Toda esa gente que, desde fuera de Cuba, se alegra de las decisiones del gobierno del presidente estadounidense Donald Trump de activar el Título III de la Ley Helms-Burton, restringir los viajes de ciudadanos estadounidenses que no sean por motivos familiares y reducir el envío de remesas a Cuba, al tiempo que se manifiesta tan interesada en que ocurran cambios profundos en Cuba, tan interesada en que de una vez se reconozcan libertades y derechos fundamentales a los ciudadanos cubanos, tan interesada en que Cuba se convierta en una república democrática y justa, debería venir a vivir a Cuba a defender aquí todos esos sublimes intereses.

No estoy de acuerdo con gran parte de las expropiaciones de bienes que se hicieron después de 1959. Entiendo que sería justo resarcir a muchos cubanos nacionalizados estadounidenses y descendientes de cubanos nacidos en Estados Unidos por los daños que el proceso revolucionario les ocasionó; los daños que ocasionó no como resultado de la implementación de políticas sociales sino de extremismos políticos. Me molesta que en muchas de las viviendas expropiadas en los años sesenta residan hoy militares y dirigentes, que como en la profética novela Rebelión en la granja, del escritor inglés George Orwell, los cerdos hayan ido a vivir plácidamente a la casa de los humanos y se hayan convertido en la nueva clase dominante, mientras que el resto de los animales de la granja, que formaron parte de la rebelión contra los humanos, enfrenta penurias.

Estoy consciente del dolor que todavía hay en muchos cubanos o estadounidenses de origen cubano que viven principalmente en Estados Unidos, como mismo hay dolor en muchos cubanos que viven en Cuba. Las únicas víctimas de los errores, arbitrariedades, injusticias, que se han cometido en los últimos sesenta años en la isla, no han sido quienes perdieron sus propiedades. Y con sus propiedades, sus trabajos, sus profesiones, sus derechos. Dolor también hay en quienes perdieron a sus familiares en el mar o en la selva, intentando emigrar hacia los Estados Unidos, o en una guerra en un país extraño, o en otros episodios oscuros de la historia nuestra.

Pero no se repara un daño provocando otro daño. Menos cuando lo que motiva no es reparar ningún daño en verdad sino aprovecharse de ese daño existente, del dolor de la gente, de sus muy comprensibles resentimientos, para intentar cumplir propósitos que no son para nada nobles. A la administración de Donald Trump no le importa resarcir a los ciudadanos estadounidenses oriundos de Cuba que sufrieron expropiaciones en los sesenta, no le importa hacer justicia, mucho menos apoyar a los cubanos de la isla. Trump es primero que todo un empresario que busca proteger sus intereses.

El discurso en el cual John Bolton, asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, anunció las sanciones contra Cuba —y otras contra Venezuela y Nicaragua— tuvo lugar en Miami, el pasado 17 de abril, en el contexto del aniversario 58 de la invasión a Playa Girón o a Bahía de Cochinos. El público estuvo conformado eminentemente por los cubanos americanos que participaron en la invasión. De acuerdo con Bolton, las nuevas medidas se tomaron para “honrar su coraje” y confrontar “los demonios del socialismo y el comunismo en el hemisferio”.

“No te puedes deshacer del cáncer sin sufrir”, dijo un banquero retirado de 78 años, quien fuera uno de los invasores, de acuerdo con una nota del Washington Post; que asoció el lenguaje usado por la administración de Trump con el usado, hace ya más de treinta años, durante la Guerra Fría.

El blanco de esta política, desde luego, no es directamente el gobierno cubano. El blanco es la gente que reside en Cuba, la base del sistema, pues se espera que atacando la base, el sistema colapse. La activación, el próximo 2 de mayo, del título III de la Ley Helms-Burton (Ley Libertad) de 1996, que ha estado suspendido por más de 22 años, no puede beneficiar a quienes sufrieron expropiaciones sin afectar también los intereses de las empresas europeas –como las hoteleras— que han invertido en propiedades confiscadas, sin afectar la ya frágil y endeudada economía cubana, sin afectar a la población de 11 millones residente en la isla.

La Unión Europea (UE) no tardó en reaccionar. Federica Mogherini, Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, y Cecilia Malmström, Comisaria encargada de la Política de Comercio de la UE, advirtieron en una declaración conjunta que “la UE evaluará todas las posibilidades a su alcance para proteger sus intereses legítimos, incluidos sus derechos en la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el uso del Estatuto de Bloqueo de la UE”.

