No hay para un cubano radicado en Cuba, una vez que encuentra la oportunidad de salir, lugar tan atractivo como un mall o centro comercial. En el mapa mercantil de ese cubano, el continente más grande suele ser Carlos III. Por eso, cuando el cubano que nunca ha viajado al exterior llega a Ciudad de Panamá, lo primero que quiere es trasladarse  a la Zona Libre de Colón para comprar, sin impuestos, todas las misceláneas que se puedan imaginar, todos los equipos electrónicos y electrodomésticos, herramientas y accesorios de ferretería, productos de perfumería y aseo personal. Todos los objetos del mundo están a la venta en la Zona Libre.

Esos objetos —o varios de ellos—, no obstante, ahora pueden ser adquiridos en las nuevas tiendas habilitadas por el Estado cubano para la compra en divisa de artículos de alta demanda: aires acondicionados, motos eléctricas, ollas freidoras sin grasa, neveras, refrigeradores, piezas de automóviles, entre otros.

Si antes el cubano que no viajaba podía comprar en el mercado informal en CUC estos artículos, ahora debe, además de tener dinero suficiente en divisa, abrirse una cuenta en dólares (estadounidenses y/o canadienses), libras esterlinas, euros, coronas danesas, suecas y noruegas, francos suizos, pesos mexicanos, yenes (japoneses), que son las monedas fuertes reconocidas internacionalmente y aprobadas por el Estado cubano para estos fines.

Inmediatamente después del anuncio de la medida, el dólar —que ya venía en alza desde hace unos meses— se disparó en el mercado informal cubano, hasta llegar a tasas de cambio de 1 USD x 1.30 o 1.50 CUC.

No obstante la incertidumbre que genera esta realidad para los negocios privados de las llamadas mulas, siguen llegando cubanos a la Zona Libre de Colón.

Llegan Lourdes e Iván, dos habaneros con su hija adolescente, para comprar misceláneas, un juego de muebles y mercancías para abastecer su negocio de impresión en la capital cubana.

“Yo he venido antes, este es un lugar muy peligroso, no debes hablar mucho y sí andar concentrado. Habrá que ver si las tiendas estatales resultan a largo plazo”, dice el hombre.

“Estas pesas (básculas) portátiles están muy buenas, nosotros las llevamos la vez anterior y se vendieron bien a 10 CUC”, exclama la mujer.

La hija adolescente de ambos observa los labiales, la ropa. Va vestida deportiva, sobria, no parece una durakita pero sí va fashion como los de su edad en Cuba, los que pueden permitirse ciertos gustos.

Mayra Ortega, que no es vendedora de estos productos, pero sí se encarga de reenviarlos a la Isla por la agencia RTC, precisa que los cubanos están llegando menos, pero que sí vienen cada día.

—Hay menos, ciento por ciento —asevera un colombiano que trabaja aquí.

“Sí, hay menos cubanos, tuvimos que hacer una denuncia para que no quitaran la tarjeta de turista. Pero no aumenta la cifra de cubanos”, aprecia el panameño Andrés Prada, quien trabaja en una tienda de utensilios domésticos.

“Ha habido varios casos de tiendas allá que han abierto y a la larga no han funcionado”, valora como quien ha estudiado el mercado de la isla caribeña. Ha interactuado con los locales y sabe que se ahorran hasta una hamburguesa o una croqueta. Buscan lo más barato.

Cuesta alrededor de dos horas y unos 15 dólares llegar aquí. La vía más barata para llegar —y por tanto la que suelen emplear los cubanos en su régimen de estricto ahorro— es un metro, luego un bus de 3.65 dólares, seguido por un taxi de a dólar por cabeza que te introduce en la Calle de los cubanos, un espacio construido a base de repetición en la compra de pacotilla con destino al mercado subterráneo de la Isla.

¿Qué cambiará con las nuevas tiendas en moneda libremente convertible?

Para Y esta es la primera vez aquí, en la Zona Libre. Le tocó venir, dice, a pesar de la apertura de las nuevas tiendas estatales. Por eso busca artículos grandes, cosas difíciles de conseguir en Cuba: un chipijama, una pulidora, todo lo que sea dinero en mano, seguro.

“Como todo se ha puesto malo para nosotros ahora, trato de comprar lo que sé que allá no va a aparecer”, explica resuelta.

