No se trata de otro lugar de regalos, ni de souvenirs para el extranjero que visita la Isla, sino de un espacio que desea que tanto el turista como el cubano común encuentren allí algo especial que llame su atención y les haga irresistible la idea de llevárselo a la casa.

Carla Oraá Calzadilla, diseñadora de 26 años y profesora del Instituto Superior de Diseño (ISDI), colaboraba hasta hace cerca de seis meses con una dulcería a la que le confeccionaba distintas aplicaciones (sueltos, postales y envases) Allí conoció a Deborah Santana Karakadze, de 24 años e ingeniera informática, y le dieron forma a un sueño propio.

Carla y Deborah se han lanzado a la aventura de fundar una tienda donde ellas lleven la voz líder. Aunaron esfuerzos, ahorros, apoyo familiar y alguna que otra duda, y tres meses después de comenzar a hacer planes dieron vida al proyecto por el que apostaron todo: Estaciones Bazar.

“Pensamos en una ubicación estratégica. Ya conocía a los dueños de esta casa ?23 entre I y J?, ellos me habían hablado por si yo quería alquilar el espacio para mi taller. En el caso de la tienda, en que la ubicación lo es todo, nos daba resultado el precio de la renta, así que encontramos un buen lugar más rápido de lo que pensábamos”, cuenta Carla mientras señala todo el espacio que cubre el local.

Foto: Anays Almenares

Aunque la variedad de los objetos salta a la vista, así como la inclinación hacia un diseño original, los precios de Estaciones Bazar resultan aún caros para el cliente común.

“Estamos un poco lejos de nuestro objetivo de darle oportunidades a los cubanos de salarios básicos, porque los costos de producción y de la materia prima siguen siendo muy altos. Puedes tener las mejores intenciones del mundo que los materiales van a costar igual”, comenta Carla, con una lógica abrumadora.

“Por ese problema de los costos de materiales, queremos desarrollar la mayor cantidad de productos posibles por nosotras mismas. Lo que adquirimos ya tiene un precio, al que debemos sumarle un porciento para cubrir los gastos de la renta, de los sueldos y obtener alguna ganancia”, explica mientras presenta a los dos muchachos que conforman, junto a otro par que trabaja días alternos, su personal.

Quizás la juventud es otro de los rasgos definitorios de Estaciones… lo cual no es necesariamente una garantía, comentan las chicas.

Foto: Anays Almenares

“Hace muy poco vino un señor a venderme su producto y pidió hablar con el dueño, y cuando le expliqué que yo era una de ellas, no me creyó. Solo decía que yo era, cuando más, representante del dueño”, relata Deborah, con un bufido de burla.

Junto a Carla, por ahora se encargan de producir e imprimir las bolsas de distintos tamaños, postales, fotografías, carteles; elementos de carpintería, de bricolaje más sencillo; las luminarias y los envases para artículos manufacturados por terceros, como velas y jabones. La bisutería, joyería, cerámica y artesanía queda de manos de una treintena de proveedores.

Describe Déborah que la mayoría de la materia prima que utilizan está conformada por cartulina, papel, objetos de madera, papel reciclado, palos, corchos, palitos de tendedera, recortería de telas y otros elementos; aunque tratan de pensar el producto desde el material: lo que tienen y qué pueden hacer con él.

–        ¿De dónde viene, entonces, el nombre Estaciones?

“Las estaciones nos ofrecen colores, tendencias, crea un espectro amplio, pero en esa amplitud nos deja involucrar la venta y el estilo. Como ellas varían, nos permiten también modificar los artículos, irlos moviendo, combinarlos en determinados momentos. Y queremos, cuando haya cambio de estación, hacer rebajas u ofertas”, dicen con el rostro de quien acaba de estrenar algo muy importante en sus vidas.

Foto: Anays Almenares

Estaciones Bazar no deja descubierta ni una esquina de la casa donde desde hace cerca de dos meses puja por florecer como un pequeño negocio. El escenario-país luce a veces poco claro; las leyes, a su vez, no son tan transparentes como necesitarían…

“Esa es una de las amenazas con las que vivimos, al igual que con el cambio de moneda, pero eso no nos detiene”, dice Karla. “El miedo existe y el sobre-aviso, pero no nos queda de otra. Esto es lo que nosotras queríamos y apostamos porque dure mucho”, confiesa Déborah.