Odio cuando me mandan un mensaje que debo responder con otro mensaje. Michel me escribe: “Kfe en media hora. T sumas? Un abzo!”, y no me queda otra: gasto de mi modesto saldo para decirle que me encantaría, pero estoy enredao. Si en lugar de esto, Michel me hubiera escrito: “Kfe en media hora. Dame una perdia si vas. Un abzo!”, me hubiera ahorrado nueve kilos, y mi tensión de quedarme sin un centavo de saldo telefónico demoraría un tanto más en azotarme las sienes.

El trauma de quedarme sin saldo se debe a no poder recibir llamadas de teléfonos fijos, y así mucha gente que me localiza de esta forma se podría ver limitada de hacerlo. Realmente a muchas de estas personas no me molestaría perderlas de vista por unos días —tal vez hasta meses—, pero hay dos o tres —y a veces nada más que una— para quienes quisiera estar siempre dispuesto.

Así pierdo también la oportunidad de comunicarme con esas otras almas en desgracia, esos desaldados que recargan de cuando en cuando y entre los que me encuentro, solo que yo ahorro mucho, me lo pienso bien cuando timbro a pagar o voy a descolgar siendo el desangrado. Prefiero ahorrar kilo a kilo para no verme en la penosa situación de tener que estar molestando con el susodicho *99 que de no pocas desgracias me ha sacado.

Hubo un tiempo en el que ni me pasaba por la cabeza tener un teléfono celular. En primera instancia porque el costo me resultaba impagable, y en segunda porque me parecía un gasto innecesario, pues no eran tantas las personas que estaban involucradas en esta red. De ese tiempo acá las cosas han cambiado hasta tal punto que quien hoy no tenga un móvil, realmente se encuentra fuera, olvidado por los inmisericordes dioses del Olimpo telefónico.

Así que me hice el hara-kiri, me apreté por aquí y por allá, hasta que reuní la platica necesaria para sacar la línea y comprarme un modesto Alcatel de 23 CUC, que ya quedó atrás, pero suelo  recordar con el agrado de mi encomiable sacrificio. Entonces comenzó la película de las recargas. Ahora es fácil porque duran un año, pero hasta hace poco era una odisea mensual. No obstante, andar con el equipo sin pesos es como tener un arma sin metralla.

Noche tras noche me acuesto y rezo para que pronto en Cuba tengamos una o varias compañías telefónicas que puedan poner en jaque el monopolio y el brillante negocio de la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba, Sociedad Anónima —que de anónima no tiene nada— más conocida por sus siglas ETECSA y que en mi infancia me hacía reír por aquel chiste de “Punto y coma” que las desglosaba como Estamos Tratando de Establecer Comunicaciones sin Apuro.

Cuando podamos escoger con qué empresa o compañía queremos establecer nuestro contrato o convenio, cuando nuestros gastos tengan alguna equivalencia con el dinero que como cubanos ingresamos, casi siempre merecidamente. Entonces tal vez nos sintamos más a gusto cuando hablemos a través de un teléfono con familiares y amigos, cuando no tengamos que decirles “cuelga rápido o me quedo sin un kilo”.