La nueva medida económica del gobierno cubano me viene como anillo al dedo. Desde hace años guardo una botija llena de coronas danesas y no sabía qué hacer con ellas. Ahora puedo tomarlas, junto a mi baúl de euros y mi ánfora de pesos mexicanos, y encaminarme al banco más cercano para abrir una cuenta bancaria y hacerme de una tarjeta magnética, que será como una varita mágica con la que podré comprar equipos electrodomésticos, motores de motocicletas, piezas de autos, motos eléctricas y después más, mucho más.

Además, podré verificar contratos de importación con empresas cubanas para mandar a traer grandes equipos de refrigeración y todo cuanto alcance con mis dineros enterrados.

El pueblo cubano está muy feliz, miles y miles de personas esperaban poder comprar con sus divisas artículos más baratos que los que se venden en CUC y no tener que traer desde lugares remotos equipajes desmesurados, compuestos de televisores de pantalla plana y aires acondicionados, para venderlos al triple de su precio en el mercado sumergido de Cuba.

Como dijeron muy bien los funcionarios invitados a la Mesa Redonda, esta medida beneficiará a un segmento de la población. Pero no dijeron que este segmento es muy pequeño, que la mayoría del pueblo cubano seguirá esperando que llueva un euro en el campo, porque en esta isla nadie ni nada paga en euros por nuestro trabajo ni sabemos dónde está el mapa del tesoro del conde de Montecristo.

Mi mamá no dejó un solo anillo sin sopesar cuando la campaña feliz del oro y la plata, en aquellos años, que han regresado, en los que los cubanos y cubanas tenían que pedir a algún extranjero que le comprara con las divisas ahorradas un par de zapatos o un televisor en una Diplo Tienda.

La miseria que nos dieron por el oro y la plata que guardábamos nos sirvió para comprar algunas cosas, que debían durar treinta años más. Ahora nos vuelven a indicar que saquemos nuestros tesoros ocultos y los entreguemos a cambio de lavadoras de ropa y refrigeradores de gama alta.

Como dijo el presidente cubano cuando anunció la etapa coyuntural que no se acabará jamás, el pueblo cubano se reirá de todo esto, como he hecho yo hasta este párrafo del artículo.

Pero la realidad no es risible, sino alarmante. Cuando esperamos medidas de liberación de las fuerzas productivas del país, cuando necesitamos medidas que estimulen la producción, la incorporación de los jóvenes al trabajo, que atraigan a las nuevas generaciones a un proyecto económico viable, que los enraíce en Cuba, cuando estamos urgidos de políticas que sumen a nuevos y viejos a un proyecto nacional democrático e inclusivo, se nos ocurre cambiar coronas danesas por televisores de pantalla plana.

¿Dónde están las políticas para el grueso de la población cubana, no para segmentos, sino para todos y todas?

Vuelvo a repetir que la democracia no es un mecanismo estatal de adorno. Debe ser una práctica constante, un método de dirección, o como dice la Constitución, un principio de organización y funcionamiento del Estado cubano.

El Estado, el Gobierno, el Partido, deben empezar ya a escuchar al pueblo, no para tomar medidas que aparenten resolver nuestros problemas, que alegren la vida de unos miles para dejarlo todo igual para millones, sino que debe sentarse a oír lo que el pueblo tiene que decir sobre nuestras expectativas reales.

El socialismo solo es una variante viable si sirve para salvarnos como especie, como gente, como familia, como personas, como pueblos, como individuos. Los que idean políticas impopulares en un Estado supuestamente socialista son enemigos del socialismo y de la democracia, porque ponen en manos y en boca de los apologetas del capitalismo nuevos y enriquecidos argumentos sobre nuestra decadencia e irracionalidad.

El socialismo no es ni puede ser un negocio de funcionarios amarrados al poder y a sus prerrogativas. Esa ha sido una de las causas decisivas de la caída del campo socialista en Europa del Este y de casi todas las experiencias socialistas conocidas. El pueblo debe decidir, los legisladores traducirán la voluntad del pueblo en forma de leyes, los gobernantes sudarán frío ante la responsabilidad de cumplir el mandato del soberano, pero en ningún caso deben creer que hemos confiado en ellos para manejar nuestro destino en salones refrigerados donde nada es popular.

El pueblo cubano es pacífico, trabajador, imaginativo, sencillo, frugal, si se compara con otros pueblos similares, nos contentamos con poco y podemos inventar una vacuna contra una terrible enfermedad y satisfacernos con un plato de chicharrones, pero tenemos derecho a que se nos respete, a que se laven la boca cuando nos van a anunciar medidas para segmentos en los que no cabemos, como si no nos importara, como si fuera cualquier cosa saber que no tenemos ni tendremos jamás, ni una sola corona danesa para gastar.

 

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