Alejandro, Jorge, Roberto y Yeny hace dos años que terminaron la carrera de Licenciados en Cultura Física, pero la Marcha de la Antorchas que convocan las organizaciones políticas cubanas cada 28 de enero funciona para ellos como una ocasión perfecta para reunirse “como en los viejos tiempos” y “darse unos tragos”, según dice Jorge.

Para él, José Martí es la personalidad más grande de Cuba y solo lamenta que se haya estereotipado tanto su pensamiento.

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Entre la multitud también caminó Leonardo, un joven camarógrafo del Instituto Cubano de Radio y Televisión, que encontró en las antorchas sus mejores velas de cumpleaños, pues nació el mismo día que el “Apóstol” de la independencia nacional, José Martí.

Leonardo va a la marcha desde que tiene 15 años, y la considera “la mejor fiesta” que le preparan sus amigos.

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Desde la escalinata de la Universidad de La Habana baja la marejada de gente. Entre esos jóvenes que gritan consignas cuando todos caminan encontré a Rogelio, un joven instructor de arte de la especialidad de plástica que fue convocado por su brigada para arengar. Me dice que el arte es la mejor manera de motivar a los jóvenes de hoy, quienes, según cree, no son tan honestos y humildes como sus padres.

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Cuando ya había terminado la marcha, cuando se había cumplido con el deber, cuando parecía que todo se volvía calma en el Malecón, aparecieron Yury y Leo, unos timberos del Cerro y sumaron su arenga con el sonido de los tambores. La marcha se extendió, ahora sería “Hasta que se seque el Malecón”.

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La Marcha, cargada de simbolismo en su convocatoria, culmina sin rimbombancias ni ceremonialismos. Alrededor de los “timberos” comienzan a sumarse jóvenes, a corear sus frases, a bailar la rumba contagiosa que bajó por la calle 23 hasta el Malecón.

Para mí, ese el cierre perfecto, quizás el mejor homenaje que se le hizo a Martí en su aniversario.