Carlos Lechuga tiene 35 años y es uno de los cineastas jóvenes con una de las obras más relevantes en Cuba. En 2012 presentó su opera primera Melaza y cuatro años más tarde estrenó su segundo largometraje, el polémico Santa y Andrés.

Lechuga ha desarrollado su obra de manera independiente y ha sido reconocido en el circuito de cine internacional. Aunque ha sufrido el dolor de las incomprensiones y la censura, sigue defiendo la idea de que el cine cubano debe cronicar el país y contar sus historias por duras que sean.

El cineasta, cuyo trabajo va camino a consolidarse dentro del llamado cine de autor, se encuentra preparando su tercer filme, Vicenta B, con un evidente matiz autobiográfico. Sobre este proyecto, así como sobre las controversias en torno a sus otros filmes y al llamado cine independiente, conversó en exclusiva con OnCuba.

¿Cómo surge la idea de Vicenta B.?

Surge de la idea de hacer una película sobre la crisis existencial de una mujer negra. La mayoría de las veces que vemos representadas a las mujeres caribeñas o africanas en el cine, los problemas que las aqueja son bien reales, materiales. Casi siempre que se tocan temas como “el silencio de dios” o “la incomunicación familiar” es en películas del primer mundo. Y esos temas son universales, no hay porque dejárselos solo a los caucásicos.

¿Cómo marcha la preparación de la cinta?

Vicenta B. es mi tercera película, pero para mí es como si fuera mi opera prima. Con Melaza y Santa y Andrés tenía un apuro y unas ansias de denuncia muy grandes, que me hicieron hacerlas en una especie de trance, tratando de contar las historias y dejando en un segundo término muchas ideas sobre la atmósfera, el misterio, lo visual.

Con este filme he llegado a un nivel de madurez mayor y por esto, yo y mi productora, Claudia Calviño, queremos tomarnos el tiempo que sea necesario para poder hacer una película más grande en la que pueda utilizar recursos que hasta ahora nunca he usado como realizador.

Vicenta B. es un proyecto que va a marcar una diferencia con mis películas anteriores. Llevamos trabajando la historia tres años y hemos querido darnos el tiempo que sea necesario para que el guion esté bien sólido.

Para eso, en este momento de desarrollo del proyecto en que estamos, hemos aplicado a varios talleres y encuentros de industria que nos han ayudado mucho. La historia ha pasado por la revisión de grandes profesionales del cine, como Lluis Miñarro, Marisa Paredes, el consejo de los asesores de Sundance, Ibermedia, Eave. Y tenemos muy buenos aliados como coproductores.

Además, queremos contar con la voz de Haydee Milanés para unos temas bien especiales.

Estamos aún en el momento de desarrollo de la película, hemos ganado el fondo GOCUBA y hay otras cosas que aún no se pueden decir… Pero pronto estaremos filmando y pensamos estrenarla en el segundo semestre del 2021.

Lechuga, al centro, durante el rodaje de «Melaza». Foto: Ale Menéndez.

El personaje protagónico está basado en tu abuela. ¿Qué motivos te llevaron a incluirla como personaje principal de la película?

Vicenta B. es la historia de una mujer que está aprendiendo a conocerse. El nombre, es el nombre real de mi abuela Vicenta, con la que me crié y viví a su lado hasta su muerte. Mi abuela era una mujer que tenía un don. Ella podía verte, y sin conocerte de nada, te decía cosas que era imposible que supiera.

Como si una voz le dictara al oído, o como si tuviese visiones. Mi abuela hacia una radiografía de cualquiera y así ayudó a mucha gente. Incluso la llamaban de Miami para que hiciera consultas telefónicas.

Yo crecí en una casa que siempre estaba llena de mujeres, mujeres que venían en busca de ayuda, mujeres que tenían problemas graves y que encontraban un apoyo en el templo que era mi casa. De niño, me recuerdo ayudando a mi abuela, llevándole las cartas, el vasito de agua para la consulta. Y así me enteré de mil cosas, muchos cuentos, muchos dramas de esta gente que venía a mi casa.

Crecer en este espacio, entre tantas supersticiones, creencias, sueños, apariciones, hizo que la realidad para mi fuera un mundo más rico. Y quizá de ahí me viene el impulso de contar historias y hacer cine.

Tanto el cine como el espiritismo son maneras de enfrentar y ayudarnos a sobrellevar la dura realidad. Para mí, no es una enajenación, es un apoyo. Una forma de rebelarse ante lo injusto, ante lo desconocido. La historia de una mujer que busca señales de un más allá, la cuestión del silencio de Dios y de querer saber más cuál es nuestra función en esta vida, son temas que me apasionan.

Lechuga y Claudia Calviño durante el rodaje de «Melaza». Foto: Ale Menéndez.

¿Qué etapa de tu carrera profesional crees que ocupará esa película?

Estoy en una nueva etapa de mi vida como realizador. Me siento más seguro, más maduro. Creo que va a ser mi mejor película. Es ya la tercera, que es un número importante, aunque al mismo tiempo me siento como si estuviera haciendo mi opera prima, porque como te dije voy a poder hacer cosas que no hice en mis dos primeras cintas.

