Un perro es quemado y torturado en Manzanillo, provincia de Granma. El video del acto homicida recorre memorias, flash, teléfonos móviles y llega a la red de redes. Muchas personas se espantan.

El hecho genera una petición online que reclama a la Asamblea Nacional legislar sobre la protección y contra el maltrato animal en Cuba.

Quienes me conocen saben que no me gustan los animales en cautiverio, por eso no visito zoológicos, acuarios, delfinarios, etc. A lo anterior se suma que no consumo producto animal alguno; es una decisión política, no de preferencias. Sin embargo, me he sentido sola a lo largo de estos tres años de vegeterianismo-veganismo, pues creo que en Cuba no andamos con pasos agigantados en este asunto, sino todo lo contrario.

No obstante, aquel indeseable episodio de maltrato animal, despertó en las redes sociales diversas manifestaciones de rechazo al tiempo que me permitió reconocer entre esas voces solidarias la de Wendy Reyes, una joven activista animalista que representa, al menos para mí, el futuro de la sociedad cubana en este asunto.

Ella va con todo. Repite casi hasta el cansancio la responsabilidad de todos en lo que está pasando en la isla con los animales. Recientemente contaba en su Facebook que los juristas participantes en el foro online de Juventud Rebelde no respondieron “ni una sola pregunta referente a la Ley de Protección Animal a pesar de que muchas de las interrogantes eran sobre ella”.

Por otra parte, he examinado con interés los puntos de la petición antes mencionada y descubrí en ella una inspiración animalista, como era de esperar y también, me atrevería a decir, anti-especista.

Cada día será más difícil hablar en Cuba sobre el maltrato animal sin cuestionar su origen: la creencia generalizada de la superioridad del homo sapiens por encima de las otras especies animales. Esto implica además revertir lo que hacemos cotidianamente con las otras especies, poniéndolas a nuestra entera disposición, por ejemplo, con fines tan supuestamente nobles como los que justifican la existencia de un delfinario, por solo citar un ejemplo.

Durante el intercambio de comunicaciones con Wendy también salió a la luz que no existe una norma que regule la carga de trabajo para los animales, —pienso en los pobres ponys que durante jornadas enteras pasean a infantes y no tan infantes—.

El activismo animalista está haciendo lo suyo en Cuba. Ahora queda preguntarse de qué manera la sociedad, las instituciones y las personas responderán a este llamado a ser responsable con otras formas de vida, dejando de creernos el ombligo del universo.