Martí escribió, en el Manifiesto de Montecristi, que los guerreros que morían en los campos de Cuba peleando por la independencia lo hacían por un bien mayor: para que la “república moral” viviera en América. En Tampa, en su discurso conocido como “Con todos y para el bien de todos”, expuesto el 26 de noviembre de 1891, el apóstol de la independencia de Cuba, expresó:

“Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento… a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas…”.

La república de ojos abiertos debe ser un principio del proyecto de república que debemos fundar todavía entre nosotros.

La república y la libertad que la alimenta no pueden ser sin responsabilidad ciudadana, opinión libre, valentía cívica, participación consciente, “ni insensata ni tímida”, información contrastada, control ético de los funcionarios públicos, transparencia de la actuación política y administrativa, población instruida, medios de difusión cristalinos y fiscalizados por el pueblo soberano y mandamás.

La república de ojos abiertos necesita del pueblo togado y sin cuello noble de distinción. La revolución cubana unió los cuellos y fundó una ciudadanía de hombres y mujeres que no se deben distinguir por sus orígenes, colores de piel, ideologías y lugares de residencia. La república debe estar lista para la participación, no solo para la marcha en cuadro sino para el debate en asamblea.

La vigilancia en la república no tiene por qué ser solo entre vecinos, también puede ser del pueblo al administrador, del pueblo al presidente, del pueblo al gerente y de las instituciones públicas que se especializan en el control del erario público, para que no proliferen los desencuentros privados entre ciudadanos sino la vigilancia institucional mesurada por la Ley.

Alma en cuarentena

Martí confiaba en el pueblo de la república de ojos abiertos que se componía por los que opinaban con franqueza y limpieza, aunque el poder y el sentido común llevaran por el camino de la desidia y la aceptación del destino, y confiaba también en el cubano que respetaba esas opiniones.

El bien superior que Martí buscaba era que la Ley primera de la república fuera el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre. También está pendiente este bien fundamental entre nosotros. La dignidad vive en la Constitución y vive en las niñas y niños y mujeres embarazadas protegidas por el Estado y en las escuelas sin diferencias y en los hospitales sin diferencias; pero no vive, sino que sangra en los trabajadores que no pueden vivir honestamente de sus salarios, en los ancianos con jubilaciones míseras, en la pobreza injustificada, en el campo desahuciado, en las fábricas improductivas, en los cientos de ciudadanos censurados por decir lo que piensan, por los miles que escondieron su religiosidad por décadas, en los que se atreven, con sus acciones indignas, a empujar fuera de Cuba a sus hijos e hijas de pensar diferente.

La república de ojos abiertos es parte del proyecto de nación de Martí. La democracia está en porfía, en porfía está la legalidad y el Estado de derecho, la transparencia de los actos del Estado y las diferentes vías para lograr el desarrollo del país.

Martí tiene los ojos abiertos, nosotros debemos abrirlos para ser leales a él. La república de ojos abiertos es responsable, orgullosa de sus logros y feliz de la libertad alcanzada. Es justo sentirse orgulloso de cómo saltamos sobre las trampas de la pandemia en curso, y es justo sentirse indignado cuando a una periodista le confiscan su teléfono por escribir en Facebook lo que no gusta al Partido.

Vamos a abrir los ojos para ver a Martí, para leerlo con respeto y responsabilidad y para alimentar el alma con la energía de su amor y su sacrificio.

 

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Diseño de cartel: Wendy Valladares

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