A nadie en su familia le gustaban, pero eso no importó y desde los 14 años, Erick ha criado gallos de pelea, y se siente orgulloso de eso.

“A mí los gallos me gustan más que las fiestas. Y llegó el momento en que hasta mi mamá me los cuidaba, me los atendía igual que yo. Es que si ves una pelea de gallos una vez, tienes que venir a cada rato”, cuenta mientras sostiene un ejemplar en la mano.

“La gente dice que si es un abuso, que si no nos da lástima pelear los gallos… Los gallos nacieron para pelear. Mira, si ahora tú tienes un gallo padre en el patio, y ese tiene 15 o 20 pollos, cuando esos pollos crezcan, se matan entre ellos, porque solo puede haber uno en el patio. Su instinto es de fiereza”, dice con convicción y quizás ajeno a la polémica que puede generar una aseveración como esa.

Erick es muchas cosas, desde animador de un centro nocturno hasta licenciado en Estudios Socioculturales… pero su pasión son los gallos finos. Por eso hoy se encarga de una valla estatal en el poblado de Meneses, Sancti Spíritus, al centro del país. “Aquí viene mucha gente mayor, pero también muchos jóvenes. Vienen buscando tranquilidad, y las reglas aquí están hechas para cuidar al animal”, asegura.

A finales de año, cuando los gallos están listos, la valla de la Unidad Territorial de Flora y Fauna de Meneses se llena. “Aquí a cada función pueden venir 400 o 500 personas. Y vienen de Cuba entera.”

El trabajo de Erick es mantener la valla y a los gallos en forma. Los cuida, los entrena y, además, atiende a cualquier visitante que llega.

Para justificar su pasión se ha armado de argumentos: dice que los gallos llegaron a Cuba con los españoles, que en el campo siempre se pelearon gallos, que la guerra de independencia de 1895 comenzó en una valla de gallos (y es cierto, fue el Grito de Baire), que cuando triunfó la Revolución prohibieron las peleas para acabar con los juegos que traían consigo, pero a pesar de todo se han mantenido.

“Esta valla tiene un buen impacto social para la comunidad y los pueblos cercanos, porque participa mucha gente que no va a las peleas clandestinas. Aquí hay seguridad, y es cómodo, porque está cerca del pueblo.”

En Cuba, no importa por qué se prohíba algo o cuánto lo prohíban, la tradición y la inventiva siempre se han impuesto, de una forma u otra. Según este gallero, las vallas estatales hacen la diferencia al establecer normas para las peleas y prohibir las apuestas.

“En las vallas clandestinas se juega mucho y se venden cosas ilegales. Aquí usted puede venir vestido como para una fiesta y pasarse el día” asegura. Y agrega que la valla tiene un laboratorio donde se evita que los gallos tengan sustancias ilegales, junto a un área de espoleadura para que se utilicen las espuelas correctas.

En la manigua, “las peleas también son bonitas. Hay mucha gente que prefiere ir allí que no venir aquí, porque las reglas son diferentes. Quizá un gallo que pierda o entable aquí, en la manigua puede ganar, porque las peleas son a más tiempo, son otros reglamentos.” Además, “las espuelas allí son más largas. Y eso es mucho más criminal para los gallos. En las vallas como esta, las espuelas son más cortas, porque se busca proteger al animal.”

Sin embargo, Erick dice que, en cualquier valla, “los gallos se preparan para un solo combate, porque tú no sabes si va a ganar o a perder”. En la que él atiende, luego de un minuto, la pelea es válida y “los gallos no se separan más. Al final, ahí lo que queda es un gallo echado, que se retiró, o un gallo muerto…”