La palabra Revolución viene del latín, revolutio, que quiere decir dar una vuelta —yo lo entiendo mejor si le llamo palancazo, o golpe de timón—; por lo cual, ante poderes anquilosados y retrógrados, ante la necesidad de reubicar el orden y la vida social de una nación empantanada, este vocablo ha representado a quienes pretenden establecer nuevas políticas, nombrándose revolucionarios.

Cuando estudié las “derechas” y las “izquierdas” en Teoría Sociopolítica se me hizo tremendo lío en la cabeza. Las derechas estaban representadas por esos gobiernos conservadores que promulgan el individualismo y la propiedad privada, en su mayoría caducos y faltos de herramientas y vías para satisfacer y enmendar los problemas de la sociedad. Las izquierdas, en cambio, por aquellas que se enfrentan a esos viejos órdenes con un arsenal de ideas frescas y espacios propiciadores de una mayor participación colectiva.

Como sé que nada es absoluto siempre me he cuestionado hasta qué punto estas fuerzas pueden enfrentarse entre sí sin llegar a parecerse las unas a los otras. ¿Qué ocurre si un gobierno que se sabe de derechas logra un equilibrio de justicia y equidad ciudadano? ¿Qué si un gobierno de izquierda, por muy noble que sea su fin, no logra, tras años y años de bregar, nada más que sueños y sacrificio vano?

A veces me pregunto si el gobierno cubano sigue siendo de izquierda o ha pasado a convertirse en una derecha solapada. Así como me pregunto si el tal llamado socialismo en que vivimos, no es más que un capitalismo tapiñado, en el que el hombre trabaja para no ver el fruto de su esfuerzo.

Personalmente me reconozco de izquierda, y también quisiera tener la oportunidad de echar mi suerte con los pobres, pero primero me enfrento a mis semejantes si sé que andan divorciados con la razón antes de enfrentar a mis diferentes.

Sé que es dañino al apetito antropófago del Norte, sé que el Bloqueo es más que un cuento de Perogrullo, pero tras la necesidad de cohesión para enfrentar “al enemigo”, no puede parapetarse la falta de diálogo, la fobia hacia todo tipo de pensamiento propio, hacia el más apacible cuestionamiento.

José Martí escribió, nada más y nada menos que en La Edad de Oro, en una de sus primeras páginas, que “un hombre que oculta lo que piensa, o que no se atreve a decir lo que piensa, no es un hombre honrado”. Tal parece que en nuestro país, hoy, el tipo de hombres que se propugna es el de la indignidad y la vejación. Hombres que no sean capaces de combatir una mentira o de pelear por un ideal. Hombres olvidados de los ideales que ayudaron a conformar nuestra nación.

Cuando queremos llegar a una meta es más beneficiosa la crítica dura y difícil de soportar, que aquella que solo es lisonja, congratulación y guataconería. Y si algo no ha sabido hacer nuestro gobierno, ni sus principales organizaciones políticas, es contender inteligentemente con el pensamiento que no le es igual, pero que pudiera llegar a complementarlo o enriquecerlo.

A veces quiero llamarme revolucionario, si entiendo por Fidel Castro, que Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado —y en nuestro país si algo sobra es cosas por cambiar—, pero ese término ha sido tan meticulosamente secuestrado que no me queda más que indefinirme. Contrarevolucionario no soy; disidente, subversivo, tal vez, pero no como lo entienden las altas esferas, pues no quiero el mal, sino el bien, como lo desean muchos otros que han sido apartados y empujados a estar en contra.

Nuestro gobierno insiste en llamarse revolucionario, pero hace tiempo —yo diría décadas— que ese nombre le queda demasiado grande, entre otras razones porque no existe un estado de revolución permanente para ningún órgano abstracto o tangible. Pero la razón más vigorosa duerme en el hecho de que solo en la juventud desaprovechada nuestro gobierno podría perpetuar —pasando el batón, brindando espacios reales de participación e intercambio— un estado de cambios estrictos y necesarios, pues la vida no gira al ritmo de la senectud.

Y no me refiero a los jóvenes que repiten consignas preelaboradas, esos que bajan la cabeza o acatan lo que les encomiendan sin poner miramientos o razonar un hecho. Me refiero a los testarudos, a los polémicos e iconoclastas, a los que nunca están conformes, a los que cuestionan y no vacilan para exponer lo que piensan. A esos que seguro disfrutarían poder llamarse revolucionarios, pero que se sienten usurpados, calumniados, y a veces hasta empujados a recalar en un hipotético bando contrario.

Hoy los tal llamados revolucionarios tildan de contrarrevolucionarios a todo el que se atreve a criticar a la “Revolución” y sus instituciones. Hoy, mientras la mayoría de los cubanos no se atreve a verter sus opiniones por miedo a ser calumniado o tildado de enemigo, el estatismo nos traga y el mañana parece más austero. Hoy sería bueno repasar todos los conceptos, no solo el de revolución, sino también el de democracia, el de ciudadano, el de Patria.