Me preocupa esa gente que pasamos hace 15 minutos. Eran cinco: cuatro mujeres y un hombre. El ómnibus en que voy estuvo andando un buen rato junto a ellos. Reían en la cama de un camión, sin nada que los cubriera. Iban conversando y bebiendo, pero no había empezado esta lluvia que tiene la carretera impasable, tanto que hemos parado bajo un puente a kilómetros de Matanzas. Estoy mirando por si en algún momento llegan al puente. Los cinco eran jóvenes. No sé qué habrán hecho para protegerse.

Bajo el puente la gente se calienta frotándose con las manos; un hombre mecaniquea la moto; un caballo amarrado a una carreta; una mujer con un niño de brazos al que trata de abrigar con un nailon: gente que no se sabe a dónde va ni de dónde viene, tan desesperada. La lluvia activa toda la tristeza.

Cuando llueve en mi barrio se resienten los edificios, se parten los cables y se va la luz.

En La Farola de Guantánamo los choferes tienen que hacer zigzags y milagros al volante. Las piedras ruedan desde las montañas hasta la carretera, rompen todo.

Cuando llueve en el Turquino los forasteros tienen que joderse. Se agitan los dos o tres arroyitos en los cuales se pueden rellenar los pomos. Los guías bajan a una velocidad asombrosa, encajando las botas en el fango.

Cuando llueve en la cima de la Gran Piedra, los vendedores le ponen un nailon a la mesa donde exponen. No se tapan. Los turistas empiezan a correr y acaban metiéndose en ningún lugar, resbalando escaleras abajo los más de mil metros de altura. En la cima, uno estira la mano y coge una nube; ve caer el agua, literalmente, sobre su cabeza. Cuando la nube negra te atraviesa empieza a escampar.

Aquí llegamos de día y oscureció de pronto, con relámpagos. Algunos gritan cuando cae un trueno. Los niños lloran. Se esconden los pájaros. Los carros patinan, así que tratan de detenerse. Los que siguen lo hacen con todo el lucerío intermitente. Llamé a mi abuela para preguntarle si todo está bien, si La Habana está seca.

El dueño del caballo se tiró la camisa en la cabeza y fustigó al animal. Los vi desaparecer en el horizonte. El resto sigue abajo. La lluvia cae cada vez más fuerte. Los conductores no dejan que nadie salga del ómnibus en que voy y no puedo hacer más que esto: mirar la vida desde la ventanilla.

En las trazas de Facebook queda esta foto: una mujer intenta cruzar la calle en silla de ruedas; llueve y no hay nada alrededor. La mujer lleva el bolso en el muñón de la pierna que le falta; les da a las ruedas trabajosamente. El árbol crea una sombra junto a ella que se empata con una sombra enfrente y hace que la mujer se precipite a la oscuridad.

El camión no aparece y llevamos una hora bajo el puente. Observo las líneas que deja el agua al bajar por el cristal y la noche oscura: un paisaje triste. Nada bueno sucede cuando llueve.

 

Si te gustó esta historia puedes leer otras en la aplicación móvil de elTOQUE. Cada día compartimos nuevas publicaciones a las cuales puedes acceder mediante una descarga por correo Nauta o Internet. Búscala en Google Play o en CubApk.