Han transcurrido diez años desde que José Ramón de la Rosa, “el Coti”, arrojó la puerta de su cuarto con la fuerza con que chutaba un penal. Se sentó en su cama, tiró los tacos desgastados y se sacó las medias sin espinilleras. Se derrumbó en el colchón. Llevó sus manos a la frente y cerró los ojos. “Vaya mierda”, se dijo. Luego se recompuso y salió en busca del trabajo que un adolescente de 17 años pudiera conseguir.

“Fue duro dejar mi deporte, pero estaba enfocado. El entrenador fue tres veces en el año a buscarme a la casa, pero no había vuelta atrás. Cuando salí de la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético (ESPA) empecé a trabajar en lo que apareciera. Estuve en la construcción, en una fábrica de zapatos hasta que me estabilicé estos últimos seis años en la panadería “La Victoria”. Me va muy bien. No me arrepiento de esa decisión. Al contrario, sabía que el fútbol no me iba dar nada,” comenta orgulloso “el Coti”, a quien prácticamente nadie lo conoce por su nombre.

Siendo un niño le vieron capacidades y actitudes para jugar al fútbol al más alto nivel nacional. Tenía nueve años cuando un profesor lo persuadió para entrenar a un área deportiva: “Luego me captaron para la Escuela de Iniciación de Deporte Escolar (EIDE). Ese mismo año hice el equipo provincial de Villa Clara en la categoría 15-16 años. Jugaba mediocentro y llevaba el número cinco a mis espaldas en honor a Zinedine Zidane, mi ídolo.”

Un año después, José Ramón de la Rosa ingresó a la ESPA Marcelo Salado e integró el equipo juvenil, que por aquel entonces era de los mejores del país: “Ahí el régimen era superior, y necesitaba un compromiso total. Aunque aspiraba al equipo nacional, yo mantenía mis dudas. Con 17 años me gustaba presumir, salir a lugares y mi familia no tenía las condiciones necesarias para ayudarme económicamente. La vida del atleta es ingrata en ese sentido. No todos logran hacerse de dinero en el deporte. ¿Después qué?, pensé.

Qué sería de mí con 35 años cuando mi carrera estuviera acabada y sin un peso en el bolsillo.

Por eso decidí dejarlo. Sentí la necesidad de irme a trabajar,” asegura este joven de 27 años de edad. 

Foto: Iris C. Mujica

Además del desgaste físico, el atleta cubano que aspira alcanzar al cenit de sus posibilidades necesita invertir su propio dinero para apropiarse de accesorios deportivos que, muchas veces, el sistema estatal del deporte no puede proporcionar:

“Mi situación económica no permitía comprarme unos tacos nuevos. Para mí eso era un freno. Mi familia no tenía como ayudarme y no quería agobiarla con eso. Recuerdo que jugaba con un zapato de un tipo y completaba con otro de diferente color o modelo. Practiqué descalzo, pero eso no me importaba porque cuando uno es un muchacho el mayor deseo es jugar. Corrías con las mismas ganas como si tuvieras la última zapatilla Adidas. La pasión es más grande. Ahora eso no lo hago, pero en aquel entonces yo era el más feliz del mundo.”

Con mucho coraje “el Coti” renunció a lo que más le apasionaba.

Con los años encontró una nueva profesión -panadero- y dentro de esa profesión una especialidad – operario, clase A, en elaboración de alimentos- que, aunque carece de la belleza estética de una rabona, vale para marcarle un gol a la vida.

“Un atleta se forma con sacrificios. Si quieres llegar lejos tienes que acostumbrarte a perder cosas. No puedes ir a fiestas, ingerir bebidas alcohólicas, debes descansar, acostarte temprano. Es una regla básica, que se concientiza, por eso pude tomar la decisión de abandonar el fútbol. Si mañana tengo un niño, y le gusta este deporte, lo apoyaría para cumplir su sueño y el que una vez también fue mío.”