Algunas de las ideas que quiero probar ya se pudieron ver en la Bienal de La Habana, porque ya las probé en el video Generación, hecho en coautoría con el ex Carpintero, Marco Castillo. Creo que va a ser una película más madura, más visual, más grande.

¿Piensas que podría proyectarse Vicenta B. en el Festival de Cine de La Habana?

A mí me encantaría, el sueño de todo cineasta cubano es ver su película en el cine Yara, repleto por la audiencia del Festival; pero como bien sabemos esa es una cuestión que no depende de mí. No obstante, cuando esté terminada por supuesto que la presentaremos y veremos cuál es la repuesta del equipo del Festival, con el cual guardamos muy buenas relaciones.

Santa y Andrés fue un parteaguas en la creación audiovisual contemporánea en Cuba. ¿Qué te llevó a filmar una historia como esa?

Después de tantos años de hablar de lo mismo ya estoy un poco cansado de tocar el tema de Santa y Andrés. Pero hay una cosa que me interesa recalcar: lo mejor que le pasó a esta película, y mis mayores orgullos como cineasta, ocurrieron antes del tan llevado tema de la censura.

La película se estrenó en Toronto y luego en San Sebastián, y la audiencia, sin saber de qué iba, reaccionó muy bien. Luego vino lo que ya todos sabemos y la experiencia que les tocó a muchos, ya no venía con la inocencia y la virginidad de estas primeras audiencias.

Fotograma del filme "Santa y Andrés", de Carlos Lechuga.
Fotograma del filme «Santa y Andrés», de Carlos Lechuga. En la imagen los protagonistas del filme Lola Amores y Eduardo Martínez.

Creo que el paso del tiempo le dará al filme el lugar y la importancia que se merece. A lo mejor de aquí a diez años ya nadie se va a acordar de ella, o la propia obra dejará de emocionar. No sé. Lo que me llevó a filmar un guion como ese, fue que mi olfato de guionista me dijo que tenía una buena historia entre manos.

Todo empezó cuando estrenamos Melaza en el Festival de Cine de La Habana, y por parte de algunos funcionarios del Instituto de Cine de aquellos tiempos, hubo una molestia y con esto un intento de censura. En aquel entonces recibimos varias llamadas raras en las que nos exhortaban a hacer unos cambios en la película antes de las presentaciones. Al final, no teníamos el dinero para hacer los cambios y la cosa no llegó a una peor situación.

La película siguió viajando y un año después, la pusieron por cinco días en el Multicine Infanta. A partir de ahí, por curiosidad, comencé a investigar un poco sobre la censura en Cuba; y poco a poco apareció la idea de Santa y Andrés. Me puse a investigar y encontré a muchos artistas que me sirvieron de inspiración. Pero lo más importante era que tenía una imagen en la cabeza: la imagen de una mujer cargando una silla, dirigiéndose rumbo a una casa, en donde iba a vigilar a alguien.

¿Qué querías lograr con el filme?

Realmente no quería lograr nada. No estaba pensando en eso al principio. Solo tuve una idea y me pareció que ahí había una buena película. Lo mismo pasa cuando un músico escribe una canción que esta buena, uno sigue adelante y va viendo. Luego, me percaté que la película hablaba del amor, y como a veces, las ideas políticas extremas separan a las personas.

A un nivel estético quería lograr una historia donde dos personas bien diferentes optaban por enriquecer aquellas cosas que los unía y dejaban a un lado las que los separaban.

La película también hablaba del odio. De cómo el odio nos ha separado mucho. Pero en este punto de mi vida, me parece muy inocente pensar que una película puede cambiar el mundo, si acaso, puede cambiar a algunos individuos a un nivel personal.

¿Crees que fue comprendida por las personas que impidieron su proyección?

Algunos sí. Recuerdo dos personas que se quedaron encantados con la actuación de Lola Amores y con el personaje de Santa. Pero otros creo que iban predispuestos y ya sabían de antemano que tenían que decir no, votar no a la cuestión de aceptar las proyecciones.

Hubo una persona bien importante que la calificó como una obra de arte, pero que sobrepasaba muchas cuestiones ya que decía cosas que no se podían decir. Y por esto quedaba fuera de lo que se aceptaba en la política cultural cubana. Una de las censoras disfruto mucho la película y luego en la primera reunión con el entonces ministro de cultura no apareció. No sé si es que le dijeron que no fuera o ella misma se abstuvo. Pero al mismo tiempo sé que muchas de las personas que impidieron la proyección han vuelto a ver, a solas, en su hogar, la película.

¿Hubo diálogo entre el ICAIC y el equipo de dirección de la película?

Mucho, por varios meses. Muchos realizadores que pertenecen al ICAIC nos apoyaron, otros nos usaron para restablecer un diálogo que en ese momento estaba congelado, con la oficina del Ministro. Y también hubo funcionarios, que no querían ayudar, pero así y todo dialogaban con nosotros. En esos largos meses hablamos con mucha gente, incluso con la Seguridad del Estado.

