En Cuba los debates sobre el Proyecto de Constitución lucen más diversos en los barrios que en la televisión.

Algunas personas quieren que el mandato del presidente no tenga límites, que no se permita el matrimonio igualitario o que el trabajo sea “obligatorio”. Otros, sin embargo, piden elecciones por voto directo y derecho a manifestarse.

El Comité de Defensa de la Revolución (CDR) número tres ―Casino Deportivo, Cerro, La Habana― no tiene quien lo dirija. Desde que la antigua presidenta dejó el cargo hace tres años, nadie más ha querido “meterse en eso”, comenta una vecina.

Solo se supo que el lunes tendría lugar el debate del Proyecto de Constitución por unos carteles que algún funcionario estatal pegó en los postes de electricidad. ʻA las 8:00 p.m. en la calle Cuarta se cita a los CDR 3 y 6 del Casino Deportivo en el Cerroʼ, decía el anuncio.

A esa hora, ese día, un semicírculo de 35 personas toma forma alrededor de una mesa. Al frente de la multitud aparecen Marlén Suárez, una funcionaria del Partido Comunista de Cuba (PCC) encargada de conducir la reunión; y Pedro Santana, el delegado de la Asamblea Municipal del Poder Popular, representante de los vecinos de la circunscripción 82. Es la tercera reunión a la que asisten en los últimos diez días. Una vez más el himno, la bandera, una secretaria de actas y un acta.

Sin perder tiempo, Lina, una vecina del CDR número 6, se acomoda los espejuelos sobre la nariz e interviene. Su tabloide está marcado, garabateado, de principio a fin. Dice que el Estado no solo debe promover el desarrollo económico sino garantizarlo, para que los jóvenes no emigren. Propone que el trabajo sea obligatorio; pero Miguel, un cuentapropista del barrio, responde que primero hay que recibir salarios dignos. “Eso es lo que debería ser obligatorio”, defiende.

Lina finge no oírle y prosigue: “En el artículo 40 debe quitarse la discriminación por motivos de género o identidad de género. Con sexo y orientación sexual basta”.

Una joven la interrumpe, le explica que no es lo mismo género que sexo y traduce cada categoría. Lina insiste en que género sobra. “Los cubanos no entienden conceptos tan académicos”, dice. Pero la joven riposta: “En Cuba casi nadie se ha leído El Capital, casi nadie entiende de marxismo, pero hace 60 años citamos a Marx”.

Casi una hora después Marlén interviene con énfasis renovado: “Este es el momento del polémico artículo 68”. “El polémico artículo 68”, como le llama la funcionaria partidista, modifica y amplía el concepto de matrimonio en Cuba, restringido hasta hoy a la unión de “un hombre y una mujer”.

“¿Nadie quiere hablar de eso?” Nadie habla. “¿Seguro?” ―insiste.

Finalmente Mario, un jubilado, le toma la palabra a Marlén: “Yo no estoy de acuerdo” ―suelta―. “Eso es antinatural y va contra el comunismo. Además, los compañeros religiosos no lo aprueban. Una medida como esa solo va a desunir el país”.

Luego dirá que “eso” (no queda claro si la desunión o el matrimonio igualitario) “es lo que quiere el enemigo”. María ―otra jubilada, abuela de dos niñas― apoya a Mario, preocupada por el modelo de familia que la nueva Constitución estimularía: “¿Cómo un pequeño va a vivir con dos hombres? ¿A quién le diría mamá? ¿Qué valores va a aprender? ¡Van a enseñarle a ser homosexual!”.

Solo una joven ripostó, “para que conste en el acta que no todo el mundo está en contra del matrimonio igualitario”. “La sociedad no está preparada”, arguyeron Mario y María. “Los derechos no se plebiscitan. En este caso la Constitución no le quita nada a nadie, sino que le da derechos a los que no tenían”, defendió la muchacha.

Prieto, un vecino de mediana edad, rompió el guion monocorde del debate: “En Cuba necesitamos elecciones con voto directo, derecho a manifestación pacífica, y que acaben de unificar la moneda”, lanzó atrevido.

Además, pidió la derogación de la medida que impide el regreso al país ―en un lapso de ocho años― a los profesionales que abandonan una misión internacionalista. Y solicitó, también, que “el proletariado” pueda subir a “embarcaciones de motor”.

Ante cada intervención de Prieto, Marlén acota: “Bueno, es su criterio personal. Hay que respetarlo”.

Traidores a la Patria: concepto en conflicto ante la nueva Constitución

El Proyecto de Constitución no menciona la dualidad monetaria, ni las leyes que limitan el regreso a Cuba de los profesionales que “desertaron”, ni tampoco se refiere a la prohibición de abordar embarcaciones recreativas que pesa sobre los cubanos. La funcionaria del PCC sugiere que la discusión sobre la futura Carta Magna tiene “otras características, otros fines”. Pero el vecino insiste en que sus opiniones se recojan en el acta de la reunión.