En cambio Silvio, un cubano que se encuentra sin mucha dificultad en la Calle de los cubanos, está radicado desde hace años en Panamá. Se fue cuando el boom de Ecuador y luego emigró a este país. Es aquí donde ha logrado establecerse, en la administración de una agencia de envíos de paquetería a su país de origen. Los carteles dicen: “Moto puesta en Cuba, $1400”; “Split, $255”, “freidora, 50”, “bicicletas”…

Silvio, con la mirada pícara, una medio sonrisa, la pulsera de oro en el brazo, te dice si le preguntas por las consecuencias de las tiendas estatales cubanas para el negocio de las mulas, que shhhhu, ¿las tiendas estatales? ¡No!, eso es… No termina la oración.

—Eso no va a durar a mucho.

Mientras se (sujeto genérico que puede ser cualquier cubano que viva en Cuba) habla con Silvio afuera de la agencia Bordoy Courier y Servicios S.A., una veintena de cubanos radicados en Colón llaman, le proponen almuerzo por cinco dólares, transporte, hospedaje en los alrededores de esa Zona Libre, en esos alrededores que son Zona Minada y en los cuales la gente juega dominó en las calles, igualito que en Centro Habana y en Chicharrones, Santiago de Cuba. Y mujeres gordas venden billetes de lotería y los chinos tienen sus tiendas lúgubres con comida chatarra refrita y esos olores característicos de la insalubridad.

Los envíos a Cuba, por la agencia de Silvio, oscilan entre los 37 y 300 dólares, dependiendo del equipo. Un producto, tras el pago del envío, puede costar el doble de su precio. Si son mercancías expuestas en la propia agencia de envíos, son bastante más baratas que las compradas y traídas desde otra tienda en la misma Zona Libre. Para que se tenga una idea: una bicicleta de 100 dólares, cuyo envío puede costar solo 45 por ser de la agencia, de provenir de otra tienda el trámite de llevarla a Cuba puede costar 157 dólares. Unos 260 dólares en total.

En Bordoy Courier y Servicios S.A. suele ocurrir esto: el agente te cobra mucho más por trasladarte mercancía ajena a su dominio. Silvio, en esos casos, en vez de precios fijos lo que tiene es una tabla para multiplicar largo por ancho por alto y calcular un volumen que desangra al bolsillo de la “mula” mal parada.

Es común encontrar la bandera cubana en los negocios de la Zona Libre de Colón, en Panamá. Foto: Darcy Borrero.

Es común encontrar la bandera cubana en los negocios de la Zona Libre de Colón, en Panamá. Foto: Darcy Borrero.

Zona Libre de Colón: un destino comercial alcanzable

A partir de la Reforma Migratoria de enero de 2013, los cubanos comenzaron a llegar a países como Panamá con visa de turismo pero con fines comerciales. Las visas son válidas por cinco años pero bastante difíciles de obtener por el aprieto de acceder a las citas, solo programadas vía online.

En aquellas circunstancias, los cubanos aún no habían dado el salto a la red de redes que vendría en 2016, cuando se habilitaron los llamados parques Wi-Fi. Aun así, muchos comenzaron a obtener visado por un quinquenio. Más tarde, por la probada fidelidad de los clientes cubanos en la Zona Libre de Colón, el gobierno panameño decidió abrir fronteras y otorgarles a los registrados en la ONAT como cuentapropistas la posibilidad de viajar a esa nación con el único requisito de un pasaje comprado que les garantizaría la entrada mediante una tarjeta de turista. Ocurrió en octubre de 2018, y también podían obtener la tarjeta aquellos ciudadanos que hubieran viajado antes a este u otro país.

Hubo un momento en que las autoridades panameñas cerraron frontera y se manejó la eliminación de la tarjeta. Sin embargo, no fructificó esa medida porque los comerciantes de la Zona Libre se negaron a perder este mercado que generaba millones de dólares.

“Nosotros lo que le hemos pedido a Migración (de Panamá) es que no nos quite el derecho a que los clientes vengan. Hay compañías que tienen un expediente completo, impecable, de clientes cubanos. De esos clientes se mandan cartas a Migración y esta les va a sacar la visa inmediatamente, eso sí se está haciendo”, dijo a EFE, en agosto, Daniel Rojas, el presidente de la Asociación de Usuarios de la Zona Libre de Colón.

Solucionado el problema, ahora los compradores cubanos, también conocidos como “mulas”, se hallan ante otra medida que los afecta, esta vez establecida por su propio gobierno: “Abren hoy sus puertas 12 tiendas para captar divisas en Cuba”, publicaba Cubadebate hace dos semanas, sin esconder su propósito de atraer los millones de dólares que se estaban fugando del país y eran manejados en el mercado informal. Hasta ese momento el Banco Metropolitano, en voz de su vicepresidenta Marina Torres, daba la cifra de unas 10 mil personas con cuentas abiertas para comprar en dichos establecimientos.

