Desde la Carretera Central con destino al poblado de Esperanza, se observa un sitio que, a primera vista, parece un basurero. Allí, Yenobys Sánchez Pérez, con solo 26 años, dirige un proyecto de sustitución de importaciones, que le ahorra a Cuba decenas de miles de dólares, cada año.

Aquí se producen exclusivamente conos y tapones de plástico para ensamblar en las traviesas de las líneas del ferrocarril. “Son dos elementos que llevan los dispositivos de estirar las cabillas de la traviesa, y protegen todos los sistemas eléctricos que se adhieren la traviesa, los aíslan de cualquier contacto con el concreto y el agua.”

“Estos son elementos fundamentales para el funcionamiento y la protección de las líneas del tren”, insiste Yenobys.

El comprador exclusivo de toda esta producción es la Empresa Industrial de Instalaciones Fijas, única fábrica de traviesas de ferrocarril en Cuba. Construida con tecnología soviética la planta carecía del dinero para instalarse recapitalizar y modernizar su taller de fundido de plástico, por eso la fabriquita de Yenobys les cayó como anillo al dedo.

“Mensualmente entregamos un pedido de cien mil piezas de cada tipo, lo que obliga a poner la maquinaria en funcionamiento las 24 horas del día”, dice el líder de un negocio que subcontrata a otros 20 trabajadores.

Fotos Yariel Valdés

“Llegar hasta donde estoy hoy no ha sido fácil. Desde un inicio me miraron con recelo y me trataron con la desconfianza que provoca el desconocimiento”, reconoce.

Graduado de Licenciatura en Laboratorio Clínico, (“una especialidad que nada ha aportado a la concreción de esta idea”, se divierte al decirlo) Yenobys encontró en las demandas del ferrocarril cubano una ventaja para su desarrollo personal.

“La Empresa Industrial de Instalaciones Fijas necesitaba apoyo para sustituir una tecnología italiana demasiado obsoleta que ellos tienen. Como inversión les era imposible en ese momento y entonces conversaron con nosotros para encauzar nuestro proyecto”.

En los primeros meses encontraron que no había forma legal para que la empresa estatal les pagara a ellos, simples cuentapropistas. Una interpretación heterodoxa de los estatutos de asociación al Fondo Cubano de Bienes Culturales permitió al taller de plástico integrarse dentro de sus proyectos, aunque los conos y tapones plásticos nada tengan que ver con la fabricación de zapatos, tejidos o vasijas artesanales que habitualmente amparan los del Fondo. Así, finalmente, pudieron cobrar por su trabajo.

“Además de sustituir importaciones ahorramos divisas al país, porque a nosotros la fábrica de traviesas no nos paga en dólares americanos, como tendría que hacerlo para importar los artículos que producimos. A nosotros nos pagan en chavitos (CUC) y todo se queda aquí en Cuba, principalmente como contribución al fisco”.

Foto: Yariel Valdés

“La envergadura de esta idea es interesante, pues no solo se trata de resolver elementos esenciales para las traviesas y en consecuencia para la transportación ferroviaria, sino que también aporta en la recuperación de materiales plásticos desechables, como el nylon.”

Según Yenobys hasta que empezaron los pequeños talleres como el suyo, en Cuba se quemaba o enterraba anualmente todo el nylon que entraba al país, ya fuese en forma de bolsas plásticas como en embalajes sintéticos que acompañan equipajes y mercancías de importación.

“Elaboramos artesanalmente una máquina que las grandes industrias la tienen. Aquí derretimos y compactamos el mismo nylon que nadie quiere. Yo ni sabía trabajar con este producto, pero hemos aprendido a manipularlo”, asegura.

Foto: Yariel Valdés

Comprobadores de calidad de la industria estatal certifican los productos entregados por el pequeño taller, donde se dice ser rigurosos, “tanto nosotros como los contratistas”.

Cuando el ex laboratorista clínico buscó nuevos umbrales de trabajo, comenzó a producir mangueras, tuberías plásticas para regadíos e instalaciones eléctricas de agua caliente para dentro de las casas. Luego de la asociación complementaria con la fábrica de traviesas, el foco se cerró.

Poco a poco Yenobys ha ido armando su pequeño emporio, un taller sin más pretensiones que la de ser útil.

Vea también: El Plástico es mi oro