El buscador de oro

Foto: Iris C. Mujica

El buscador de oro

10 / mayo / 2016

No hay nubes. Una bandada de gorriones sube y baja chillando abruptamente. Freddy aspira vida. Aquel chirrido llega hasta él de tal forma que puede olvidar la desolación y la aridez del paisaje minero. Pero fue solo por un rato. Rodeado de arena y rocas nuestro camino desciende cien metros bajo el suelo.

“La primera vez que bajé me puse muy nervioso. Una cosa es el aula y otra allá abajo. Tenía miedo desde que me monté en la jaula (cajón donde se transporta el personal y el mineral). Sentía un salto en el estómago. Pensé que no iba a resistir. Pero cuando llegas, y caminas por las galerías consigues aclimatarte. Es una experiencia tenebrosa porque estás en el fondo de un pozo. Debe pasar mucho tiempo para sentirte normal.”

Freddy Ortega, de 31 años, reside en Guaracabuya, una localidad del municipio Placetas, Villa Clara, donde se encuentra “El Descanso”, la única mina de oro subterránea activa en Cuba.

Desde que surgió el proyecto aurífero en 2008, los jóvenes del este pueblo tratan de trabajar durante algún tiempo en la mina. Atraídos por la explotación del mineral muchos matriculan en cursos mineros pensando en las ganancias, mayores que los sacrificios y los riesgos que existen detrás de esta peligrosa profesión.

“Estudiaba el 5to año como técnico en Ortopedia y Traumatología cuando abrieron el curso de capacitación para ser minero. Lo dejé todo y matriculé”, recuerda Freddy.

Buscaba un mejor salario, 390 pesos no da la cuenta y menos con una niña pequeña.

“Pasa el tiempo rápido…ya tengo tres años y medio de experiencia en la mina y todavía puedo hacer el cuento,” sonríe orgulloso.

“Trabajamos en brigadas, dos turnos diarios. Comienzas a las 4:00 a.m. Las condiciones son difíciles. Abajo la temperatura puede aumentar cinco o diez grados y hay mucha humedad. Por seguridad llevas todo el equipo: botas de gomas con casquillo, overoles resistentes, guantes, cascos con lámparas. Es agotador, pero disfrutaba barrenar la piedra, aunque no en todas partes. Perforar el techo me daba taquicardia.”

Encontrar oro provoca inevitablemente un sentimiento de euforia, pero a Freddy esta sensación resultó especial solo la primera vez: “Te vuelves loco de alegría al principio, pero el oro como tal no lo ves. Es una arenilla medio blanca. Observas betas en la pared y ahí trabajas. Es muy estimulante, te da fuerzas porque no todos lo pueden hacer. Sacar algo de valor de las rocas te hace sentir importante aunque sepas que eso no es tuyo.”

Años atrás, en las inmediaciones de la mina, se desató la fiebre. En Cuba el subsuelo es propiedad del Estado, por lo cual, cualquier actividad de extracción minera no autorizada es ilícita. Operativos e intervenciones policiales pusieron fin a la minería ilegal. Hoy solo quedan los compañeros de Freddy.

A pesar de lo épico y aventurero que pueda sonar la búsqueda de oro dentro de una mina, hace unos meses Freddy decidió subir a la superficie y ocupar un puesto de operario en la planta. Él al menos se quedó, porque lo habitual es que los mineros sean en su mayoría muy jóvenes y no duren mucho tiempo, agotados por el rigor de las labores dentro del pozo.

Un trabajo donde te juegas la vida es duro. Nada es capaz de suplir eso. Ningún salario es suficiente.

“Ese riesgo no lo compra el dinero, pero la necesidad obliga”. “Ahora gano un poquito menos como operario, mil y pico de pesos, pero estoy seguro y puedo disfrutar a mi niña con más tranquilidad.”

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Emilio L. Herrera
Graduado de periodismo de la Facultad de Comunicación de la Universidad de la Habana. Me apasiona el periodismo retrospectivo, la lectura y el estudio de las técnicas literarias. Creo en el poder de la narrativa para contar historias. Deseo cumplir con Benjamín Franklin cuando dijo: “Si no quieres perderte en el olvido tan pronto como estés muerto y corrompido, escribe cosas dignas de leerse, o haz cosas dignas de escribirse”. Benditas palabras que hoy no pude cumplir, pero mañana aparecerá otra oportunidad para poder intentarlo de nuevo.
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