“Con las familias todo el tiempo en casa y los equipos electrodomésticos encendidos día y noche, ¿es exagerado esperar que vuelvan los apagones?”, se pregunta Yunaika Bofill, quien todavía recuerda los ocurridos el verano pasado y que tenía 11 años cuando la desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista sumieron a Cuba en una crisis de dramáticas proporciones. De ese momento, conocido como período especial, los apagones de muchas horas y la escasez de alimentos son los recuerdos más persistentes.

En la primera quincena de abril la demanda de energía en Cuba sobrepasó lo planificado para esos días en un 5,3 % y, en la medida en que avanza el mes, el consumo sigue creciendo, alertó un reporte reciente de la televisión cubana. Los efectos han comenzado a notarse en los cortes del fluido eléctrico ocurridos en varias localidades en los últimos días. Ese sobreconsumo se tradujo en el empleo de 9 516 toneladas de combustible por encima de las que en principio se habían destinado a la generación de electricidad.

El aislamiento social establecido para enfrentar la COVID-19 ha coincidido con una primavera tórrida y de muy pocas lluvias en el país: el domingo 12 de abril se registró un nuevo récord nacional de temperatura (39,7 º C) y, en promedio, las máximas locales han oscilado entre los 36 y 38º C.

La paralización de todas las actividades económicas no esenciales y la permanencia de millones de personas en sus viviendas han incrementado exponencialmente el consumo del sector residencial, al punto de llevarlo a representar el 68 % de la demanda total de la Isla. Además, han obligado a poner en funcionamiento las baterías de grupos electrógenos diésel, cuyos costos de operación son mucho más altos que los del resto de las plantas, reconoció en la televisión nacional el ministro de Energía y Minas, Liván Arronte Cruz.

Luego de la publicación de la nota televisiva, otros medios de prensa han amplificado la convocatoria gubernamental al ahorro, y comienzan a aparecer mensajes sobre la necesidad de aprovechar la iluminación y ventilación naturales, o utilizar solo un televisor por casa. La campaña pudiera tener como objetivo evitar que se repitan los cortes de energía del verano de 2019.

Por entonces, la explicación oficial atribuyó el déficit de generación a la salida de servicio de varias de las termoeléctricas que funcionan en la Isla. La rotura de esas unidades generadoras coincidió con mantenimientos programados en otras.

La termoeléctrica Carlos Manuel de Céspedes, en la ciudad de Cienfuegos (250 kilómetros al sureste de La Habana), ha sido una de las más afectadas por roturas durante los últimos años. La más moderna de sus unidades generadoras fue conectada al sistema en 1979. Foto: Miguel Suárez (elTOQUE).

La termoeléctrica Carlos Manuel de Céspedes, en la ciudad de Cienfuegos (250 kilómetros al sureste de La Habana), ha sido una de las más afectadas por roturas durante los últimos años. La más moderna de sus unidades generadoras fue conectada al sistema en 1979. Foto: Miguel Suárez (elTOQUE).

Algunos rumores, sin embargo, insistieron en atribuir la crisis al desabastecimiento de combustible. Quienes se inclinaban por esa línea encontraron la confirmación el 11 de septiembre siguiente, tras la declaración de la “coyuntura”, un período de contingencia establecido por el presidente cubano Miguel Díaz-Canel para enfrentar la demora en la llegada de carburante desde Venezuela, debido a las sanciones de Washington.

“Estados Unidos sigue apuntando a los envíos entre los dos países”, resaltó por entonces el diario argentino Perfil, en un reportaje que narraba las peripecias de los tanqueros empleados por las estatales Petróleos de Venezuela, SA (PDVSA) y Cuba-Petróleo (CUPET). El artículo cita los ejemplos de las naves Ocean Elegance, Tropic Sea y Neas, que habían cambiado sus nombres luego de multas o amenazas del Departamento del Tesoro estadounidense, y viajaban sin equipos de geolocalización y alterando sus manifiestos de carga.

“La persecución de la Casa Blanca ha agudizado la crisis de la industria venezolana de hidrocarburos, cuya producción actual se mueve en torno a los niveles de la década de 1940. [En consecuencia,] los envíos a Cuba [que] alcanzaron un máximo de 103 000 barriles por día en 2009 […] cayeron a 35 177 barriles por día en la primera mitad de 2019, según datos compilados por Bloomberg”, señala Perfil.

