He pasado casi una tercera parte de mi vida en el ambiente de oficina de una empresa estatal. Entre cotilleos, risas, miedos, delaciones y otros demonios de mis compañeros de trabajo se puede decir que ya lo he visto todo en la viña del señor. Estas altas y bajas pasiones humanas van variando en función de lo buena, aceptable o mala que sea la administración del momento; pero existe una variable que no ha cambiado en casi once años de trabajo, el arma secreta de los informadores sin rostro: los anónimos.

Obviamente la cuestión de los anónimos no se restringe al ámbito laboral. Aunque una larga tradición de su uso y explotación —alentada por una política gubernamental, que lo permitía y hasta lo propiciaba— viene a hacernos, a los cubanos, una especie de expertos en el asunto. El clímax de su uso tuvo lugar en medio de la crisis de los 90, cuando la corrupción alcanzó niveles tan estratosféricos que cualquier información sobre el tema era útil.

No sé si exista —o existió alguna vez— el “Departamento de Anónimos” del Partido Comunista; sin embargo sí está demostrado que, los mismos problemas que en medio de una reunión se dicen en “el lugar o el momento equivocado” y quedan elevados de por vida, causan tremendo revuelo, y hasta encuentran solución, cuando se envían en forma de torpedo mambí.

Existe un factor común entre los autores de anónimos: parecen sufrir miedo para defender en público sus criterios. No sé si será solo un fenómeno “cubánico”, pero creo que aquí sobran los que la deben o la temen a la hora de apretar el gatillo, o en este caso el lapicero. ¿Cobardes? Este país es muy complicado como para atreverme a etiquetar.

Existen anónimos “justicieros”, como el que manda una madre furiosa a la directora de círculo infantil, denunciando que a las niñas les cortan allí el cabello y que ella sabe que son las seños para venderlo. Existen otros “especuladores”, donde alguien preocupado escribe a la dirección de la empresa de la construcción, para decir que él no está seguro, pero que le parece que los albañiles frente a su casa no le están echando todo el cemento a la mezcla para el nuevo edificio, y que eso hay que investigarlo. Sin embargo, este tipo de anónimos no siempre tienen respuesta.

Los que más abundan, sobre todo en el ambiente de una empresa estatal socialista (¿cuál otra?) son los anónimos “serruchadores”. Este, como un áspid envenenado, viene a tratar de ser el tiro de gracia en el carguito de alguien, o en su permanencia detrás del timón, o, peor aún, en la blancura de sus condiciones “revolucionarias”.

Hace poco en mi empresa alguien acusó a otro, anónimamente y en una nota al director, de ser un jefe déspota y de utilizar el transporte y los recursos de la empresa a su conveniencia; además de poner en duda sus condiciones como militante del Partido Comunista.

Lo malo de los anónimos en el trabajo es que todo el mundo se imagina quién los escribió, y en este caso no faltó un sospechoso tampoco. Casi en paralelo apareció otro anónimo (ya no tan anónimo) en la oficina del director, donde, secamente, se acusaba al presunto autor del primero de —y esto hay que subrayarlo— contrarrevolucionario, la más temida de las lepras sociales en este país.

Un compañero del Partido de la empresa me dijo que, debido a los anónimos, ahora ellos tendrían que crear una comisión para “investigar” ambos casos, y así se hizo.

El tema es que investigar sin la ayuda del acusador es casi imposible, y el anónimo es como la antítesis de una nota suicida, donde se parte de casi nada —y muchas veces nada— para investigar cualquier cosa “investigable”. Para hacer corta la historia, ambos trabajadores fueron sancionados casi al mismo tiempo, sin darles muchas explicaciones; porque, entre sus papeles de oficina de los últimos cinco años el que busca, encuentra.

Claro está, que al compañero que acusaron de contrarrevolucionario lo sancionaron por mal llenado de la documentación oficial; porque, si fácil es acusar a alguien de contrarrevolucionario —y más anónimamente— muy complicado se vuelve demostrarlo, dado el significado que esta palabra (y su antónimo) han adquirido en nuestra sociedad durante más de medio siglo. El mismo tiempo que las estructuras de poder han fomentado este tipo de “arma”, que, muy pocas veces, llega a resolver un problema de verdad; y que, a mi juicio, solo sirve para avivar la ojeriza, la envidia y las divisiones entre nosotros mismos.

Por lo pronto yo no tengo cargo, ni carro, ni nada que a alguien le pueda interesar (o eso creo); así que —Dios mediante— espero que nunca manden un anónimo con mi nombre. Así que, por este medio, y con mi firma, insto al compañero que me tenga en la mirilla a que me diga las cosas en la cara. O por lo menos, a que me firme el anónimo, por favor.