¿Cuál fue el momento para ti más importante en la andadura de Santa y Andrés?

Antes de la censura: los festivales de Toronto y San Sebastián. Luego, la cantidad de premios que nos llevamos en el festival de Guadalajara. Aun hoy, tres años después de todo, la película se acaba de estrenar en Alemania. La película sigue viva y viajando.

¿Cómo ha evolucionado tu manera de interpretar la realidad cubana desde Melaza?

Soy el mismo, pero tengo menos inocencia. Sé más. Todo el proceso de censura me ha hecho descubrir nuevas cosas de la realidad cubana; y al mismo tiempo me siento tan satisfecho con lo que traté anteriormente, que ahora tengo como unos nuevos ojos para verlo todo.

La realidad también ha ido cambiando un poco y creo que por eso sería un error tratar de hacer lo mismo, o enfrentarme estéticamente a lo mismo. Por eso Vicenta B. es una película bien diferente.

¿Cómo defines el cine independiente? ¿Podemos hablar realmente de este tipo creación en Cuba?

Cuando se habla de cine independiente nos referimos a todas aquellas películas que, de una manera u otra, se realizan al margen de los circuitos de producción habituales. Al principio esta denominación se refería a las películas norteamericanas que rechazaban el modo de producción de Hollywood. Pero luego esto se amplió y ya se puede hablar de un cine independiente argentino, rumano, cubano…

Yo sí creo que se puede hablar de un cine independiente en Cuba. Toda mi obra como director la he hecho de una manera independiente y no ha sido para nada fácil, pero ha valido la pena.

El cine independiente cubano es una terminología que se usa para hablar de las obras que han surgido al margen del ICAIC, del ICRT o de cualquier institución estatal.

Yo, por ejemplo, me siento muy orgulloso de que ninguna de mis películas le ha costado un centavo al Estado de este país. Vivimos en un país en crisis y realmente el dinero que se invierte en un filme casi nunca se recupera, porque los precios del cine en Cuba son bien baratos.

Carlos Lechuga. Foto: Javier Labrador.

A mí me daría un poco de reparo hacer una superproducción pagada por el gobierno. Imagínate que quede mal la película, no solo no va a recuperar el dinero, sino que estéticamente tampoco tendría ningún valor. Todo sería un gasto para un país que necesita ese dinero para otras cosas más importantes.

Con la democratización de las tecnologías se hizo más fácil hacer cine. Hoy cualquiera puede hacer una película y subirla a Internet. El problema es que si quieres que sea exhibida en una sala de cine, sí necesitas de una autorización.

El cine independiente cubano existe, todo el mundo lo sabe, lo que algunas personas malintencionadas que tienen cierto poder o influencia, constantemente están tratando de restarle su valor o demonizarlo.

Tenemos dos escuelas de cine que gradúan cada año a muchos cineastas y la mayoría de estos jóvenes van a empezar haciendo un cine independiente.

Estos jóvenes que salen con ganas de filmar, en 1990 tenían que conseguir película en 35 MM y estar amarrados a tener que conseguir un laboratorio. Pero, ahora con las nuevas tecnologías es más fácil filmar una película.

El objetivo de los cineastas independientes es hacer su obra. No conozco a nadie que su razón de ser o motivo para vivir sea ofender a Alfredo Guevara, Tomas Gutiérrez Alea o Humberto Solas. La gente lo que quiere es poder hacer su obra con tranquilidad. Nadie quiere eliminar el pasado ni renegar de ninguna de las grandes películas.

Por eso es muy jodido cuando ves a alguien que no tiene nada que ver con el cine hablando en la televisión en contra de uno.

Algunos usan esas viejas estrategias de decir que el cine independiente es pagado por la CIA y que los jóvenes viajan a festivales con estas películas. Ojo, es muy naif pensar que un señor de la CIA está esperando detrás de una columna con un sobre en la mano para pagar una película como Melaza Santa y Andrés.

Estas películas, a pesar de ser críticas, surgen de la mente de realizadores que estudian, leen, viven y respiran este país. Gente bien educada, que sabe pensar por sí misma.

Mira, Melaza y Santa y Andrés son películas que ganaron premios de guion y ese dinero se puso a la disposición de la producción. Si yo tuviera a alguien de la CIA dándome dinero, viviría en mejores condiciones.

¿Cuáles crees que sean las virtudes de los jóvenes realizadores cubanos?

Tratar de filmar como sea y a toda costa, con todo en contra. La fuerza, el tesón, y la originalidad. Cuando las cosas uno no las tiene fácil, esto puede servir de motor para avanzar.

¿Te sientes identificado con tus compañeros de generación?

Con algunos y sobre todo con la gente más joven. Es muy difícil sentirse identificado con muchos otros.

¿Crees que exista lugar en la Cuba de hoy para obras cinematográficas cuestionadoras sobre la realidad circundante?

Sí, depende del enfoque, y de hasta donde se llegue.

 

Este texto fue publicado originalmente en OnCubaNews y su autor es Michel Hernández. Se reproduce íntegramente en elToque con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.