Las 12 tiendas en las cuales estas personas pueden comprar se hallan en La Habana, más una enclavada en Santiago de Cuba, y cuya construcción era el atractivo de los visitantes de esa ciudad desde meses atrás.

—Será el centro comercial más grande de Cuba, de Latinoamérica —especulaban algunos locales.

Algunos artículos de las nuevas tiendas:

-televisores de grandes formatos

-refrigeradores de alta gama

-lavadoras automáticas

-motos eléctricas y componentes de autos

Estos artículos, valorados en moneda libremente convertible —que ya se dijo era la gama desde dólares y euros hasta libras, coronas y yenes— eran los más demandados en el mercado informal cubano y generaban ingresos fijos a las “mulas” para seguir capitalizando, invirtiendo, vendiendo. Un negocio que nació por la necesidad no cubierta por el Estado cubano, el Nostradamus de la planificación que no logra salir de sus sucesivas crisis por desabastecimiento de productos no ya grandes, sino de primera necesidad: pan, aceite, huevos, que se turnan en ese ciclo de desapariciones del mercado.

—Los cubanos van a seguir viniendo —dice Silvio.

Una nota de EFE publicada hace tres semanas indica que las reexportaciones a Cuba de la Zona Libre de Colón (ZLC), la mayor del continente y situada en Panamá, sumaron 335,5 millones de dólares en el 2018. La fuente es la administración del emporio comercial que ha participado con cinco empresas en la Feria Internacional de La Habana.

Añaden a esas estadísticas, que entre enero y septiembre últimos ingresaron a la Zona 34 500 cubanos, una cifra superior a la del mismo periodo en 2018.

J, una joven de Bayamo radicada en la Habana del Este, en contraste, no sabe si volverá.

“Vine porque ya tenía la visa y el pasaje, pero a mí lo que me gusta es Haití. Medicamentos, ropa, todo barato”.

Las mulas: una figura cuyo surgimiento incentivó el Estado

R y M, ambas de Las Tunas, llegan al aeropuerto como quien tiene todo para un cumpleaños pero no se atreve a festejar. Viajan por Avianca en uno de sus últimos vuelos a La Habana. Aunque hacen una escala en El Salvador, prefieren Avianca a Copa Airlines por los costos. Con la aerolínea colombiana, miembro de Star Alliance y cuyo porciento mayoritario pertenece a un socio estadounidense, se ahorran unos 100 dólares, sacando la cuenta de que les dejan llevar dos maletas de 23 kg cada una más el equipaje de mano, ideal para camuflar kilos.

Cargan cuanto artículo para cumpleaños y fiestas se necesite en la ciudad de Las Tunas. M es dueña de una tienda pequeña y tiene pasaporte europeo. La inquieta que en Europa, en la Aduana, sean tan condescendientes y aquí, en Latinoamérica, no tanto.

No habrá sonrisa en su rostro hasta que no llegue al exterior del Aeropuerto José Martí, con toda su mercancía. Para eso, si tiene que poner unos dólares en manos de las aduaneras, lo hará. Esto lo afirma despejada.

Su mercancía le ha costado, más que dinero, esfuerzo, preocupaciones, nervios. Y esto último es lo peor. Los nervios se le disparan cada vez que se tiene que someter a un viaje de estos. Una “mula” es eso, un ser nervioso que cabalga por terrenos movedizos, insegura, con el pellejo en peligro. Aunque el Estado y los compradores crean que son “macetas”, que se enriquecen con el sudor del “pueblo trabajador”. Las “mulas” existen porque el país lo ha provocado.

La calle de los cubanos en la Zona Libre está. Los cubanos están viniendo menos, pero su calle existe aquí y parece que existirá por un buen tiempo, a pesar de que la percepción popular, la de un taxista de 23 años que recoge a los cubanos de madrugada para llevarlos al aeropuerto por Viajes Florencia, sea que hay menos, que antes, hace un mes, se le llenaba el carro de “bolas” de 23 kg y sus dueños. Es noviembre, día 7, los días previos eran feriados y hasta el 6 no abrió la Zona Libre. En diciembre, según él, empieza la temporada alta. Espera ver más rostros cubanos, ya está adaptado a lidiar con que nueve personas carguen 29 maletas que no son maletas, son “bolas retractiladas” que ruedan desde la Zona Libre hasta la barriga del avión y desde ahí hasta sus destinatarios, quienes eligen por transitividad lo que otros eligieron antes.

 

Si te interesa debatir sobre este y otros temas relacionados con nuestras publicaciones puedes unirte a nuestro canal y grupo de Telegram.