Cuando Reinaldo se graduó de Medicina, con tantos honores como era posible para un estudiante (Título de oro, Instructor no graduado de la especialidad de cirugía, alumno más integral y Mérito Científico), bien podría haber enjuiciado la decisión que tomaron de negarle la especialidad que deseaba.

En vez de proveerle un acceso directo a la continuidad de estudios, al joven doctor lo enviaron a trabajar un año a trabajar en la comunidad de El Nicho, en las montañas del centro del país.

Parecía un castigo, pero Reinaldo Navarro Fernández no se lo tomó así; sino como una oportunidad. El plan de plazas para estudiar las especialidades más demandadas en Cuba da prioridad a los Médicos Generales Integrales y luego a aquellos que, sin ser MGI, hayan trabajado en zonas de difícil acceso. Por eso más que un castigo, irse a las lomas podía significar para Reinaldo la entrada a Cirugía dos años antes que otros colegas.

Su asignación fue, además, una prueba de consagración política para médicos jóvenes, una experiencia para desmontar elitismos, una tradición que exige este sacrificio como pago por la carrera gratuita.

Foto cortesía del entrevistado

Al cabo de un año en las montañas y después de verlo en tantas fotos cargadas de monterías, cualquiera podría confundirlo con el poblador más común. Hizo absolutamente de todo lo que hace un campesino montañés, sin dejar, además, de ser “el médico”.

“Estudié los padecimientos más frecuentes de la zona, ninguno era muy difícil de tratar: hipertensión, algunos pacientes diabéticos, otros que padecen de cólicos nefríticos, crisis migrañosas e insomnio. Me río mucho porque para ellos solo existen dos enfermedades: el empacho y el mal de ojo. Viene un paciente con falta de aire y me dicen: ‘eso es que está empachado’. ¡Hasta me enseñaron a curarlo! —Reinaldo ríe con abundante suspicacia— Ya se me olvidó el rezo y nunca hice nada, pero así fue que logré meterme en las cosas de la comunidad.”

Foto cortesía del entrevistado

“Un paciente de muy bajos recursos, con una casa que se le está cayendo encima, se quemó ambas piernas con agua caliente. Estuvo casi un mes con las quemaduras y todos los días me levantaba temprano, iba a su casa a atenderlo y luego estaba en la consulta a las 8:30 de la mañana. Hubo momentos en que él me dijo: ‘tome médico, 50 pesos para que se tome una cerveza’ y yo le decía: ‘no, ¡usted está loco!, cuando se recupere vamos a ir juntos a disfrutar’. Al término del tratamiento me mandó a buscar. Cuando llegué a su casa me tenía10 libras de trucha, él sabe que me gusta mucho el pescado frito, y una caja de cerveza. Llamamos a algunos vecinos y lo compartimos todo. Luciano no podía hacer aquello, pero se sentía tan agradecido que utilizó sus pocos recursos. Eso me emocionó, nunca me había pasado algo así”.

Existen anécdotas que cuando Reinaldo las cuenta, las saborea al mismo tiempo, aunque no lo note. “Si algo me gusta del campo es montar a caballo y bañarme en el río. Por eso cada vez que pude me fui para las fincas con los guajiros. Aprendí a castrar panales de abejas, aunque me picaron dos y no fui más—ríe otra vez. Cogí jutías (muy difícil porque allí lo hacen con tira piedras) y cacé ranas toro. He aprendido de agricultura, de veterinaria, he curado caballos, he canalizado venas a las vacas, he hecho procederes de enfermería.

“Ya sé hacer pan, crema de aloe, jarabes; me encargué de preparar el hipoclorito para potabilizar el agua. Sembré plantas medicinales, ¡hice hasta fiestas de disfraces en el círculo social! Logré muchas donaciones voluntarias de sangre, que hacía años allá arriba no se veían, y también he hecho mis cositas sencillas de cirugía”; confiesa pícaro.

Foto cortesía del entrevistado

“Allá arriba”, Reinaldo vivió en un edificio biplanta. “Tuve que hacerle varias reparaciones: repellé algunos pedacitos que estaban malos, pinté la casa, puse ventanas, la carpintería y la mueblería estaba muy mala y la mejoré. Pero siempre anduve haciendo ‘terreno’, cerraba el consultorio a las 12 del mediodía, me ponía un short, una enguatada, un par de tenis y un sombrero y me iba a recorrer las casas. ¡Imagínate que me pusieron Bartolo, ‘el que se invita solo’, porque me metí en todos lados!”.

Durante este año de servicio “social” que acaba de terminar para Reinaldo, el joven médico de Cienfuegos tuvo tiempo hasta para completar una investigación nunca antes hecha en la zona, sobre parasitismo intestinal en 121 niños. Los resultados de sus análisis los presentará a sus colegas en breve tiempo.

“Pero en temas médicos como tal, este tiempo no ha sido tan enriquecedor. Llega un momento en que lo has visto todo y siempre es lo mismo. Allí te estancas, es un año donde ni siquiera tienes la oportunidad de hacer la primera especialidad porque no hay tiempo para la docencia.”

De vuelta en su ciudad, Reinaldo dice que ya extraña la paz de El Nicho. Y como para reafirmarle que la va a extrañar, en ese momento le llega un aviso al teléfono que debe presentarse urgente en el Hospital provincial. “En este año algo dentro de mí se ha purificado, es una cosa del alma”; me dice antes de salir. Algo más que eso se le ha sanado al joven doctor.