La semana del 5 al 10 de agosto, el periódico Granma se embarcó en una singular campaña de moralización pública. Sus “afortunados” suscriptores pudieron seguirla de primera mano; los demás, nos hemos ido sumando de a poco al corro, a medida que la retórica del “yate” ha ido ganando en intensidad y repercusiones en el espacio público.

El primer capítulo de esta historia transcurrió el lunes, cuando en una crítica que quería ser sobre la llamada música de “reparto” (“puro reparterismo”, la llaman) se deslizó una referencia de segunda mano (el autor cuenta lo que le contaron) a que los hechos narrados tuvieron lugar en un “bar cuentapropista (…) propiedad de un artista cubano”.

Tras preguntarse cómo era posible que en ese lugar no estuviera de moda el “arte de calidad”, el autor abunda en el mensaje al artista/propietario para quien iba dirigida la nota y a quien nunca llama por su nombre: “(…) el lugar de marras es propiedad de un artista cubano, que conoce el funcionamiento de las instituciones culturales y, sobre todo, porque es triste ver y escuchar a determinadas personas expresarse en eventos y congresos, pero hacer lo contrario en las noches.”

Cuatro días después, la menguada edición del viernes reservó amplio espacio para un texto sobre los incrementos salariales del sector presupuestado, y la importancia de apoyar el tope de precios acompañante, junto a otro artículo cuyo autor se lo dedicó al “humor de un solo sentido”, que pretende “convertir en comodín (…) todo cuanto ‘huela’ a institucionalidad”.

Como complemento del primero de esos materiales fue pasada a imprenta una caricatura que por sí sola bastaba para resumir el mensaje que se quería enviar.

Caricatura de Martirena, en el periódico Granma.

Caricatura de Martirena, en el periódico Granma.

De mensaje, mensajero y respuestas

Como era de esperar, de las notas citadas, la de mayor repercusión fue la relativa al humor. Sus ideas fundamentales, contenidas en estos dos fragmentos son elocuentes:

“El personaje oficial, el cuadro político, el simple dirigente del barrio, el que alguna vez dirigió y ya no lo hace, e incluso los miembros de las instituciones del orden o la legalidad, se han convertido en blanco predilecto a la hora de armar los personajes más ridículos o los que asumen roles negativos en no pocas producciones audiovisuales (humorísticas o no) de los últimos tiempos. (…) Entonces me pregunto: ¿por qué no reírse un poco más del maceta, del que roba, del contrarrevolucionario, del que nos agrede y bloquea, del que hace de la sociedad un espacio carente de disciplina, del simulador, del vago y hasta de los seudoartistas o seudointelectuales?”.

Con la práctica totalidad de los canales de expresión estrechamente controlados –y en consecuencia, limitados– por el Estado, al humor cubano le ha correspondido asumir funciones que debieran ser desempeñadas por otros actores sociales, entre ellos, la prensa.

El ejemplo paradigmático de tal realidad es el programa Vivir del cuento, que con los años ha devenido en un fenómeno de masas. Conscientes de su influencia, los asesores de comunicación del presidente Obama se apresuraron a aprovecharlo a comienzos de 2016, durante su mediática visita a la Isla.

La excelente prensa derivada de aquella llamada telefónica a Pánfilo, y del juego de dominó que la siguió, fue una lección que la dirigencia isleña pudo haber sumado a su arsenal propagandístico.

Gracias Pánfilo

Por bastante tiempo el programa estelar de los lunes navegó con inédita suerte, sin embargo, hay un personaje dentro del reparto del programa que ha provocado, al parecer, la reflexión en las páginas del Granma.

Es “Facundo Correcto”, el funcionario político del barrio, la estampa de un “cuadro” militante y abnegado, intransigente y disciplinado, burócrata y controlador. Difícil no asociarlo con el “simple dirigente del barrio” de la publicación aparecida en el periódico, y difícil no leer en el artículo un “aviso a navegantes” que no se debe obviar.

Granma, en su condición de “Órgano Oficial del Comité Central del Partido Comunista” no publica las opiniones personales de este o aquel autor, sino aquellas que se ajustan a la línea programática de la “fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado” y son funcionales a sus objetivos. Granma no es un medio público, es un medio partidista, y la democracia de los criterios no es su fuerte.

