Yelenis sabe muchas cosas sobre maestros porque asistió a la escuela- como todos- y desde pequeña jugaba a interpretar ese papel-como muchos-, entre el polvo pertinaz de su barrio, en una de las zonas rurales que rodean a la ciudad de Pinar del Río.

Lista para su primer curso como maestra de primaria, a los 19 años de edad, confiesa un par de certezas aprendidas: que la suya desde ahora es una vida cimentada sobre el sacrificio y que el salario no va en correspondencia con ese sacrificio.

“Cada vez que alguien me pregunta cuál es mi elección profesional, después, siempre me repite lo mismo: ¡Muchacha, ¿para qué cogiste esa carrera?!”

“Ya estoy aquí, es lo que me gusta. Yo sé que el maestro nunca tiene descanso, hay que llegar al aula preparado porque los niños de hoy saben mucho, te hacen preguntas fuertes y existe mucha tecnología.”

Mientras conversamos, la mamá recuerda cuando Yelenis, de niña, hacía las veces de profesora con los chiquillos del barrio. Educador o médico, suelen imaginarse la mayoría de los jóvenes en Cuba en esas puestas en escena de la infancia.

El maestro es muy sacrificado y el salario no llega al punto que nos merecemos

Durante sus prácticas estudiantiles, como alumna de la Formadora de Maestros, esta muchacha pasó por las aulas de casi todos los grados de una escuela primaria en Pinar del Río, con asesoría de otros maestros más viejos (de los que quedan pocos, pero quedan). Ahora, ya graduada, asume un grupo de 25 niños:

“Voy a impartir clases en primer grado. Es el más bonito porque ahí el niño aprende a leer y escribir, a formarse como persona, a compartir con sus amistades.

“Yo cogí la carrera al principio casi que por embullo, aunque el único juego que me gustaba desde niña era el de ser profesora. Pero ya en el segundo año me fue gustando y terminé tan orgullosa que me grabé en video la clase de evaluación para graduarme.”

Foto: Claudia Martínez Bueno

“El dinero no te alcanza, es cierto. Pero yo soy joven, no estoy casada, ni tengo hijos y aún mis padres me ayudan. Pero pienso y veo a mis colegas, esos otros maestros que llevan muchos años y tienen hijos, nietos y casas que mantener. Es difícil mantenerse en el oficio y por eso se van tantos.

“Muchos jóvenes entran con una idea y se desilusionan, pero hay otros que sí siguen. Es complicado, porque debes llevar todo parejo con la familia, la escuela y los niños. Cuando los maestros de mi edad se enfrentan a esa responsabilidad, a veces cogen miedo y quieren irse”.

“Conozco casos de algunos que terminan el cuarto año y no empiezan, se gradúan por tener el título. El tema del salario es una de las cosas también que influyen. No es fácil, el maestro es muy sacrificado y el salario no llega al punto que nos merecemos”.

Su centro de trabajo queda a dos kilómetros de su hogar. Digamos que Yelenis tiene suerte y puede cubrir la distancia a pie. Muchos de sus alumnos serán los hijos de sus vecinos.

“Estoy ilusionada porque es mi primer curso. En las prácticas no tenía toda esa responsabilidad encima de mí, pero espero salir adelante con paciencia. Y esto no se acabado, el año que viene empiezo la Licenciatura…”