Las dos muchachas llegan a la iglesia, donde las espera una comunidad que aunque no las ha visto nunca presiente su amor aun antes de conocerlas.

La casa-templo luce sencilla como siempre: al centro una mesa pequeña cubierta con la bandera arcoíris, sobre la que descansan el vino, el pan, un libro mediano en el que se lee “Santa Biblia” en letras doradas, un rosario con la cruz de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana (ICM) y un cirio blanco y grande que las dos novias prenderán en señal de su unión bendecida.

Al principio se ven nerviosas, no se besan ni se dan las manos, apenas se atreven a ajustarse con ternura algún mechoncito que sobresale entre los pelos largos de una y rizados de la otra, o alisarse mutuamente los vestidos beige y blanco que escogieron con cuidado para el día de su boda.

Dos velas que dan vida a una misma llama como los dos corazones que alimentarán desde ahora un mismo amor.

Dos velas que dan vida a una misma llama como los dos corazones que alimentarán desde ahora un mismo amor.

Alguien señala que parecen dos adolescentes fugitivas y tiene un poco de razón porque para casarse estas dos mujeres escaparon de su familia que no las acepta, de los prejuicios sociales que las sancionan y de la idea de un Dios que las condena solo por amarse.

Quienes las recibimos en ICM con los brazos abiertos conocemos esas angustias, porque cada una de las personas sentadas alrededor de las muchachas carga con su propia historia de rechazos, exclusiones, violencias, vidas a medio expresar y pasiones a medio vivir. Por esa misma razón, la energía que vibra en la sala es poderosa y las emociones fluyen con intensidad.

La pastora Elaine Saralegui, confiesa a la comunidad que las novias le pidieron bendiciones para su amor un día que ella misma, desalentada ante todos los tropiezos que aparecen en el camino, buscaba una señal para no desistir de su ministerio.

Según las propias novias, conocer de ICM fue una sorpresa increíble, porque para ellas era importante que Dios bendijera su unión y no encontraron otra iglesia donde pudieran realizar su ceremonia siendo mujeres lesbianas.

“Nuestro amor merecía algo como esto al igual que las demás parejas. Nosotras tenemos derecho a unirnos ante la ley, y queremos hacerlo más adelante cuando se pueda, pero en lo que eso llega también queríamos unirnos ante los ojos de Dios, porque a fin de cuentas la fe es lo que guía la vida de todas las personas”.

“Deseábamos vivir un momento como este prácticamente desde que nos conocimos y hoy nos hemos sentido en familia, a pesar de que la nuestra no estuviera”, explican emocionadas.

La pastora Elaine Saralegui pidió la bendición de Dios para la pareja.

La pastora Elaine Saralegui pidió la bendición de Dios para la pareja.

Después de los anillos, los votos, los besos y hasta las lágrimas, la bendición de la pastora sella la ceremonia: “Eterno Dios, dador de la vida y de todo lo bueno, acompáñalas en esta nueva vida que ahora comienzan, graba el recuerdo de este día en sus mentes, para que sea de fuerza e inspiración de ahora en adelante”.

“Bendice a esta pareja y la unión que hoy inician. Que ellas confíen totalmente una en la otra de tal manera que juntas puedan suplir las necesidades que se les presenten y apoyarse una a la otra en todas las etapas de la vida”.

 

Este texto fue publicado originalmente en el perfil de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana en Medium