El debate constitucional reproduce, a ratos, una reunión de rendición de cuentas del delegado a su comunidad. La gente aprovecha el momento para quejarse del desabastecimiento del agromercado, de los huecos en la calle, de los salideros o la falta de transporte. El debate constitucional ofrece el chance de la catarsis frente a los funcionarios del Partido.

A las 9: 30 p.m. ―la reunión se extiende demasiado― Prieto sigue debatiendo con un señor de bigote y guayabera, otro enviado del PCC. El vecino no entiende cuál socialismo construimos: “si el del siglo XXI, el chino o el coreano”.

El funcionario se irrita: le responde que aquí nunca hemos copiado ningún modelo, que “existen pocos países más libres y democráticos que este”. Y que, por supuesto,“construimos el socialismo cubano”.

Pasan diez minutos más. Marlén suspira y se balancea en el lugar, la Secretaria de actas voltea la hoja y sigue escribiendo. La gente comienza a marcharse con discreción. A esa hora el tema de despedida de la telenovela brasileña atrae a los presentes como un imán.

Según medios oficiales más de 135 mil reuniones se celebrarán en todo el país, en centros de trabajo y estudio, en las comunidades y en el extranjero. (Foto: Claudia Padrón Cueto).

Según medios oficiales más de 135 mil reuniones se celebrarán en todo el país, en centros de trabajo y estudio, en las comunidades y en el extranjero. (Foto: Claudia Padrón Cueto).

Un inglés en la reunión

Catorce personas esperan a Marlén Suárez, la funcionaria del PCC encargada de conducir el debate. Frente al viejo consultorio del CDR número uno (circunscripción 82), una mujer juega Candy Crush en su celular, y unos pocos conversan con el Proyecto de Constitución bajo el brazo. Un periodista extranjero carga un trípode y una cámara Canon.

“La reunión será transmitida por un canal internacional”, avisa alguien. La enviada del PCC traga en seco y busca un número, va hasta el teléfono público, marca, y le explica a un superior, del otro lado, que un periodista extranjero quiere “grabarlo todo”. De inmediato lanza una ráfaga de preguntas: ¿filmar la reunión está autorizado?, ¿qué debe hacer?, ¿lo permite o no?

―¿De qué medio eres?, pregunta al reportero sin colgar el teléfono.

The Guardian, responde él con acento inglés, mientras levanta una credencial con su foto.

Marlén divide en sílabas el nombre del periódico: de-gar-dian. Ni ella ni su superior ―parece― saben quién es el corresponsal, ni qué medio es The Guardian, ni qué opina de la Revolución Cubana.

Finalmente, Marlén asiente y el periodista oprime REC.

En la primera toma la funcionaria pide que canten el himno “muy alto para que se oiga con fervor”. En el fondo, la Secretaria de actas toma notas. Una bandera cubana permanece estática, atada a una reja.

Termina el himno, Marlén lee un texto de Fidel Castro, el concepto de Revolución, alto y claro. Además, “comparte” el Preámbulo del Proyecto de Constitución y pide criterios de los vecinos, capítulo a capítulo.

Salvo Pedro Santana, el delegado, los presentes apenas hablan. Para Santana debe quedar claro que en Cuba jamás hubo discriminación religiosa, ni esa, ni otra de ningún tipo. “Aquí solo se persigue a quien intente cambiar el sistema”. El delegado hace una pausa. Rectifica: “Realmente no se persigue, se controla”.

Pedro Santana, el delegado (primero de izquierda a derecha), explica a los vecinos la importancia de la “reforma constitucional”. (Foto: Claudia Padrón Cueto).

Pedro Santana, el delegado (primero de izquierda a derecha), explica a los vecinos la importancia de la “reforma constitucional”. (Foto: Claudia Padrón Cueto).

Hasta el artículo 121 ―que trata sobre la elección del Presidente de la República― no ocurren muchas intervenciones.

A Calixto ―80 años, natural de Manzanillo, Granma― no le parece que deba haber límite de edad ni de mandatos para el Presidente. “¿Y si tenemos otro Fidel?”, pregunta. “Con esa medida podemos quitarle la presidencia a un hombre excepcional”.

Los demás asienten. Algunos ovacionan.

Orquídea, exfuncionaria de la Dirección de Inmigración y Extranjería, no está de acuerdo con que los cubanos tengan que regresar al país cada dos años para mantener su residencia. Ni a Félix, el dueño de una cafetería cercana, le parece justo que se prohíba la acumulación de riquezas cuando provienen del trabajo honrado.

Poco después de las 9:00 p.m. la reunión termina. El periodista inglés pide al delegado y a la conductora del debate que se queden un momento más para conversar. Pedro acepta, pero Marlén se niega a conceder una entrevista en su rol de funcionaria.“No es correcto salir en la prensa extranjera”, se justifica.

Antes de marcharse, la presidenta del CDR ―la misma mujer que jugaba Candy Crush― se acerca a la Secretaria de actas y le recuerda que no olvide “ponerle la asistencia a quienes faltaron por enfermedad o porque tenían trabajo”. Saca un papel con los nombres de varias personas: con unos trazos a mano alzada los 14 asistentes al debate se multiplican.

Este artículo fue publicado originalmente en Tremenda Nota