El trasporte público escenifica como ningún otro espacio la brecha generacional de los buenos y malos comportamientos en los espacios públicos. Cuba no es la excepción.

Gisela tiene setenta y cuatro años y es madre de tres hijos; vive sola en un rincón casi olvidado de La Habana y se desespera ansiando disfrutar de sus nietos cada fin de semana. Sin embargo, ese anhelado encuentro nunca resulta tarea fácil, sobre todo cuando el factor tiempo, la indiferencia familiar y la lejanía atentan directamente contra su pasión de abuela. En cambio, Vlaimer a sus 25 años dice no tener fronteras en su vida. Graduado en ingeniería mecánica, domina tres idiomas y en un par de meses contraerá matrimonio con una hermosa chica que lleva en su vientre un sueño compartido. Ambas historias parecerían no tener un punto en común, sin embargo, cada cual desde su experiencia tiene una interesante visión sobre un problema que hoy sufre como nunca la sociedad cubana; la escasez de buenos modales y caballerosidad en el transporte público.

Por su parte Gisela, quien para visitar a sus nietos tiene que atravesar cuatro municipios en ómnibus cada fin de semana, siempre que puede retoma el polémico concepto de “juventud perdida”, sobre todo cuando es testigo de conductas impropias de jóvenes que parecen no conocer modales ni reglas de buen comportamiento en los espacios públicos.

Según su criterio, el fenómeno es mucho más complicado de lo que parece: “A medida que pasa el tiempo se sigue deteriorando aún más el parque de ómnibus urbanos de la capital, son más largas las esperas en las paradas, el clima y el calor desesperante no ayudan al buen humor, tampoco los tumultos y malos olores; es decir, todo un cúmulo de elementos que inciden desde muy temprano en el carácter de los pasajeros debido al inevitable roce y sus consecuencias”. Si a esto le añadimos la inconsciencia, los malos modales y poca educación de muchos, definitivamente transportarse en la capital cubana atenta directamente contra la sana convivencia de los ciudadanos, lacerando los principios que tanto ha costado infundir en nuestro pueblo.

Lo peor de todo es que muchos somos los que sufrimos este percance día a día, más que nada por el mal trato, la falta de conciencia y caballerosidad que últimamente se ve como algo común entre los cubanos, que si bien no es un fenómeno generalizado aún, resulta alarmante que la tendencia a conservar los buenos modales cada vez se pierda con mayor facilidad.

“Por mucha educación que enseñen desde la escuela parece no tener mucho efecto en los últimos tiempos. Ya se ha hecho común la pérdida de valores en el trasporte público, y no importa si eres mujer joven o anciana, cada vez cuesta mucho más que los hombres te brinden espontáneamente un asiento, te carguen el bolso, o te extiendan la mano al bajar del ómnibus. Eso antes no sucedía”, declaró para El Toque la abuela visiblemente preocupada.

Para el ingeniero el problema va un poco más allá de cómo lo enfoca Gisela, quien insiste en que son los jóvenes los causantes del problema. “Es cierto que existe una pérdida de valores en nuestra generación, pero lanzar una acusación como esa contra los más jóvenes podría resultar un tanto simplista, pues en mi opinión el problema está generalizado”. ¿Generalizado?, le pregunté intrigado a quien respondió con firmeza: “Mira, si bien los jóvenes tenemos mucho que aprender en ese aspecto, el espejo donde nos miramos tampoco refleja muy buena imagen. Es común subirse a un autobús y ver que muchas personas mayores no dan el mejor ejemplo, desde hombres cómodamente sentados con varias chicas de pie justo a sus lados, hasta mujeres abriéndose paso de manera violenta, tanto verbal como físicamente, y ese es un mensaje muy negativo que no es para nada ejemplo a las nuevas generaciones”.

Por desgracia Vlaimer tiene razón, e incluso muchas veces ni ante el reclamo a voces de los dolientes el resultado se transforma en positivo. Yo mismo he escuchado pedir por favor que alguien ofrezca su asiento a una mujer que carga un bebé, o a una señora embarazada, y no ha habido reacciones solidarias cuando este debería ser un acto reflejo no solo de hombres, sino de cualquier cubano con conciencia. “Entiendo que son tiempos difíciles, pero hay cosas básicas que no se pueden perder en la vida y la convivencia social tiene reglas que incluso en la mayor miseria y dolor son necesarias preservar”.

“La revolución nos ha enseñado eso y mucho más, a ser dignos, educados y solidarios. Por eso no entiendo por qué las nuevas generaciones no concientizan eso”, enfatiza Gisela mientras sostiene en la mano un artículo de prensa que trae a debate el fenómeno al que se refiere.

Para mi sorpresa, más radical aún se torna mi vecino Alfredo, aprendiz de carpintería y de solo 19 años de edad: “Te voy a ser sincero compadre, yo si me puedo hacer el chivo loco, ponerme las gafas de sol y mirar por la ventanilla, o hacerme el dormido en un autobús cuando estoy sentado lo hago sin importarme lo que suceda al rededor. Es verdad que a uno le da pena, pero muchas veces le brindas el asiento a una señora y ni te da las gracias a cambio, eso por no mencionar que te paras a su lado y ni siquiera se ofrecen a cargarte la mochila y, para colmo, si la misma señora se queda una parada antes que tú no es capaz ni de devolverte el mismo asiento que tú le ofreciste de buena voluntad, y como eso me ha pasado muchísimas veces ya estoy cansado de hacer el tonto”.

Por duras que parezcan sus palabras, Alfredo no deja de tener razón. A veces hablamos de educación formal, e incluso la exigimos con mano dura, pero no nos damos cuenta de que este es un deber de todos por igual. Por tanto, el problema como decía Vlaimer, sí que es mucho más complicado de lo que plantea Gisela en su visión reduccionista, y si bien los jóvenes tenemos una fuerte incidencia en lo que pueda devenir el futuro de nuestra sociedad, el punto de conciencia debe ser colectivo, sobre todo si queremos que el debate y las acciones nos aporten soluciones definitivas.

Desde mi visión particular, creo que el ejemplo debería comenzar por los propios choferes, que violando la ley fuman dentro del ómnibus lleno de pasajeros, hacen paradas no planificadas para beneficio personal, o reproducen música, muchas veces de mal gusto, con un volumen estridente y casi insoportable. Todos estos elementos, quizás indirectamente, influyen en la conducta de una población tan heterogénea y llena de conflictos como la cubana. De ahí que el espejo donde nos miremos juegue un papel tan importante, lo que no nos libra de responsabilidades a la hora de asumir nuestro rol como ciudadanos; y me refiero tanto a los jóvenes como a los más maduros.

A lo mejor Gisela, Vlaimer y Alfredo pueden no estar de acuerdo en determinados criterios, pero si en algo coinciden ante un mismo interrogante es que la solución no hay que ir a buscarla a ningún lugar, sino que somos nosotros mismos los potenciales actores y decisores de la educación de nuestro pueblo; y que a pesar de encontrar deformaciones, a veces alarmantes y graves, siempre hay tiempo para corregir lo mal hecho y dar a nuestros hijos el mejor ejemplo. Y eso también incluye quitarnos a tiempo las gafas de sol, mirarnos frente a frente, y ser solidarios sin esperar nada más a cambio.