Contar historias no es tarea fácil, les dijimos desde la primera sesión. A veces salen corriendo ante tus narices, se pierden entre el polvo, la desidia o el tedio de una vida rutinaria. Pero siempre es posible. Lo más difícil es hallar ese hilo inicial que debe enredarse hasta el cansancio, para desatarlo después de alguna manera.

Cuando llegamos al Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo (CCRD), en Cárdenas, Matanzas -con el fin de impartir un taller de realización audiovisual para la web- temíamos encontrar una ciudad que soñase poco más allá del turismo, como tantas otras urbes eclipsadas por la cercanía de grandes polos generadores de divisas frescas. Al cierre de la semana habíamos cambiado de opinión, habíamos descubierto tanta variedad de conflictos como los que pudieron aportar los casi veinte alumnos del taller.

Entre los participantes había fotógrafos de bodas y quinces, profesores, informáticos, amas de casa, estudiantes, comunicadores sociales, periodistas y hasta el historiador de Cárdenas.

Durante el primer día del  taller surgieron diferentes ideas y temas a tratar, entre otros guarderías infantiles por cuenta propia, la destrucción del patrimonio de la ciudad, la falta de rumbo de muchos jóvenes, o la atención a los ancianos más desamparados de la región.
Con mucha inspiración y entusiasmo al día siguiente los participantes divididos en tres grupos, se dedicaron a la investigación de campo y búsqueda de historias.

Una de las historias, por ejemplo, apareció en la costa, y les valió a sus realizadores muchas picadas de mosquitos por filmar entre el mangle, con el agua hasta las rodillas. Encontraron a un vendedor de “calandracas” que había sido gerente de un hotel y que no quería trabajar más en ese sector.

La segunda historia surgió durante la visita a una finca agroecológica del CCRD. Allí, uno de los equipos encontró a Nydia, una mujer campesina, emigrada desde oriente, que trabaja incesantemente la tierra para asegurarle el sustento a su hijo enfermo del corazón.

La tercera producción cuenta la historia del último limpiabotas de Cárdenas: un carismático anciano que teme la desaparición de ese oficio con su muerte, y está orgulloso de su trabajo, a pesar de las tribulaciones cotidianas que afronta para hacerlo con dignidad.

Este taller, impartido por dos miembros del equipo de El Toque, ha tenido el propósito de brindar a los participantes aptitudes para detectar, crear y producir historias cotidianas que marcan la diferencia. En este taller todos aprendimos que para hablar de la Historia en mayúsculas, muchas veces es mejor partir desde lo micro, ir a la semilla, como diría Alejo Carpentier.

Nelson González, el otro “profe”, y yo preferimos quedarnos con la expresión de uno de los alumnos: “a partir de esta experiencia voy a convertirme en un cazador de historias”.