En los últimos días en Cuba se han conocido dos casos de mujeres asesinadas: uno en Jarahueca, Sancti Spíritus, y otro en La Habana. De los muchos que pueden haber ocurrido (aún no tenemos estadísticas exactas ni canales seguros para conocerlos todos) estos precisamente provocaron numerosas reacciones y debates. ¿Por qué?

En primer lugar, porque llegaron a algún medio de prensa y/o a las redes sociales. Eso no es menor; el silencio cómplice de los medios de comunicación y de la sociedad favorece la impunidad de los agresores y, sobre todo, que no sea clara la magnitud del asunto. En Cuba ya sabemos el daño que hace callar los problemas “para no darle armas al enemigo”.

En segundo lugar, porque la forma en que se han conocido los sucesos ha generado tantas opiniones como los sucesos mismos. Colegas, amigas y especialistas en género nos hemos hecho eco de errores en su tratamiento, que no vale la pena repetir porque el asunto va más allá de un texto específico o de un post en Facebook. Esto tampoco es menor, porque muestra que una forma inadecuada de contar el asesinato de una mujer, más allá de cualquier intención de denuncia, puede incluso agravar el problema.

¿Y cuál es ese problema? Se llama feminicidio. Lo reconozcan o no las leyes cubanas, el asesinato de una mujer a razón de su género se llama feminicidio e involucra muchos comportamientos naturalizados socialmente. En el caso de una pareja o expareja, “la mató por celos”, “la mató porque le fue infiel”, “la mató porque lo dejó por otro”, “la mató porque siguió con su vida”… Naturalizamos eso y no podemos verlo por detrás del horror de “la violó”, “la descuartizó” o “le cortó la cabeza”. Contar el feminicidio exige, entonces, llamarlo como tal.

Esa es la primera regla para un debate que empieza por esta pregunta: ¿es más importante denunciar un feminicidio que la forma en que se haga? La respuesta es un rotundo “no”. No es más importante. Reportar el asesinato de una persona requiere normas éticas imprescindibles; si esa persona es mujer y se trata de un feminicidio, todavía más.  Reportar un feminicidio implica asumir una responsabilidad con la manera en que la sociedad percibe un problema que necesita miradas acuciosas e informadas, que permitan superar los sentidos comunes que enmascaran la violencia contra las mujeres, una violencia específica y de género.

¿Cuáles son esas normas éticas? Con las preguntas correctas, es fácil distinguirlas.

1. ¿Se deben incluir fotografías del cadáver?

No, nunca. La dignidad de las víctimas es más importante que los detalles visuales. Eso aplica desde un accidente de tránsito hasta una muerte por hechos delictivos. Un poco de empatía permite entender que a los familiares y personas allegadas a las víctimas les produce dolor verlas en esas circunstancias, y saber que otros cientos o miles de personas las han visto. Usar las fotos es reducir toda la vida de las mujeres a una imagen para satisfacer el morbo.

2. ¿Se deben incluir los nombres de las víctimas y del o los agresores?

A lo primero, preferiblemente, no, aunque a menudo pasan de boca en boca (sobre todo en Cuba, donde los feminicidios han sido largamente silenciados por la prensa oficial, pero registrados en la memoria colectiva). Una forma abreviada de los nombres, que no incluya los apellidos, es más responsable desde el punto de vista ético. A menos que se oriente a gestionar ayuda o a ejercer presión contra la impunidad del caso, los nombres completos de las víctimas no aportan nada a los reportes.

A lo segundo, en principio, sí. Depende de las investigaciones: si se conocen los nombres del o los agresores, si hay detenidos, si hay sentenciados… También depende de las regulaciones a la comunicación y las normas jurídicas sobre difamación y delitos similares en cada país. En Cuba, el tema es gris, como muchos otros. Por tanto, incluir el nombre de los agresores da cuenta de un compromiso con denunciar el tema, más allá de la noticia, los intereses puntuales de los medios de comunicación y de las personas en sus redes sociales.

3. ¿Se deben incluir otros datos personales de las víctimas?

No, a menos que se contextualicen en un análisis sobre el feminicidio como problema social. Ni la edad ni el estado civil ni los rasgos físicos ni la procedencia social y geográfica de las víctimas aportan a la denuncia de los casos; todas las mujeres pueden ser víctimas de feminicidio con independencia de estos y otros rasgos. Incluirlos puede reforzar una serie de estereotipos sobre “el tipo de mujer” que es víctima de feminicidio. Los datos en contexto, en cambio, pueden aportar a comprender el problema. Por ejemplo, al comparar las edades de las víctimas o su procedencia geográfica se pueden encontrar tendencias.

Otros datos personales como la relación de las víctimas con el o los agresores se pueden incluir para denunciar las estructuras sociales que favorecen la violencia de género: por ejemplo, el hecho de que las mujeres hayan denunciado previamente a su expareja, que luego las asesina. Nunca deben utilizarse para justificar la violencia: “que se quedó”, “que lo aguantó”, “que no denunció”, que “por qué estaba acá o allá”, que “por qué se fue o siguió con él”… La violencia de género es una espiral y el feminicidio su conclusión y punta más visible. La culpa es únicamente del o los agresores, cuya acción no debe justificarse a través de estereotipos o lugares comunes sobre el comportamiento de los hombres y las mujeres.

Por último, una pregunta clave: ¿qué es revictimizar? La respuesta corta es infligir más violencia, causar más dolor, continuar la injusticia. Se revictimiza a las mujeres y a sus familiares cuando sus casos no son tratados con rigor, cuando se menoscaba su dignidad mediante fotos del crimen o se justifica la violencia; cuando prima el interés de decir por encima de la forma adecuada. Por tanto, si su reporte o denuncia de feminicidio hace lo anterior; si la violencia sobre las mujeres no acaba con su muerte, prefiera el silencio. A veces también es una forma de respeto.

 

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