Y agregaron: “Dicho Estatuto prohíbe la ejecución de sentencias judiciales de los EE.UU. relacionadas con el Título III de la Ley Helms-Burton dentro de la UE, y permite a las empresas de la UE demandadas en los EE.UU. recuperar a través de tribunales europeos cualquier daño sufrido como consecuencia de proceso legales iniciados en los EE.UU.”.

Sin embargo, independientemente del desenlace del conflicto entre europeos y americanos, la noticia sobre los procesos judiciales que iniciarían con el Título III de la Ley Helms-Burton también sirve para crear una atmósfera de incertidumbre e inestabilidad y ahuyentar a potenciales inversores extranjeros. Bolton precisó el 17 de abril que estas medidas eran apenas el comienzo.

Y con las limitaciones en el envío de remesas a 1000 dólares trimestrales por persona y de los viajes de ciudadanos estadounidenses que no sigan propósitos familiares, no solo se atacan los ingresos de dólares americanos al país. Si bien no es frecuente que los emigrantes cubanos envíen a sus familiares residentes en Cuba más de 1000 dólares en tres meses, sí es frecuente que distintos artistas, realizadores, periodistas, activistas, que trabajan en su mayoría de manera independiente al Estado, al igual que el sector de los emprendedores, traigan desde Estados Unidos, como remesas, los fondos para desarrollar sus proyectos o inversiones. En esencia, una de las cosas más importantes que se está atacando desde la Casa Blanca son las posibilidades de empoderamiento de la ciudadanía.

Con este paquete de medidas, en un escenario donde en Cuba comienza a entreverse la llegada de una crisis económica, en el que los alimentos básicos cada vez escasean más, en el que los cubanos “tenemos que prepararnos siempre para la peor variante”, según alertó el primer secretario del Partido Comunista de Cuba recientemente, se confirma el retorno de la vieja estrategia estadounidense que ha sustentado la política del bloqueo desde su inicio en los sesenta: presionar al pueblo cubano para desencadenar la tan ansiada rebelión contra el gobierno. Una estrategia cuya inefectividad ha quedado demostrada durante más de medio siglo y que ha servido más al propio gobierno para justificar la restricción de libertades, la falta de transparencia informativa y los problemas sociales sin resolver, que lo que ha servido al pueblo para liberarse.

Si el ex presidente Barack Obama optó durante su mandato por cambiar esa estrategia obsoleta, no fue necesariamente porque era un tipo cool al que le simpatizaban los cubanos y las utopías socialistas, sino porque poseía un poco más de inteligencia y astucia políticas. Por supuesto que a Obama también le interesaba que Cuba cambiara. Probablemente le daba igual que levantara la bandera del socialismo o del colegio de hechicería de Harry Potter, siempre que, en la práctica, se democratizara.

Obama tenía claro que la represión solo suscitaría más represión, que era mejor dar razones para admirar a Estados Unidos que para detestarle. Creía que el intercambio y el acercamiento entre ambas sociedades, el encuentro entre culturas y concepciones del mundo, iban a generar más cambios que los atrincheramientos.

Y como representante de Estados Unidos supo ganarse la admiración de muchos durante su visita a Cuba. Quienes estuvieron en La Habana en ese momento, o estuvieron pendientes de la cobertura mediática, pudieron presenciar el éxito popular que tuvo y el desconcierto que provocó al gobierno de Raúl Castro y a los medios oficiales. Porque, sencillamente, supo mostrar respeto hacia el pueblo cubano. Algo que nunca mostraron convincentemente otros presidentes de Estados Unidos ni los hermanos Castro. Si su proyección era sincera o fingida es irrelevante, el hecho es que funcionó; aunque lamentablemente el proceso de normalización de las relaciones entre ambos países, el deshielo, duró muy poco tiempo.

Pero quizás lo más triste en todo esto es que haya cubanos de generaciones jóvenes, que no son los octogenarios de la invasión de 1961, que respalden la estrategia de Trump con respecto a Cuba y reproduzcan un pensamiento, un discurso, que data efectivamente de la Guerra Fría. Que a Trump no le importen los cubanos es lógico. Trump nunca se ha presentado a sí mismo como un humanista, al contrario. Pero lo que sí resulta ilógico, o al menos incongruente, es que alguien afirme que le importan los derechos civiles y políticos usurpados por los Castro y, al mismo tiempo, apoye las presiones económicas que quiere hacer Trump. ¿Cómo es preferible el hambre a la censura?

