“Máscaras” es la ópera prima del joven realizador cubano Lázaro González González. Un documental que reivindica el derecho de algunos hombres a vestirse como mujer solo para actuar en espectáculos.

Un nuevo documental se acerca en Cuba al transformismo como manifestación artística y expresión de resistencia gay. Su realizador, recién graduado de periodismo por la Universidad de La Habana, quiso mostrar con este trabajo una realidad aún velada por los prejuicios de la sociedad cubana: “Durante mucho tiempo estuvo prohibido para los hombres vestirse con prendas femeninas en espacios públicos. Eso provocó, por ejemplo, que las fiestas de transformistas, conocidas como “fiestas gay” o “de 10 pesos”, fueran a veces perseguidas por la policía. Esa etapa pasó, pero mucho prejuicios permanecen en las mentes de las personas”.

Centrado en contar la vida de Margot Parapar y Roxana Rojo, dos personajes célebres en sus respectivas ciudades de La Habana y Santa Clara, Máscaras revela con naturalidad a las personas y los motivos que esconden los artificios del glamour y el maquillaje, propios de esta profesión.

“Mis personajes querían ser actores, estudiar teatro o música, y por razones ligadas a la homofobia no lo pudieron hacer. Uno de ellos comenzó a estudiar en una escuela de actuación y su padre lo sacó, porque por ese camino terminaría “maricón”. El otro era cadete y tampoco podía expresar públicamente sus verdaderos deseos. Ambos encuentran en el transformismo la vía para su realización”, cuenta González.

“Yo hago un documental que se basa en la subjetividad de los personajes. Mi interés es que la gente entienda por sí sola qué es ser un transformista a través de la expresión de esas personas que han tenido muy poca oportunidad para expresarse”, reafirma.
El mundo que devela este acercamiento audiovisual permanece desconocido para miles de cubanos, que todavía se resisten a concebir la existencia de cabarets con espectáculos como el que Margot y Roxana asumen con total pasión.

“Existe una variante de espectáculos que se basa más en la remuneración económica y que difiere de otros espacios más “culturales” como El Mejunje, de Santa Clara. En La Habana han surgido bares gay, privados, donde se mueve una especie de mercado de esta cultura y en el cual los transformistas han ganado un espacio mayor de tolerancia”, cuenta González. “Pero todavía falta respeto hacia la profesión”, aclara de inmediato. “Lo que pretendo es que se entienda al transformismo como un trabajo más y que por tanto debe establecerse una categoría de “evaluación artística”, específica para ellos. Así como se reconoce institucionalmente el valor de un payaso o un humorista, también debería serlo el de transformista para que, al igual que cualquier otro creador, tenga garantías salariales y otros beneficios”, abunda el joven director.

Transformar la visión del transformismo

“Mi intención como documentalista es describir desde una mirada antropológica el proceso artístico y a la vez contribuir con ello a la legitimación del transformismo como arte, aunque siempre con la distancia de que no soy dramaturgo, sino cineasta”, explica Lázaro.

Pero realizar ese sueño requirió altas cuotas de sacrificio, pues, en palabras del propio realizador, “es muy difícil que alguien se interese en financiar un tema como este”.

“No hay oposición, pero tampoco disposición a que trates este tipo de temas. Una vez que tienes una propuesta sólida, llegas, la presentas y las instituciones te apoyan o no. Por suerte, a mí decidieron ayudarme el ICAIC , la cátedra de documentales Santiago Álvarez, la Asociación Hermanos Saíz con una beca que cubrió los gastos salariales del equipo y hasta un restaurante privado, entre otras personas”, revela el joven.

El estreno del documental previsto para el próximo viernes 17 de octubre en una pequeña salita cinematográfica, vaticina un camino que no tendrá que ver con el consumo de la obra por grandes segmentos del público, y el novel director lo sabe: “Yo dudo muchísimo que mi documental se ponga en televisión, aunque me encantaría que aquellos que nunca han visto un transformista puedan saberlo a través de mi producto.
Todavía existe una homofobia muy fuerte en la tv cubana y por eso planteo la posibilidad de que un transformista conduzca un programa”.

Esta idea y otras conforman el mensaje de un producto que busca disminuir la invisibilización a la que han sido sometidos sujetos “al margen” de los cánones tradicionales en sociedades como la cubana (y otras de la cultura mundial).

Aunque las personas que lo vean no chocarán con una exposición propagandística.

“Yo no quería una historia triste ni de víctimas. Mis protagonistas son personas con muchas deudas por saldar, pero que están muy felices con su trabajo y se sienten realizados en el plano profesional”, concluye el autor.