¡No se me mueran de sed caballero, que llegó el aguador! ¡Que levante la mano el que tenga sed! ¡El agua fría para usted!

Con ese pregón se afana Marlon Alain Hernández Abreu en vender granizados durante las calurosas tardes de juego en la Serie Nacional de Béisbol cubano. Cada vez que hay partido, Marlon recorre una y otra vez  las gradas del estadio Capitán San Luis, de Pinar del Río.

Cuando no hay partido, son las calles pinareñas las que se llenan con su pregón de dulces:

¡Vendo señoritas!  ¡Traigo rubias, trigueñas, mulatas y bien flacas, hasta par de tembitas, pero todas son señoritas!

A su paso, solo unos pocos vecinos y amigos del Consejo Popular Villamil, reconocen detrás del jocoso cuentapropista al actor de teatro y Delegado de su circunscripción, el concejal de barrio electo por sus vecinos.

“Mi papá era marino mercante, un día cuando yo tenía 14 años lo trajeron de Chile con dos hernias discales enraizadas en la médula, lo operaron pero sufrió un infarto cerebral que le aceleró el mal del Parkinson  y quedó en un sillón de ruedas”.

“A partir de ese momento tuve que enfrentar la realidad y no me da pena decirlo, mi primer negocio fue vender pan con tomate y agua fría en las peleas de gallos”.

Aunque nunca dejó de vender, Marlon continuó sus estudios de teatro en la escuela de Instructores de Arte del territorio.

“Con pruebas al otro día  yo tenía que estar vendiendo chicles y chupa-chupas para poder mandarles el dinero a mi mamá y mi papá.

“Mi tesis la hice en el hospital y la entregué en hojas de libreta a rayas,  pensé que me iban a suspender pero el jurado me felicitó porque decían que realmente la había hecho yo, que no era un producto de corte y pega”.

Tras su graduación ejerció como profesor de la especialidad de teatro en varios centros docentes del territorio, y probó como actor en grupos de teatro callejero como Istrión y Utopía.

“Hacíamos mucho esfuerzo para poder presentarnos, nosotros mismos cocíamos los trajes, pero fue una época muy linda,  obtuvimos incluso premios nacionales Escaramujo”.

El recrudecimiento de la enfermedad de su padre y problemas musculares causados por los zancos que montó durante seis años, le obligaron a abandonar el teatro y dedicarse plenamente a la actividad de cuentapropismo.

“Mi papá entró en un estado crítico, a la vez el angiólogo me advirtió  que debía escoger entre mi salud o los zancos”.

Foto de la autora

Por si fuera poco, hace poco más de tres años Marlon desempeña una nueva faceta que, según afirma, le ha ayudado a crecer como persona.

“El anterior delegado tuvo que abandonar el cargo  y nadie más se ofrecía a serlo, yo me brindé y les dije a los presentes que aunque tenía iguales o mayores problemas que ellos, daría el paso al frente”.

“Ha sido una gran responsabilidad porque tienes que llevar papeles, asistir a actos, rendir cuentas a la población pero creo que eso me ha ayudado a ser más sensible con los problemas de los demás”.

“Hay personas hoy en día, sobre todo la juventud, que no entiende porque hago estas cosas y me critica, yo simplemente creo que hay que darlo todo por sentirse bien donde uno esté”.

Como delegado se ha empeñado además en borrar en su barrio el estigma que aún prevalece alrededor del trabajador por cuenta propia y su aparente divorcio con las esferas de gobierno en nuestro país. Marlon mismo es un ejemplo de lo contrario: es militante del Partido Comunista.

“Hablo mucho en las asambleas de que al trabajador por cuenta propia hay que ayudarlo más, estimularlo más y que tiene que ser visto como un trabajador tan importante como uno estatal”.

“Yo mismo he sido víctima de incomprensiones, recuerdo que en una ocasión un señor me dijo: ¡Miren eso, un delegado vendiendo roscas!

“Le dije que si había tenido oportunidad de leer mi autobiografía, era además de vendedor de roscas: instructor de arte, actor, militante y su delegado, desde ese día ese señor me respeta muchísimo”.

“Sigo teniendo problemas pero me siento realizado, porque ayudo a quien tenga que ayudar desde mi función como delegado y como persona y creo que hoy no tengo un solo enemigo”.

Foto de la autora