Omaida Casero Copello sale cada tarde de su barracón, así define al lugar donde vive, para ofrecerle al público que transita por el boulevard de la Plaza Dolores de la provincia Santiago de Cuba, parte de la cultura que le legaron sus ancestros, quienes llegaron a Cuba para ser utilizados como fuerza esclava en las plantaciones de caña y café en el siglo XIX.

Por esta razón, Omaida lleva su rostro pintado, fuma tabaco, habla bien el español, pero tiene un acento extranjerizante que muestra que también habla el patois, un dialecto francés.

Anda descalza, en sus tobillos lleva unas cadenas que representan la esclavitud a la que fueron sometidos y canta las canciones, a ritmo de tambor, que en aquel momento representaron el himno de sublevación y la muestra de una cultura que empezaba a arraigarse en Cuba.

Omaida no posa, ella lo lleva en la sangre y afirma que si todos nosotros tuviéramos presente de dónde venimos este mundo sería mucho mejor.

Es por ello, que no le asombra que el Ministerio de Cultura de su provincia, Santiago de Cuba, le haya puesto tantas limitaciones para llevar adelante su proyecto Bembé Aché, con el cual intenta mostrarles a los santiagueros cuáles son sus raíces, y haya tenido que recurrir a la Casa del Caribe para encontrar apoyo.