Alejandro Lobo, un chico de apenas 15 años de edad, lo tiene claro: “el embarazo no es solo algo de mujeres. A algunos hombres les cuesta asumir una barriga inesperada. Yo no tengo ese problema. Al principio no estaba preparado para esa noticia. Uno no sabe cómo reaccionar, pero después acepta la idea. Un bebé es una bendición, una vida y como tal hay que quererla. Los hijos nunca pesan,” dice con tal seguridad, que sorprende.

Sentada a su izquierda, Lisveti Rodríguez, su novia, contornea su vientre de cinco meses de gestación mientras manifiesta disgusto por aquellas personas que no entienden que ambos puedan ser buenos padres: “Que él tenga 15 años y yo 20 no significa que no llegaremos a ser padres competentes”.

Y tiene toda la razón, según la master en asesoramiento genético, doctora Tamara Jiménez, experta en el cuidado de embarazadas del municipio Placetas, en el centro del país, “si la pareja se apoya y cuenta con la ayuda de sus familias, pueden ser padres maravillosos. Muchas veces, la sociedad juzgan el embarazo en la adolescencia como un signo de imprudencia, desconocimiento, irresponsabilidad y eso se le impregna a los futuros padres aunque tengan una proyección positiva”.

La doctora no está sola en sus criterios. Como ella piensa la psicóloga Leticia Vera, máster en sexualidad, para quien Alejandro es un ejemplo “peculiar”. “Primero, porque es menor que la gestante y generalmente son hombres mayores quienes fecundan a adolescentes. Segundo porque se adjudica todo el compromiso con la criatura. Además, su propia familia no le resta obligaciones.

Son múltiples los casos donde los padres exoneran a sus hijos para que sigan ajenos al embarazo. Históricamente, la familia enseña que el varón contrae actitudes menos comprometidas que la mujer respecto a la maternidad. Hoy estamos tratando de revertir este entorno al lugar que le corresponde: igualdad de derechos y responsabilidades”.

La decisión de ser un buen padre depende de cada cual.

Según cuenta Alejandro, la familia lo ayudó a no “estar asustado”, socorriéndolo en cada momento para que pudiera continuar su vida de forma normal: “Mis padres van a estar ahí. No creo que la bebé me afecte tanto en los estudios. Por ahora quiero terminar el preuniversitario y luego empezar a trabajar. Siempre pensé así, incluso antes de esta situación.”

La paternidad adolescente es una circunstancia llena de interrogantes. Algunos optan por el matrimonio, pero generalmente este no llega a ningún lado, pues en la mayoría de los casos la pareja no es independiente económicamente. Tampoco son lo suficiente maduros para que su relación perdure, ni están preparados para todas las exigencias que conlleva un niño.

“Llevamos un año de noviazgo y no hemos considerado casarnos. Por ahora solo pienso en mis obligaciones con la niña. Estoy seguro de qué debo hacer. Es una edad difícil y sé que tendré menos fiestas, pero asumo con toda responsabilidad el papel que me toca. La decisión de ser un buen padre depende de cada cual. Si uno se lo propone puede ser un buen padre. No importa la edad mientras se quiera y se cuide al bebé,” asegura Alejandro.

“Ser tan joven tiene sus ventajas”, añade: “La niña podrá confiar más en mi. La entenderé mejor porque no existe gran distancia generacional. Puede que nos haya sorprendido el embarazo, pero jamás sorprenderá todo el sacrificio que un padre como yo esta dispuesto hacer por su hija”.