Abuela decía que los trapos sucios se lavaban en casa. Los conflictos más profundos podían dirimirse sin salpicarnos del fango de las opiniones y miradas ajenas. Esa filosofía de resolver las cosas en casa, también se aplicó al país.

Por: Lilibeth Alfonso Martínez

La plaza sitiada en que se convirtió nuestra isla luego del triunfo de la Revolución, pero con énfasis a partir de 1960, obligó a la nación a privilegiar una unidad por encima de cualquier conflicto pasado o presente.

No servirle la patria en bandeja al enemigo, en su frase más común de “no darle armas”, se convirtió en un credo en el que muy pronto cupo mucho más de lo que se merecían esos espacios de silencio.

Era mucho más que un mandato, para muchos era una responsabilidad, un asunto de puro patriotismo, y de alguna manera lo era: se temía una intervención humanitaria tanto como una militar, a fin de cuentas, en cada periodo de la historia nos tocaban de cerca los tristes ejemplos de las naciones socorridas por las potencias imperiales.

Y ciertamente tampoco dejaba de tener lógica la imperiosa necesidad de mostrar las mejores realidades de Cuba en un escenario mediático en el que se privilegian nuestros rostros peores. Decir solo lo bueno, mientras el resto del mundo decía solo lo malo.

No es una suposición: unos meses atrás un amigo uruguayo me preguntó vía email si era verdad que los cubanos no eran dueños de sus casas y hace unas semanas varios líderes sindicales de mi provincia tuvieron que convencer a una delegación de homólogos dominicanos de que no pasaba nada si salían de sus casas de visita con sus relojes, cámaras y celulares.

Por eso, pasamos décadas sin admitir las epidemias de dengue, y hasta las sequías se han dibujado con pincel, a pesar de que la respuesta institucional ante la enfermedad transmitida por el Aedes aegypti, tengan en Cuba uno de los países que le ha opuesto mayor resistencia y aportado menos muertos, y las estrategias para abastecer a la población de agua, si bien no ejemplares, por lo menos han logrado calmarnos la sed.

Muy poco hemos cambiado, en ese sentido, en el último medio siglo. 

Mi familia sigue evitando que los vecinos sepan de nuestras problemas, y como país nos resistimos a admitir nuestros errores.
La prensa oficial, que es la cara más visible de esa realidad, ha empezado a escarbar en los temas difíciles, pero generalmente no trascienden las ediciones de papel, lo dicho al aire ya sea en la radio o la televisión. Los hara kiris solo funcionan si son frente a la tribu.

Hasta qué punto, pudieran alegar los críticos de la apertura en demasía, puede ayudar que alguien en Kuala Lumpur sepa los atrasos en la construcción de viviendas para los damnificados por huracanes de hace dos décadas, o sobre las limitaciones en la recogida de desechos sólidos…, si los que deciden no están allá afuera.

Deberíamos ser un país normal también en eso, más ahora con el escenario que nos imponen las nuevas tecnologías.

No hay silencio posible en el mundo de la internet y la globalización. Ya no es necesario sacar nuestros trapos para la vecindad, ahora que el vecino puede grabarlos y ponerlos a secar él mismo a la vista pública.

Aprovechando, además, un clima político que ha dejado atrás la enemistad declarada con Los Estados Unidos y que, en el discurso, parece abrir la puerta a una era de menos confrontaciones, por lo menos en el plano práctico.

Deberíamos poder admitir, por ejemplo, que aunque es ilegal y están creadas las condiciones para que los cubanos estudien, tengan oportunidades…, no se ha dejado de practicar la prostitución, y que incluso ha crecido con el auge del turismo.

También admitir que si bien logramos índices de salud comparables con países del primer mundo, lo hacemos muchas veces desde instalaciones precarias, usando al máximo el método clínico para el diagnóstico ante la falta de equipos, y sustituyendo la comodidad de consultorios, consultas y hospitales con la profesionalidad de nuestros médicos y las insistencia en la prevención de la atención primaria de salud…

Todo ello –sin olvidarnos de nuestros errores- , en buena medida a causa del bloqueo al que está sometido nuestro país desde hace más de medio siglo y que, a pesar de visitas presidenciales y cantos de buenas intenciones, existe todavía.

A fin de cuentas, queriendo dibujar nuestra realidad en las lindes de la perfección, solo logramos que sea atractivo señalarnos, como quien encuentra un tesoro, males que en otras sociedades, de tan comunes, hace mucho dejaron de ser noticias.

No se trata tampoco de clavarnos un puñal en el pecho. Solo de admitir que vivimos en un país que teniendo más luces que muchos, como cualquier otro en este mundo, también guarda sus sombras.