Richard se fue de Cuba en 1967. No había ni siquiera nacido. Un mes después su madre le dio a luz en los Estados Unidos. Toda su vida ha sido un norteño según los estándares reconocidos: estudió en una escuela religiosa para varones, jugó al fútbol americano en el higschool y en el college, tiene seis autos y una hipoteca por treinta años.

Habla perfecto español y dice que es cubano, pero vino a la Isla por primera vez hace dos semanas. Luego del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, una compañía norteamericana quería ser la primera de su tipo en trabajar en Cuba. Richard conoce bien el oficio y una de sus habilidades es que puede negociar en español, así que lo llamaron.

Por lo general una persona con su experiencia no acepta la posición que le ofrecieron, pero él quería venir a Cuba. Se dice cubano, pero su apariencia física lo disimula y no entiende la mayoría de las cosas que para nosotros son normales. Se frustra con la conexión a Internet y los precios del teléfono, se asombra con la arquitectura y pregunta cómo nos sentimos aquí con el levantamiento del embargo (como si nosotros no le dijéramos bloqueo y como si no supiéramos que estamos casi tan lejos de deshacernos de él como hace un año).

Richard se extraña de que en la ciudad en que vive haya muchos más indigentes que en La Habana. Esa gente que no tiene esperanzas, que dejó de luchar, que no encontró salida o sencillamente se conformó con la comida que le dan las iglesias o los lugares del gobierno, mientras usan el dinero del contribuyente (frase esta muy americana) para drogarse y beber. Alguien le dice que si las monjas y el gobierno regalaran comida a todo el que quisiera en Cuba, harían falta tres Vaticanos, que aquí hay que pulirla muy duro.

El trabajo en Cuba tiene la desventaja de que no puede acceder a sus tarjetas de crédito y que no se puede comunicar llanamente con su familia, pero se siente cómodo por lo capaces que son sus compañeros cubanos. A todos les dice que con la preparación y las ganas de trabajar que tienen, ganarían mucho dinero en Estados Unidos. Richard no sabe que cualquiera de ellos en Los Angeles podría estar haciendo mucho más que trabajo de asistente, que quienes realizan esas faena allí tienen mucha menos experiencia o son mucho menos capaces. A todos les asegura que si se van algún día, él se encargará de que no les falte el empleo. Ellos agradecen y sonríen, pero ya han escuchado prometer lo mismo antes a españoles, alemanes y canadienses.

A los cuarenta y siete años, Richard está teniendo una crisis de identidad. Durante toda su vida se ha sentido de aquí, con todos los orgullos y todas las discriminaciones inalienables al ser latino y cubano; sufrió marginación en ocasiones, pero sabía que pertenecía a este terruño (con el carácter sentimental que el término implica) y que este sitio desconocido era a dónde se regresaba por primera vez después de la última batalla (una especie de Valhala tropical). Algo diferente ha sido la realidad.

Aquí le dicen yuma, chicas le ofrecen sus servicios en la calle y taxistas tratan de cobrarle más caro.

Los porteros lo tratan de señor, aunque nadie le dice asare. Los estadounidenses que trabajan con él mascullan burlas en su dirección por ser un cubano que no baila salsa y los de aquí miraron para otro lado cuando gritó y saludó emocionado al auto del presidente Obama. Después del idilio de los primeros días, Richard comienza a pensar que estaba equivocado, algo particularmente difícil para él: un cubanoamericano religa en ese gentilicio dos herencias muy orgullosas e incapaces de reconocer un error.

Algo similar, le comenzó a suceder a la compañía de Richard. Pensaron que serían los conquistadores de derechos indiscutibles por ser los primeros en llegar, sin embargo, se han enfrentado a demasiados escollos.

Después de llegar a Cuba se dieron cuenta de que, de hecho, el bloqueo no se había acabado, que no podían operar con tranquilidad en su moneda, que allá hay muchas cosas que son normales y que aquí no son posibles, que el ambiente empresarial es nulo, que hay ciertas cosas que en Cuba no se compran por principios y otras que tampoco se compran porque no existen.

Demasiadas trabas, los números se comienzan a poner rojos y muchos allá están nerviosos y llegando a pensar que, sencillamente, no vale la pena. Richard está a punto de regresar a Estados Unidos con el rabo entre las piernas y el corazón en una caja de Habanos para regalar, como un triste recordatorio de la parte que realmente le corresponde de Cuba.

Apurado por la salida inminente, agarró el teléfono y llamó a su hermana en La Habana para reunirse con ella y sus hijos. Su única hermana a la que nunca había visto más que por fotos. Al otro día, con las maletas a medio hacer, se encontró con su familia en el lobby del hotel.

Aquel tipo, fuerte, con barba de Hell’s Angel, lloró y abrazó tan fuerte a la mujercita que parecía una tabla en los brazos de un náufrago.

Se fue a su casa a comer y pasar la noche. En medio de la normal borrachera recibió una llamada de las oficinas centrales. Aparentemente, los negocios no iban a ser tan complicados. Tal vez los dos gobiernos habían conversado y la compañía no tendría tantos problemas porque el buen desarrollo de sus trabajos en Cuba era de interés para la normalización de la relación entre ambos países. Richard ya no se tenía que ir.

Hasta este momento, nadie sabe a ciencia cierta cuáles son los motivos reales para que Washington decidiera reestablecer las relaciones diplomáticas con La Habana, pero seguramente pensaron que era un buen precio a pagar por los posibles beneficios. Por su parte, la compañía de Richard fue la primera de su tipo en venir porque querían ese beneficio a cualquier precio y él… bueno, él aceptó ese trabajo mal pagado en un país extraño porque hay ciertas cosas que precio es, precisamente, lo que no tienen.