Es muy fácil echar a fajar a un pueblo contra un gobierno, como si la isla fuera el Coliseo romano, y los ciudadanos gladiadores o animales, cuando no vas a estar en el medio de la pelea sino en las gradas del extranjero, alentando los golpes y gritando, con la boca llena de hamburguesa. Es fácil, pero, sobre todo, muy cobarde. Quien no está dispuesto a sentir en carne propia la presión, que no es más que la miseria, que el hambre, que la angustia de no tener qué dar de comer a tus hijos, que la violencia que la miseria desataría, ni está dispuesto a salir para la Plaza de la Revolución con un cartel a protestar, no tiene autoridad moral para defender que se ejerza esa presión contra otros.

Nadie tiene derecho a exigir a otros lo que no es capaz de hacer. Pero ni siquiera quienes son capaces de aguantar la presión, o la represión, y salir a protestar en un espacio público, tienen derecho a exigir a otros que hagan lo mismo, ni a juzgar a quienes no lo hacen, porque no son superiores a nadie por hacer lo que hacen. Admirables sí, superiores no. Ni los cubanos de aquí deberían juzgar a quienes decidieron emigrar, ni quienes emigraron deberían juzgar a quienes continúan en Cuba y no se rebelan, o no se rebelan en los términos que creen correcto.

No es distinto quien defiende las medidas represivas del gobierno estadounidense contra el pueblo cubano, al dirigente cubano que le pide a ese mismo pueblo sacrificios que no va a hacer. Ambas posiciones, aunque opuestas, buscan lo mismo: dominar. Un poder no es mejor que otro, a ninguno de sus representantes le importa sinceramente el bienestar social sino proteger sus intereses: a Donald Trump salir reelecto y a la élite del Partido Comunista de Cuba ser inmortal.

Por uno y otro lado quien recibe los palos es el ciudadano común, el eslabón más vulnerable de la cadena, porque ni los dirigentes comunistas, ni Donald Trump, ni los partidarios de las medidas represivas que viven fuera de Cuba, van a pasar hambre o van a arriesgar su vida si ocurre una rebelión. Todos se van a quedar morbosamente mirando cómo los sectores pobres, los que no van a poder emigrar a ninguna parte, se matan entre sí, o se atacan entre sí, hasta que algo, nadie sabe concretamente qué, cambie.

¿Pero quiénes, luego, van a resarcir a las víctimas de esa violencia tan anhelada; cuyas vidas valen más que todas las propiedades que se han expropiado en Cuba? ¿En qué país nos vamos a convertir después de algo así? ¿Será eso una república democrática, justa y humanitaria? ¿Democrática, justa y humanitaria para quiénes? ¿Quiénes van a quedar en el país?

Y también es muy probable que, al final, la isla no se convierta nunca en el campo de batalla que se espera. La periodista cubana Yoani Sánchez, directora del diario independiente 14ymedio, en su programa informativo Ventana 14, es una de las personas que dice mostrarse escéptica respecto a que ocurra una revuelta popular. A su juicio, las restricciones económicas solo potenciarían la emigración. Al menos, esa es la lección histórica de la crisis de los años noventa, y una tendencia muy fuerte desde la reforma migratoria de 2013. Si algo se ha sabido hacer en Cuba es inventar, resolver, sobrevivir.

Que haya quienes se fajen en las tiendas para comprar un paquete de pollo, no es tanto un indicio de que en cualquier momento los cubanos van a salir a protestar en las calles como de que, a diferencia de los años noventa, en 2019 tenemos celulares, datos móviles y un perfil en Facebook. Lo que podría desatar una protesta en Cuba nadie lo sabe con certeza. A lo mejor, no es una protesta la manera de generar cambios, o no ese tipo de protesta que tienen en la cabeza la gente en la Casa Blanca. No lo sé.

Lo que sí sé es que anhelo con toda mi alma que Cuba sea una república justa y democrática. Claro que un día tendremos que reparar los daños, que perdonar, que sanar, que reconciliarnos, que contar historias, que hallar la verdad sobre tantas cosas, que reconstruir; pero tendremos que hacerlo como mujeres y hombres libres y conscientes, en un contexto pacífico y seguro, porque sea nuestra decisión y no porque nos presionen de ninguna parte, no porque quieran convertirnos en fieras hambrientas que pelean entre sí para sobrevivir. Creo que Cuba puede ser mejor que lo que gente a la que no le importa el bienestar de su pueblo quiere que Cuba sea. Si los gobiernos no nos respetan, por lo menos podemos respetarnos nosotros mismos.

*Este texto es una evolución de uno original compartido por la autora en su perfil de Facebook. Puede enriquecerse más con tus criterios: