Son las 5 y, con la sombra de la tarde, hasta el Muelle Real de Cienfuegos van los enamorados, los solitarios, los jubilados que hablan de “la situación”, y también los turistas, golosos de fotografiar el ocaso de esta ciudad con su gente. Pero las instantáneas esta vez se enfocan en aquel niño pescador. Doce años tiene José Luis Quesada Quintanilla y doce libras pesa la red que con fatigosa esperanza tira una y otra vez contra el verde de la bahía.

Aunque hay extranjeros que le dejan a veces algunas monedas y él no sabe por qué, le molesta tanta gente a su alrededor. Los peces son asustadizos y basta el menor de los ruidos para espantar los majales. Él, sin embargo, no se espanta y conversa con todos los espectadores. Cada vez que saca el amasijo de nylon sin una sola sardina o machuelo, aprovecha ese resuello y con ademán de viejo pescador se justifica en voz alta ante sus espectadores: “Se hacen las difíciles, pero van a caer”.

“Yo antes pensaba que el machuelo era el macho y la sardina la hembra, pero son dos cosas distintas, aunque se parecen mucho y los pagan igual”, sonríe.

Entonces me explica que cada cubeta como la suya la vende a un dólar o 25 pesos a los pescadores profesionales.

Foto: Miguel Ángel Montero

“Los pescadores las compran como carnada y otros las compran para comer. A mí me encantan”, revela mientras me explica cuál es la mejor manera de escamar esos peces tan chicos antes de ponerlos parados en una olla con los ingredientes precisos.

Lo aprendió de su madre, que trabaja en un comedor de la ciudad. Y de su padre, que hace guardias en el mismo comedor, aprendió a pescar. “Este es mi papá”, y nos presenta a un hombre mayor que muy cerca de allí también espera una mancha de suerte.

“Yo lo ayudo por las tardes, cuando termino la escuela, y los fines de semana nos vamos a pescar en una lancha”.

Turistas contemplan a los pescadores en Cienfuegos. Foto: Miguel Ángel Montero

A José Luis le gusta la escuela, y sabe que tiene mucho que aprender para ser “un marinero de verdad, porque eso se estudia”. Pero cada día se pone loco porque llegue la tarde, y no para irse a jugar a las bolas con los niños del barrio, aunque a veces lo hace también: “a me gusta más esto de venir a pescar y darle una mano a mi padre”, confiesa.

“Yo no podría vivir en un pueblo sin mar”, reflexiona con el mismo tono que lo haría un viejo curtido por años de salitre. Pero es un niño y, a pesar de su temprana seriedad, a cada rato se le disparan esos resortes de intranquilidad propios de la infancia. Como ahora, que interrumpe el diálogo y de pronto se tira sobre el muelle viejo.

Foto: Miguel Ángel Montero

Más que ver, José Luis parece que quisiera escuchar algo. Nos exige silencio. Los turistas se juntan y levantan las cámaras. Con un índice en la boca y el otro apuntando al mar, señala la mancha que se acerca como un espejo en el agua. Entonces se repone de un salto. Hace girar con fuerza la red con puntas de plomo que enseguida dispara sobre el verde del agua.

En medio minuto se sabe dichoso. Sus manos de marinero le dicen que la atarraya pesa más de 12 libras esta vez. Saca el botín plateado y algunos aplauden cuando saltan ante sus pies los diminutos peces.

Mientras los recoge en su cubeta, sentencia con infantil jactancia que para ser pescador nos basta con tener buena vista: “Yo no solo veo las manchas de sardinas, también las oigo venir”. Entonces nos deja y corre a buscar el orgulloso estrechón de su padre. Sobre su hombro de 12 años la atarraya parece una bandera que, aunque se arrastre, está en permanente victoria.