Cuando nació su hijo ya Dayana Ferrera Echemendía lo tenía difícil con su carrera. Actriz desde hace más de 8 años, esta joven de 26 no para de soñar, aunque tenga que compartirse entre sus verdaderas pasiones y las mil y una formas de agenciarse una vida digna.

Conversamos en una minúscula galería de arte privada en la esquina de la calle Real del Jigüe y Rosario, en el corazón histórico de la ciudad de Trinidad. Acomoda, primero, algún que otro cuadro. Son creaciones interesantes: marinas de Ramsés y figuraciones de Francis, dos artistas plásticos con cierto éxito en la villa. Si viene un extranjero debemos detener la entrevista. Dayana labora como vendedora de cuadros y el 15 % de la ganancia en la venta de cada obra es para ella.

“Ser actriz en Trinidad es complicado. Una lo lleva dentro, lo asume como vocación y eso no se puede borrar. Pero una no olvida que es una actriz sin condiciones de trabajo”, dice sin medias tintas y se apresta a explicarme las talanqueras que supone ejercer su profesión sin los anhelos de viajar a la capital en busca de la fama.

Tras graduarse en la Escuela Profesional de Arte de Santa Clara, pasó a formar parte de la agrupación Teatro de la Trinidad, a la que no escatima en llenar de elogios, porque a fuerza de voluntad lograron lo suficiente.

“Con ellos hice el ejercicio final para finalizar mis estudios y me quedé trabajando allí. Resultó una experiencia hermosa compartir con actores que no provienen de academias pero lo asumen por su talento y voluntad”, cuenta.

“Sucedió que era demasiado engorroso el trabajo. Por eso me fui. Se gana en dependencia de la evaluación institucional (primer nivel 690 pesos cubanos, segundo 480 y tercero 340) y sin ninguna condición material. De entrada, el grupo no tiene una sede fija”.

“Aun así nunca ha claudicado el grupo, que es básicamente el que representa a la ciudad. Quizás me fui porque además de todo, el espectro es muy estrecho. Te conoce solo el público pequeño que va a todas las presentaciones, pero en esta ciudad no hay costumbre de ir a ver teatro. No existe ni siquiera el espacio para ello”.

“Nos montábamos en un carro e íbamos donde fuera, para tratar de divulgar un poco lo que hacíamos. Aunque no tuviéramos la mejor escenografía, el mejor vestuario, aunque no existiera el mejor audio”.

Además de ser actriz, Dayana trabaja como galerista en Trinidad. Foto: Luis Orlando León Carpio.

Muy pocas veces la agrupación ha cruzado fronteras interprovinciales para competir con la verdadera historia de las tablas de Cuba, para muchos más prolífica tras los muros de la capital.

En los días de Dayana, Teatro de la Trinidad solo participó en el festival de pequeño formato de Santa Clara y en las Romerías de Mayo en Holguín. Por lo demás, sus presentaciones no traspasaban el umbral del trabajo comunitario, “que recuerdo con mucho cariño”, aclara.

“Por supuesto que a un grupo de menos historia e impacto, no se prioriza por encima de otros. La situación no es particular de Trinidad. De hecho, esa es la esencia de que primen en Cuba los festivales de pequeño formato, porque suponen sencillez y mínimo de recursos”.

Conozco, entonces, que Dayana, junto a dos amigos actores, acaban de fundar otra agrupación destinada al público infantil: Dador Teatro, cuyo formato, bien reducido, tiene el interés de buscar más creación y menos insumos, con vista a lanzarlos al universo histriónico del resto de la Isla.

De momento la actriz se regodea en sus quehaceres actuales; los recuerdos de la película suiza que llegó a coproducir casi por azar, los días en la galería como vendedora, las noches de su peña Razones, sin remuneración alguna pero donde logra sentirse plenamente artista, “un espacio mío, de mi arte, donde declamo, hago performance, invito a músicos”, confiesa.

Si su pasión no es amor al arte, habrá que ver qué cosa lo es.