Cuando se habla de bares privados, de control de precios o de humor contra los “cuadros” en ese diario, es por una razón, aunque de momento no quede clara cuál.

Conscientes de que estos “vientos” pueden traer “tempestades”, muchos ciudadanos han expresado su inconformidad a través de las redes sociales.

En una argumentación de seis puntos, la colega Mónica Baró diseccionó, desde su muro de Facebook, las trampas argumentales insertadas en el texto contra los bares “vampiros culturales”:

“No es cierto que todos los bares privados de la capital -dice Mónica- “ofrecen una mediocre oferta cultural”. El Bar Pazillo, por ejemplo, ofrece el Miércoles de Pazillo Pride, donde actúan artistas que reivindican a la comunidad LGBTI, y ofrece conciertos de música electrónica y trovadores (…).

“No está bien establecer una generalización a partir de un único caso, que corresponde a un único día, a partir de una única fuente, que además no se identifica. Afirmar que todos los bares privados de la capital presentan la misma oferta es una especulación, o peor, una mentira.

“No es cierto que el reparto se consuma solo en bares privados, como se sugiere. El reparto también es posible escucharlo en bares estatales capitalinos que aún representan opciones recreativas para los cubanos, como Don Cangrejo, de Palmares, y en otros espacios estatales que no son bares (…)”.

Ante la caricatura en portada del Granma, que describe al vendedor de tarimas como el “malo de la película” en la historia de los precios topados, la periodista y profesora universitaria Milena Recio, publicó una opinión lapidaria:

“Veo que la propaganda al uso ha renunciado a la “luna de miel” con el sector de la economía privada y vuelve, de manera pérfida, a tratar de inducir la identificación de los productores y comerciantes privados como los malísimos de la película. La cara del delincuente, mal afeitado, pata pelúa (…) es más que elocuente”.

Quizás ese discurso político militante del dibujo al que aludió la profesora Recio es el tipo de “chistes” que le gustaría ver más al autor de “Humor de un solo sentido”. Aunque esa pretensión de “conducir” el fin del humor en una dirección predeterminada y útil para el poder político, ha generado las más diversas reacciones.

Una de las más elocuentes, la difundió el actor y humorista Ulises Toirac, quien se apresuró a posicionarse en defensa de la manifestación con la que por décadas ha ganado reconocimiento nacional.

A su juicio, “el humor (…) practica una importantísima labor (…) El humorismo señala, resalta y satiriza todo lo que frena el desarrollo y está en contra del sentido común: tanto en lo ético, lo moral, lo costumbrista y hasta en las tradiciones, sino en lo económico, lo político y lo ideológico”.

Armando Cuadro, personaje del suplemento humorístico Xel2, de elTOQUE

Armando Cuadro, personaje del suplemento humorístico Xel2, de elTOQUE

“Cuando muchos personajes oficiales, cuadros políticos, simples dirigentes de barrio, otros que alguna vez dirigieron y ya no lo hacen, e incluso bastantes miembros de las instituciones del orden o la legalidad, dejen de comportarse también ellos, como intocables ‘macetas’ autorizados, personas que roban, contrarrevolucionarios tan o más perniciosos que el que nos agrede y bloquea (…) justo entonces y no antes, dejarán de ser ‘material humorístico’”, consideró a su vez el actor Luis Alberto García.

“‘Militantizar’ el humor, o sea, hacer más humor crítico con las conductas sociales reprobables desde el punto de vista de los que mandan, y aliviar de bromas a los pobres cuadros que, por más buenas intenciones que tengan, a veces están metidos en camisas de once varas. ¿Funciona así el humor de un pueblo?”, se ha preguntado en su blog el cantautor Silvio Rodríguez.

“Hasta donde sé, lo más difícil de ridiculizar siempre ha sido lo que popularmente es admirado. (…) ¿No sería más útil preguntarse por qué cosas que debieran ser admirables no lo son, y cosas que no debieran ser admirables lo son?”

Con seguridad, nadie recogerá el guante lanzado por el trovador. Al parecer, en tiempos de mostrar músculo ante los privados, los artistas que ganan notoriedad y ya no dependen de la institucionalidad estatal y los halcones de la administración estadounidense, demasiadas cosas se vuelven tan “serias” que no admiten el menor cuestionamiento o, mucho menos, las burlas. Si el Granma lo dice, por algo será.

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