“Compañero, por favor, no puede sentarse”, dice Amalia, firme en su amabilidad. Quizás está algo nerviosa, porque es la primera vez que trabaja como veladora, en la Bienal de La Habana. “Entresemana no tanto, pero los sábados y domingos esto está repleto”.

Normalmente el Malecón deviene paseo popular, un lugar que nunca cierra. Y si además el proyecto Detrás del Muro le pone arte a lo largo de casi dos kilómetros, la gente se multiplica ante la novedad, los colores, las formas, los mensajes “cifrados” de la creación contemporánea que se reúne en la ciudad.

En la esquina de la calle Lealtad, Amalia cuida unos “falsos sillones” donde ella tampoco se sienta. “Yo no dejo ni que los toquen”, afirma, aunque le han dicho que el artista sí lo permitió durante los primeros días. Es la obra Balance cubano, de Inti Hernández, quien vive en Holanda desde que se enamoró, y fue definitivo.

Una semana después de inaugurarse la Bienal, regresó a Ámsterdam. Inti y Amalia no llegaron a conocerse, aunque él sabe que sus piezas no están abandonadas. “Creo que, con todo el respeto hacia Cuba, el cariño, y la generosa preocupación que emana de ellas por el destino de esta isla, las obras han hecho nuevos amigos”.

Des-balance

Así se le llama en las provincias orientales: balance. Los sillones forman parte del mapa doméstico (íntimo, simbólico) de los cubanos casi desde que nacen. Suele ser el mueble donde se mece a los bebés para que duerman, el lugar que muchas veces ocupan los ancianos; también la pereza, la lectura, la tarde, el sueño. Cuando alguien habla de “darse sillón”, se refiere a todo eso.

Sin embargo, estos de aquí apenas pueden moverse. “Allá donde la naturaleza misma de este sillón permitiría un balanceo independiente e individual –reza el pie de obra-, lo que encontramos es una zona de rigidez generalizada”. Balance cubano: es eso; la metáfora no necesita explicación. Las piezas dialogan con la situación actual de Cuba, “debatida entre un sinfín de oportunidades y retos”, comenta Inti.

Muchos pasan, se quedan mirando, advierten que “aquí hay algo extraño”. Mientras estuvo en La Habana, el artista pudo ver cómo las personas interactuaban con los muebles. “Cada cual trae consigo un ejercicio de libertad a la hora de interpretar. Algunas de las opiniones que pude escuchar se apoyan en las historias humanas que contiene una obra tan ‘hogareña’”.

Para unos, el conjunto de cinco era “la familia”; en los dos sillones pegados “en forma de ‘tú y yo’ veían la dinámica de una pareja, que siempre ha de sacrificar algo de libertad de movimiento y elección; y en el mueble de tres sillones combinados hubo quien habló de un triángulo amoroso”.

“Me los llevo pa’ mi casa”, dice una mujer, no tan en broma. “Como siempre, es el contacto con el público quien tiene la última palabra a la hora de entender los significados de una obra de arte”, asegura Inti. No obstante, su “mensaje” queda claro.

“Mi interés con la elección de estas formas busca además hacer un comentario acerca de una sociedad que ha apostado por generar colectividades que, desafortunadamente, no logran un balance saludable entre los intereses individuales y los colectivos. Una sociedad que ha apostado por una colectividad que rigidiza la capacidad de complacer también al individuo que la conforma, que la soporta y participa en ella”.

Un camino a través del Atlántico

“El vivir compartido entre dos contextos, tan distintos en prioridades, clima, cultura… me concede una mirada fresca a la hora de percibir ambas realidades. Me siento muy afortunado porque creo poder tomar lo mejor de cada parte”. Quizás por eso Balance cubano fue realizado en la Isla, con maderas autóctonas.

Aquí, cuando uno va y vira de un lugar a otro, repetidas veces, por el mismo camino, siempre hay algún observador que apunta, simpático: “¡Oye, vas a dejar un trillo!”. Lástima que sea tan difícil hacer trillos en el mar, o en el aire.
Durante la pasada edición de la Bienal habanera, en 2012, su obra Bancontodos -también en el malecón- estuvo entre las más populares. “Me interesa hacer un arte que sea capaz de generar conversaciones”.

Inti considera que hay un camino entre La Habana y Ámsterdam. “De Cuba quiero conservar la capacidad de improvisación y el gusto por disfrutar las cosas grandes y pequeñas de la vida. De Holanda, la posibilidad de acumular experiencias, y la habilidad de trazar un plan práctico para realizar los proyectos y los sueños”.