La gente vitoreaba, eufórica. Cada enfrentamiento parecía disparar la adrenalina en el centenar de personas que celebraba con gritos ensordecedores lo que creía un golpe mortal, uno de esos para los que no habría respuesta contundente. El público estaba frente al ring de boxeo, desde donde mejor se veían las expresiones y los movimientos de cada contrincante. Eran, en su mayoría, espectadores jóvenes con estilo universitario, “friki” o rocanrolero, según el estereotipo desde el cual se mirase. Al final, después de casi dos horas de pelea y por un estrecho margen, los repentistas ganaron a los raperos, de acuerdo con el voto popular.

Sindy Manuel Torres fue uno de los vencedores esa tarde en el Pabellón Cuba. Ese día escaló varias veces al ring y varias veces sufrió. Sin embargo, su último combate fue casi un knock out. La improvisación, referida a estudios, cultura, preparación, y que acusaba al rapero rival de ignorante (por decir lo menos) desató chillidos y aplausos. Para él, buena parte de lo que sucedió esa jornada fue una sorpresa.

La victoria no, porque se sabe un buen repentista. Los artistas de más edad y  trayectoria, muchos campesinos de los guateques y hasta los pocos críticos que tiene esta manifestación, lo señalan como uno de los mejores improvisadores jóvenes que tiene Cuba. En aquella ocasión, lo asombroso no fue solo el público sino el escenario, porque el Pabellón Cuba no es espacio para repentistas.

Esa es plaza de Telmary, David Blanco, Haydée Milanés, Ivette Cepeda, Daymé Arocena y muchos otros de “los mejores”, “los más alternativos” artistas que tiene la Isla. Alguna que otra vez llegó hasta allí Alexis Díaz Pimienta, pero, qué escenario no se ha rendido a quien “se le considera uno de los mayores investigadores y practicantes del repentismo a nivel internacional”.

“Por eso te digo que fue una grata sorpresa actuar en este lugar y sentir como el público capitalino disfrutaba de la improvisación y, en general, de algo que no pocos califican de cosa de campo”; comenta Sindy, días después de aquella jornada de competencia. Y, sentado, a la espera de que inicie un taller de improvisación oral que dictará Díaz Pimienta, rememora cómo llegó hasta aquí, o lo que es lo mismo, cómo se transformó de repentista aficionado, a artista profesional.

Dice que “esa sensibilidad” la lleva en la sangre. “Aunque yo no viví con él, sé que mi abuelo materno escribía décimas, las declamaba; siempre ha habido en mi familia, sino una tradición, al menos un gusto por la décima, tanto escrita, como improvisada”.

Sin embargo, el camino no fue tan lineal. Egresado de la Escuela Nacional de Arte en la especialidad de Trompeta, optó por la Orden 18 —una alternativa para que los soldados del Servicio Militar Activo puedan acceder a la Educación Superior— e ingresó a la Facultad de Lenguas Extranjeras de la Universidad de La Habana, de la cual se graduó en 2008.

“No obstante, durante el período de estudios superiores integré las brigadas de artistas aficionados, los festivales de la FEU, siempre con la décima y la décima improvisada. También comencé a asistir a los guateques para promocionarme, para que la gente me conociera”.

Sindy Manuel Torres, joven repentista cubano. Foto: Leydis Mitjans

Sindy Manuel Torres, joven repentista cubano. Foto: Leydis Hernández Mitjans

El nombre de Sindy poco a poco se hizo popular entre los repentistas. Ganó premios, reconocimientos y trabajó, en muchas ocasiones gratis, hasta que la Empresa Antonio María Romeu abrió su catálogo, y, luego de varias pruebas, Sindy Manuel Torres pudo formar parte.

“La Empresa Comercializadora de la Música y los Espectáculos Antonio María Romeu (…) posee un catálogo compuesto por más de un centenar de unidades artísticas, capaces de cultivar todos los géneros de nuestra música con formatos diversos integrados tanto por jóvenes talentos como por músicos consagrados”, de acuerdo con uno de los sitios web del Ministerio de Cultura.