En febrero de 2020 la agencia Reuters informó sobre un incremento notable de las remesas hacia Cuba, calculando los fletes en alrededor de 173 000 barriles diarios. En una nota reciente, el diario español ABC cita documentos internos de PDVSA para calcular que los últimos despachos hacia la Isla —en una “alta probabilidad”— pudieran superar los 500 000 barriles.

De 2018 a la fecha tres ministros diferentes han presidido la rama de Energía y Minas. El hecho llama la atención en un país donde algunos altos funcionarios han permanecido en sus puestos incluso durante décadas. Foto: Sadiel Mederos (elTOQUE)

De 2018 a la fecha tres ministros diferentes han presidido la rama de Energía y Minas. El hecho llama la atención en un país donde algunos altos funcionarios han permanecido en sus puestos incluso durante décadas. Foto: Sadiel Mederos (elTOQUE)

A finales de marzo se seguían reportando envíos de buques a la Isla, a pesar de la falta de combustibles que enfrentan los venezolanos. Este suministro será difícil de mantener por la administración de Nicolás Maduro, no solo por la escasez interna, sino también debido al desplome de precios ocurrido al cierre de marzo y la movilización de fuerzas navales estadounidenses hacia el Caribe venezolano. La intención de cortar supuestas rutas de droga hacia los Estados Unidos parece solo una excusa con la que justificar el gigantesco operativo, que sin mayor dificultad podría enfilarse contra el esquema de suministros pactado entre Caracas y La Habana.

A la irregularidad de los suministros de petróleo que incide sobre todo en el funcionamiento de los grupos electrógenos y las plantas gasíferas en Cuba, se suma que las ocho termoeléctricas que conforman la llamada “generación base” del sistema electroenergético nacional funcionan por debajo de los parámetros con los que fueron proyectadas. Así sucede incluso en la planta más eficiente, la central Antonio Guiteras de Matanzas (100 kilómetros al este de La Habana), que al momento de su inauguración en marzo de 1988 era capaz de generar 330 megawatt por hora (MW/h) y que en octubre de 2019, tras un mantenimiento ejecutado allí, solo consiguió elevar su potencia de 235 a 280 MW/h.

Casi dos tercios de las unidades que funcionan en el país tienen más de 40 años de explotación. En esa industria un mayor tiempo de uso se traduce en la caída de la eficiencia y el incremento de la agresividad hacia el medioambiente, como sucede con la central Otto Parellada, de La Habana, objeto de frecuentes denuncias por parte de los vecinos.

Lo ideal sería emprender la modernización capital de todas, pero el estado de las finanzas nacionales convierte en utopía tal pretensión. En cuanto a costos, el referente más cercano son las cuatro unidades de generación de electricidad que se construyen en Santa Cruz del Norte y Mariel, a unos 50 kilómetros al este y oeste de La Habana, respectivamente. Los 1 200 millones de euros requeridos en ambos proyectos para sumar 800 MW entre 2022 y 2024 solo pudieron allegarse gracias a un crédito de bancos rusos avalado por el Kremlin. Otro acuerdo firmado con Rusia a finales de 2019 permitirá modernizar diez unidades generadoras y ahorrar hasta 1 800 millones de dólares en la compra de petróleo.

Ante el incremento de la demanda eléctrica, las autoridades cubanas aconsejan a la población que tomen medidas de ahorro de energía en el hogar. Foto: Sadiel Mederos.

Ante el incremento de la demanda eléctrica, las autoridades cubanas aconsejan a la población que tomen medidas de ahorro de energía en el hogar. Foto: Sadiel Mederos.

Buscar la energía que falta, más necesario que nunca

“Nunca en la vida había escuchado en la radio que nos aconsejaran apagar el refrigerador entre las 11 y la 1 pm para ahorrar electricidad. Aunque probablemente no tome ese consejo, voy a adoptar otras formas de ahorro, porque en este ‘verano primaveral’ yo puedo quedarme en casa para evitar la #Covid-19 pero me enferma imaginarme sin corriente y con calor”.

Así reflexionó, pocos días atrás en su perfil de Facebook, la periodista Glenda Boza. Sus palabras resultan inquietantemente válidas en un contexto en el cual la urgencia de limitar el consumo de electricidad pudiera entrar en contradicción con otra de igual importancia: conservar los alimentos.

