Alennys, cuerpecito frágil y llorón, tenía escasos días de nacida cuando el huracán Isidore, intimidante, tocaba tierra en Cuba, el 20 de septiembre de 2002. La estación meteorológica de Isabel Rubio registraba ráfagas de vientos de 138 kilómetros por hora y cientos de milímetros de lluvia caían en apenas 24 horas.

Su madre y la familia dejaron el hogar cercano a las zonas bajas de la comunidad y se refugiaron, temporalmente, en la casa de los abuelos. La inundación, impetuosa, avanzó hasta incomunicar la vía que conectaba con Guane. Después, alcanzó las calles del pueblo y se infiltró en el hogar familiar.

“Se destruyeron muchas viviendas de esas áreas. Te podías lanzar en clavado desde el muro del parque, por la cantidad de agua. El otro ciclón, Lili, pasó días después y estuvimos casi dos meses sin electricidad. Creo que las clases no comenzaron hasta enero”, recuerda Anayti Ramos Enríquez, 14 años después, la misma edad de su hija, quien estudia ahora en secundaria básica.

La familia siempre ha vivido en Isabel Rubio, a 58 kilómetros de la ciudad de Pinar del Río. Aquí, en el parque colorido, se bifurca la carretera Panamericana. Sandino queda a la izquierda; el paradero por la derecha, y recto se va a Guane, siempre y cuando el Guyaguateje —inefable río— lo permita.

Cuando el cielo se torna grisáceo y amenaza con quebrase, los pobladores comienzan a preocuparse. El terreno llano y bajo es propenso a las inundaciones.

Foto: Eduardo González

“De las lomas viene mucha agua para acá, y a veces esto se inunda sin llover aquí. No tiene que haber ciclón, solo que llueva para allá arriba. Cuando se llena el río empieza a recular, como decimos nosotros, y este pueblo está como en un hueco. Las vegas se cubren y los animales quedan dentro. Siempre hay que estar alertas”, explica Filiberto, papá de Anayti, quien fuera delegado del poder popular cuando dos poderosos huracanes impactaron en el occidente cubano, con solo 11 días de diferencia, sin dar tiempo a la traumática recuperación.

Anayti rememora el durante y el después de Isidore y Lili. Camina por los terrenos donde una vez corrió el agua, con profundidades, en algunos lugares, de varios metros. Señala la Iglesia que marca, según Filiberto, la frontera a la cual llega normalmente la crecida, y un terreno de cultivo donde estuvieran, 14 años atrás, decenas de viviendas.

“Los delegados de la zona, presidentes del CDR y las autoridades, buscaron carros y evacuaron a todas las personas expuestas. Los afectados fueron evacuados, junto con sus pertenencias, para las escuelas secundarias de Sandino. Otros, como nosotros, nos fuimos con los familiares”.

“Se destruyeron muchas casas, pero no hubo muertes. Cuando todo pasó, se repartía el líquido potable en pipas, por los barrios. Organizados por CDR, la gente cortaba los árboles, reunía los escombros para botarlos. Después, se construyeron hogares para los afectados, para que salieran de esas áreas peligrosas”.

En Isabel Rubio, los nativos conocen como “las casitas nuevas” al Asentamiento, nombre real del singular reparto de edificaciones biplantas, propiedades de aquellos de quienes perdieran las suyas en 2002. Construidas con un singular modelo de lozas prefabricadas, son confortables, explica la guía, para quien es una muestra de que “las autoridades aquí son muy celosas con el cuidado del pueblo”.

Por estos días, mientras Matthew la emprende contra el Oriente del país, en Isabel Rubio las personas se mantienen expectantes, revisando cada paso de un mapa mental aprehendido de tanto repetirlo. Hay una solidaridad taxativa y silenciosa, porque intuyen lo que se avecina.

Ven la televisión, siguen el rumbo del evento meteorológico, como si los fuera a atacar a ellos; aunque hace años que un monstruo de ese tamaño, no irrumpe por aquí, al menos no directamente, con aquella furia destructora de Isidore y Lili. De aquella vez, se han consumido ya 14 años de tregua, justo la edad de Alennis, la niña que llegó a este mundo con la tormenta.

Foto: Eduardo González