al agua y al desafío.

“Ya cuando lo haces una vez necesitas volver a hacerlo porque el cuerpo te lo pide y es impresionante, te da deseos de volver a repetirlo.”

Las aguas del Mar caribe donde pesca Félix. Foto: Henry A. Pérez