En Cuba, la dificultad para garantizar artículos de primera necesidad se ha hecho crónica en las últimas semanas. La Isla entró en la órbita de la pandemia en un momento comprometido. Exactamente un mes antes de que se detectara su primer caso positivo, Reuters informaba del incumplimiento de los pagos de la deuda acordados por La Habana con los acreedores del Club de París.

Si al cierre de 2019 el gobierno cubano no cumplió con el pago de los 80 millones de dólares comprometidos para el caso, resulta difícil inferir el estado de las finanzas isleñas luego de la pérdida de una de sus principales fuentes de ingresos (el turismo) y la actual escalada de los gastos médicos. La disminución de las compras en el exterior se manifiesta con particular crudeza en los anaqueles vacíos de las tiendas y en las colas (filas) de varias horas que deben afrontar muchos cubanos para adquirir alimentos. ¿Qué pasaría si, además, no contaran con la electricidad para conservarlos?

El dilema de satisfacer la demanda residencial y, a la vez, reactivar la producción de bienes de consumo data de mucho antes de la COVID-19. La fórmula del problema incluye variables como la obsolescencia de buena parte del sistema de generación y distribución, y la dificultad para acceder a hidrocarburos. Pero, además, debe tenerse en cuenta el peso creciente del consumo doméstico dentro de la factura eléctrica.

En 2018 los hogares de la Isla gastaron el 43 % de la electricidad del país. Aunque aún no se han publicado las cifras definitivas de 2019, la lógica indica que el año pasado esa proporción debió crecer, a tenor con el aumento de los negocios privados que se desarrollan en las viviendas, y la masificación de equipos electrodomésticos y ciclomotores eléctricos.

Entre el 2000 y el 2018  la demanda privada pasó de 4 246 gigawatt por hora (GW/h) al año a 9 012 GW/h. En el período, la producción de energía creció a un ritmo tres veces menor, provocando un desbalance entre generación y consumo que las autoridades han compensado a costa de disminuir las asignaciones a ramas de la economía productiva.

Las termoeléctricas cubanas todavía en 2019 fueron las encargadas de generar alrededor del 59 % de la electricidad del país. Foto: Miguel Suárez.

Las termoeléctricas cubanas todavía en 2019 fueron las encargadas de generar alrededor del 59 % de la electricidad del país. Foto: Miguel Suárez.

Otra alternativa aplicada a partir de 2004 ha sido la instalación de decenas de baterías de grupos electrógenos diésel. A ellos se sumaron, cinco años después, los alimentados por fueloil. Su combustible —sobre todo el diésel— fue garantizado mediante el convenio de colaboración suscrito con Venezuela hasta que la economía bolivariana entró en picada; entonces resultaron inevitables las compras en terceros países, a un precio mucho mayor que el acordado con Caracas. En tan adversas circunstancias, las importaciones de diésel crecieron un 92 % durante los ejercicios fiscales de 2016 y 2017, estima el profesor y analista Pedro Monreal.

Consciente de su vulnerabilidad energética, el gobierno cubano ha dado un golpe de timón en favor de las fuentes renovables.

Hacia 2030 estas deben alcanzar una capacidad de generación cercana a los 2 000 MW/h. Se trata de una hoja de ruta acorde a las tendencias internacionales, aunque la Isla llega con retraso al mercado de las tecnologías amigables con el medio ambiente. No fue hasta noviembre de 2019 que entró en vigor un decreto-ley específico para el tema, mientras que a nivel regional ya en 2017 una cuarta parte de la electricidad se obtenía sin emplear combustibles fósiles.

Desde 2013 se han duplicado los aportes de las hidroeléctricas y los parques fotovoltaicos, pero su participación dentro del esquema energético nacional no pasa de ser secundaria (en el período, pasó del 0,8 y el 1,5 %). Incluso, la generación a partir de biomasa cañera —que según los planes de Estado debe suministrar más de la mitad de la “energía limpia” comprometida para 2030— ha tropezado con retrasos debido a la falta de capital extranjero y a la propia crisis de la industria azucarera, otrora pilar de la economía isleña. La cautela del empresariado foráneo, reforzada por las presiones estadounidenses, hace suponer que en el futuro inmediato la mayor parte de los nuevos proyectos tendrán que ser pagados con fondos públicos.

La COVID-19 interrumpió aquellos planes y, además, ha coincidido con una llegada temprana de las altas temperaturas y la habitual sobredemanda de energía del verano. En tiempos de aislamiento social, la industria eléctrica cubana juega una vez más al límite de sus posibilidades.

*Texto producido en alianza con Connectas

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