Aun así, Sindy sostiene, “nosotros somos el sector menos privilegiado y peor pagado, quizás, de toda la cultura, salvo los escritores, que creo tienen muchas menos atenciones que nosotros. De hecho, muchísimos poetas que trataron de vivir única y exclusivamente del repentismo, hoy tienen otros trabajos y cantan los fines de semana”.

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Yordanis Oliva Yanes se reconoce obstinado, porque a sus 21 años ha elegido vivir solo del repentismo, aunque declara que “no puede”. “Si la empresa falla por alguna razón, ya te quedas ese mes en blanco”, explica. Pero esa ni siquiera es su realidad porque él aún no pertenece a la Antonio María Romeu, o lo que es lo mismo, no posee respaldo “seguro”.

Revela que estudió Epidemiología pero que no la ejerce. De momento intenta dedicar todo el tiempo a lo que más disfruta. “No es un trabajo fácil defender la tradición, a veces son noches de desvelo, quedándote a dormir en paradas porque te cogió tarde en una canturía”.

Ese “sacrificio”, que mucha gente catalogaría como “parranda” o “cosa de muchachos” y que otros jóvenes vivirían como una aventura más, para Yordanis representa un riesgo mayor. Él es diabético, dependiente de insulina, y aunque no habla de ello con especial significación, la aclaración fue inevitable cuando, después de almuerzo, aún sentado a la mesa, tuvo que preparar la jeringuilla e inyectarse cerca del ombligo. “Me diagnosticaron hace tres meses”, es todo lo que añade.

Y después habla sobre su etapa escolar. No emplea el término bullying, pero sí cuenta que a veces los compañeros se reían o intentaban burlarse porque creían que el repentismo es cualidad de guajiro. “Somos un tanto discriminados en la sociedad”, comenta, sin sobresalto.

“A nivel de país los repentistas de mi edad no representamos un número extenso, somos muy poquitos. Pero a nosotros (a mí) nos toca defender la tradición y hacerlo bien. Yo sueño con que un día me cuenten entre los tres mejores repentistas de Cuba”.

Al percibirlo así, tan delgado, con esa mirada penetrante, con esa timidez y esas frases que se entrecortan ante la grabadora, con esa preocupación porque su pelo lacio teñido de amarillo no salga muy alborotado en la foto, una se pregunta si esos sueños no son demasiado ambiciosos. Al oírlo improvisar, al escuchar a los mayores hablar sobre su talento y a él mismo afirmar sin un ápice de dudas que su “familia es la que más vínculos tiene con el repentismo en Cuba”, entonces una cree que ese sueño es posible.

Yordanis Oliva Yanes. Foto: Leydis Hernández Mitjans

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En el año 2018, la UNESCO acreditó de manera oficial al punto cubano como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Fechas antes, el periodista Pedro de la Hoz señalaba: “Al evaluar la presentación cubana quedó en evidencia no solo la autoridad y el arraigo de una manifestación originalmente cultivada, con diversas variantes enriquecedoras, en las zonas rurales del país, y extendida luego a los ámbitos urbanos, sino también su consecuente promoción a escala social”.

Sindy, Yordanis y la mayoría de los jóvenes recuerdan este nombramiento. Al parecer, ese sello de universalidad les permite albergar las esperanzas de que el repentismo y sus exponentes ocupen un lugar diferente al que ahora tiene. Sobre todo, porque según refieren, pocos lo estudian a nivel de academia, y la escasa presencia que asume en los medios es, en la mayoría de los casos, estereotipada.

—¿A ustedes les gusta el repentismo?— Risas.

—¿Y eso qué cosa es?

—Mijo, no te hagas el gracioso, es lo que cantan en Palmas y Cañas— Más risa.

—¿Tú estás loca?, ni muerto escucho yo eso— Dice, entre carcajadas fingidas y burlonas un muchacho de Tecnológico acompañado por dos compañeras en la parada del P6, en el Vedado.

 

 

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