La falta de experiencia, dice Yeney, le está haciendo pasar un trago amargo. Madre de una niña de dos años y otra de 11, Yeney Oliva Rodríguez se enteró por accidente de que debía 4219 pesos cubanos a la Oficina Nacional de Administración Tributaria (ONAT), una cifra superior al salario anual que cobraba en su último empleo estatal.

Lo adeudado correspondía a los años 2013-2014, cuando supuestamente ejerció como dependiente en Cafelate, una heladería particular de la comunidad San Agustín, en el municipio habanero de La Lisa, donde reside desde que nació.

Supuestamente, porque allí laboró sólo desde septiembre de 2012 hasta febrero de 2013.

“Renuncié por mi embarazo. Un año antes había perdido una barriga casi a término y no quería correr riesgos, por lo que me fui completo para mi casa a hacer el debido reposo”, comenta Yeney.

En Cafelate, explica, “la titular iba ella misma a la ONAT y pagaba la licencia e impuestos de sus empleados”, pero, al parecer, no se acordó de dar de baja del fisco a quienes ya no trabajaban allí.

“Reconozco que erré en no chequear eso”, asegura mientras revela que no fue sino hasta enero de 2015 que asistió a la dependencia municipal del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social para informar que ya no era cuentapropista.

Foto del autor

Pero resulta que tras el feliz término de su embarazo y cerca de un año de autolicencia por maternidad, Yeney trabajó en varios empleos del sector estatal.

Durante tres meses fue cajera en una tienda en divisas y desde marzo de 2016, hasta hace dos semanas, se desempeñó como técnica de la Dirección Municipal del propio Ministerio del Trabajo.

A esta última responsabilidad también renunció porque mudarán la dependencia a una localidad más alejada de su hogar y necesita mayores ingresos.

Cuando tomó esa determinación, y pensando volver a ejercer en lo privado, asistió al departamento correspondiente y se llevó la triste sorpresa: debía 4219 pesos cubanos por impuestos no pagados.

“Fui a la ONAT a averiguar si tenía que renovar el carnet de cuentapropista. Nunca pensé que pasaría algo como esto y mucho menos que debería tanto”.

Si no hubiese indagado por sí misma, probablemente aún no supiese del entuerto monetario en que se vio envuelta.

Tras conocer de la deuda asistió a la ONAT municipal, donde le explicaron que el monto correspondía a un período en el que realmente no ejerció como cuentapropista. No le contabilizaron 2015 por su acertada aunque tardía decisión de darse baja en Trabajo.

Sin embargo, no fueron suficientes su testimonio y una carta de la heladería para aclarar el olvido: debía pagar el monto equivalente a los dos años previos, en los que para la ley sí trabajó. Y además, sólo disponía de 15 días para pagar. Si no liquidaba la deuda en ese tiempo, sería detenida por la Policía y no saldría hasta pagara.

“Me vi con la soga al cuello”, relata. “No veía de dónde sacar dinero tan rápido. Traté de negociar un pago a plazos mensuales, pero no aceptaron. Dicen que son muchos deudores y pocos pagan”.

Además de Yeney, en la ONAT había varias personas con situaciones similares. Muchos fueron notificados por citación oficial, a diferencia de su caso, en el que de no haberse preocupado quién sabe a cuánto hubiese ascendido la deuda y cuándo le hubiesen avisado.

“No sé cómo trabajan o cómo está establecido que lo hagan. Para mí lo hacen mal”, se cuestiona la chica. “Lo cierto es que ese día muchos debían más que yo y todos se preguntaban por qué dejan correr tanto tiempo para citar, cuando los pagos del cuentapropista son mensuales”.

Para ella quedó claro que las entidades encargadas del registro de los trabajadores privados y el cobro de impuestos, no están organizadas ni preparadas para lo que se está viviendo.

Finalmente, Yeney liquidó su deuda gracias a la ayuda de su tío materno, residente en Estados Unidos.

“Fue difícil para mí pedírselo porque él allá no está teniendo sus mejores momentos y a nadie le resulta fácil soltar más de 150 dólares de un tajo”.

A esta altura aprendió por la vía difícil una lección que no duda en compartir. Muy pocos se imaginan que pueden llegar a la cárcel por un descuido, en la era del cuentapropismo.