Un sol que lo muerde cada día; la misma bicicleta para los 22 kilómetros de siempre entre la casa y el trabajo; y miles de tilapias, tencas y clarias que crecen en la presa, dentro de jaulas inmensas… Esa sería la única rutina de Luis Miguel López Hidalgo si no le hubiera nacido un hijo hace unos días, cuando le han rebajado el salario a la mitad.

Este joven de 26 años vive en la ciudad cabecera del municipio de Sibanicú, en Camagüey. De allí viaja cada madrugada 11 kilómetros hasta la presa de Cascorro para criar peces.

“Vale la pena el esfuerzo, porque en los primeros días del mes nos dan una cuota de arroz, granos, azúcar, pollo, embutidos, y en las segundas quincenas nos refuerzan. Además, me gusta este trabajo”, asegura Luis Miguel, el primero en su familia en una actividad pesquera.

Hace poco más de tres años casi no venía a la presa, pescaba como una afición. Trabajaba como administrador de una bodega.

Foto: Leandro A. Pérez

“Me trajo la necesidad. Mi mujer estaba embarazada y queríamos mejorar. A los criadores antes nos pagaban como promedio por la entrega de jaula, que se hace cada nueve meses, unos 4 000 pesos y 150 CUC. Después de la Resolución 17 cobramos la mitad, y seguimos así, porque nos bajaron las tasas de los peces criados en jaulas”.

Aquel primer hijo que motivó a Luis Miguel a cambiar de empleo no llegó a nacer, murió a los siete meses en el vientre materno. La joven pareja quedó devastada, pero no se rindieron. Un salario cerca de los 1 000 pesos los ayudaba a soñar. Y hace solo unos días nació Jorge Luis, el primogénito, pero ahora el sueldo, que no llega a 500 cada mes, preocupa.

Foto: Leandro A. Pérez

“Me gusta ver el bulto de peces que yo entré a la jaula de pocos centímetros convertidos en animales de más siete libras, como pasa con las tencas. Es duro madrugar o coger el sol de las 2:00 p.m. para alimentarlas a su hora, no es fácil hacer guardia toda la noche en una casa flotante en medio de las jaulas de la presa… Todo eso yo lo hago sin problema, si hubiera tenido miedo no hubiera aprendido a remar solo, ni a hacer las tareas del oficio mirando a los de más experiencia. Lo que sí no puedo hacer es seguir aquí si el salario no me alcanza para mantener a mi familia que acaba de crecer”.

Luis Miguel es el único que no rebasa los 35 años en su brigada de 10 hombres, y en toda la unidad empresarial de base (UEB) Acuinicú, de la Empresa Pesquera de Camagüey, no llegan a 20 jóvenes entre criadores y pescadores.

Pura ironía la que golpea a este joven: El salario, la razón por la que vino a la presa, puede alejarlo de los peces que ha aprendido a hacer su vida.

“Si no me cuadra la cuenta con el billete a lo mejor me meto a pescador en otro sitio, porque a ellos sí le subieron el pago. ¿Quién entiende, verdad? Porque están en la misma empresa, y trabajamos parecido, al final nosotros también pescamos. Pero, bueno, yo no estoy para pensar, lo mío es resolver”.

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