La dignidad tiene mucha importancia en la historia política cubana. Marzo es el mes de Baraguá, Maceo es un prototipo de dignidad a toda costa, contra la lógica y contra la razón. Es la dignidad de la utopía.

La dignidad salva a los pobres de la miseria y los convierte en seres humanos simples pero altivos, fuertes y limpios si son dignos.

Dignos somos cuando no robamos, aunque vivamos en penuria, cuando preferimos la honestidad y cuando salimos a la calle a sudar tres pesos antes de usar el engaño y la estafa.

Ejércitos de ancianos y ancianas dignas salen a las calles y terraplenes de Cuba, cada día, a trabajar porque sus pensiones no alcanzan para vivir… dignamente.

Ellos no escogen simplemente pedir, sino que venden maní, baratijas, libros viejos, café en los portales, cambian menudo en las paradas de guaguas, cuidan carros en los parqueos, recogen latas para materia prima.

Los cubanos y las cubanas son mayormente dignos. Por un miserable, por un vil, destellan decenas de hombres y mujeres que insisten en trabajar y en esperar a que su salario dé para algo más que para masa de croquetas.

Este es un pueblo de artistas dignos, de amas de casa dignas, de enfermeras y seños de círculo, enormemente dignas, de mecánicos y chóferes dignos, de estudiantes dignos, no podemos olvidarlo.

No somos un pueblo de ladrones, ni un pueblo de matarifes, ni un pueblo al que le da lo mismo el destino de sus símbolos y sus principios.

Pero la dignidad debe ser alimentada con orgullo, con honor, con bienestar, con justicia, con esperanza.

Desde el año 1962 el gobierno norteamericano ha decidido bloquear a Cuba. Lo ha hecho con obstinada constancia y ha hecho sufrir a nuestro pueblo.

Como dicen los jodedores cubanos: la dignidad no se come. Es cierto. Pero ella abriga, alimenta de otra forma, lo que no nos puede hacer olvidar nuestra necesidad de comer y de vivir.

Lo que nos ha salvado en Cuba de caer en el pantano de la desidia, ha sido la dignidad. Queremos ser buenos y justos. Queremos ser honestos e insistimos en ello.

Somos dignos porque no andamos quejándonos todo el tiempo, ni buscando quién tiene la culpa de lo que somos y de lo que hemos ganado y perdido.

Pero el gobierno cubano ha olvidado la lección del pueblo de Cuba. Solo sabe quejarse del bloqueo.

Según reiteran, cada cosa que sale mal en Cuba es porque el bloqueo lo ha propiciado. Me pregunto, ¿es esto digno?

Hasta ayer se suponía que el bloqueo no era efectivo, además de ser ilegítimo e inhumano; que habían perdido el tiempo con nosotros, que esta era de otra época.

Pero han vuelto las quejas en nuestros noticiarios. De que el bloqueo no nos deja hacer, de lo que haríamos sin bloqueo…

Pero, si el bloqueo era inútil, cómo puede ser ahora el culpable de todo lo malo que nos sucede.

¿No será que el bloqueo se alimenta de nuestras quejas?

¿No será que el bloqueo observa cómo nos detiene, frena, doblega, enfurece, ofusca, entumece, empobrece, y por eso no abandona su plan de asfixia?

En la contienda política, en el diferendo contemporáneo entre Cuba y los Estados Unidos, en algún momento se olvidó la dignidad y empezaron las quejas.

El pueblo de Cuba no. El pueblo de Cuba vive a toda costa, sin mantequilla, sin carne, sin pollo, sin papel higiénico, sin detergente, sin jabón, sin transporte, y no se queda llorando en los portales por el brutal bloqueo.

Y la dignidad nos salva porque nos guía cuando hala el demonio de la supervivencia.

Los que gobiernan tienen que saber que el pueblo cubano puede entender que algunas cosas falten, pero también sabemos lo que siempre ha habido en nuestros campos y almacenes.

No aceptamos que el bloqueo detenga o impida la libertad, la justicia, los derechos humanos y la democracia.

Sin estos valores no hay dignidad que pueda sobrevivir.

 

Este texto fue publicado originalmente en OnCubaNews. Se republica íntegramente en elTOQUE con la intención de ofrecer contenidos e ideas variadas y desde diferentes perspectivas a nuestras audiencias. Lo que aquí se reproduce no es necesariamente la postura editorial de nuestro medio.