Asesinato múltiple, la deserción de numerosos bailarines del Ballet Nacional cubano, así como el caso del también bailarín Jaime Reytor han reabierto el debate en los medios y en las calles de Cuba sobre las salidas por la vía ilegal de la isla.

Hace algunos días el Ministerio del Interior cubano anunció que se ha abiderto una investigación sobre el asesinato múltiple en las cercanías de playa Baracoa, al noroeste de la capital del país. El móvil del asesinato, según un comunicado divulgado por las autoridades pertinentes, habría sido una supuesta salida ilegal con destino a los Estados Unidos. En pocas horas los implicados fueron detenidos, pero la vida de cuatro cubanos fue arrebatada una vez más en busca de un destino incierto y lleno de peligrosas sorpresas.

Unos días antes, en Puerto Rico, una delegación del Ballet Nacional de Cuba (BNC) regresaba a la isla tras una exitosa presentación, pero sin ocho de sus principales figuras. Todos habían escapado horas antes hacia Miami después de su último performance, aprovechando sus pasaportes visados debido a la condición de Estado Libre Asociado de esa isla a Norteamérica.

Al mismo tiempo en Cuba, el bailarín suplente de ese grupo, Jaime Reytor, recibió una sorpresiva llamada desde la Oficina de Intereses de los Estados Unidos. Le solicitaban recoger personalmente su pasaporte visado después de un ligero retraso, y Reytor aprovechó el error burocrático con su documentación oficial para hacer las maletas en dirección contraria. Horas después sin notificar a su familia o profesores del BNC, “escapó legalmente” hacia tierras norteñas en el primer vuelo disponible. Su madre ni siquiera estaba al corriente de su arriesgada aventura, de la que tuvo detalles por una llamada telefónica que la alertaba de la decisión de su hijo. En ese momento Jaime ya volaba hacia “el país de los sueños”.

Las bases del conflicto

A pesar de ser historias con diferentes finales, cada una está motivada por un mismo objetivo, escapar de Cuba cueste lo que cueste. Pero, ¿son casos aislados de la Cuba contemporánea? Por supuesto que no. Desde el triunfo de la Revolución en 1959, la burguesía cubana escapó de la isla desfalcando la economía nacional. La huída masiva estuvo encabezada por el entonces presidente de la República Fulgencio Batista, que fue a dar con sus millones robados al cobijo del dictador Trujillo en República Dominicana.

Desde ese entonces las diferencias políticas han sido un elemento importante en la separación de las familias cubanas, sin embargo, la debilidad de la economía es el argumento históricamente esgrimido por quienes buscan nuevas formas de vida, ya sean personales o profesionales. La historia de Cuba recoge momentos memorables en este sentido, como lo fue la apertura de fronteras marítimas en la playa Boca Camarioca, aventura similar a la del Mariel en 1980, o el oscuro capítulo de los balseros en la década de los noventa, donde miles de cubanos perdieron sus vidas atravesando el estrecho de la Florida en rústicas e improvisadas embarcaciones.

¿Política o Economía?

En cualquiera de los casos, la preocupación sería determinar por qué sucede esto en un país cuya concepción socialista ha sido, precisamente, poner a disposición de sus ciudadanos los mejores recursos del Estado para el bienestar social. Para Yohana Paredes, mesera de un restaurante privado en La Habana, la respuesta es bien simple: “la grave situación económica de la isla durante décadas, el desgaste social, y las inconformidades con ciertas medidas del gobierno son puntos de coincidencia en quienes no creen viable un verdadero desarrollo en Cuba. Para algunos su aspiración máxima es salir del país, y si no lo logran por la vía legal se las ingenian para encontrar salidas alternativas, aunque a veces en el intento les vaya la vida”, comentó la entrevistada, quien además dijo haber perdido un primo lanzado al mar en los años noventa.

Y no es menos cierto que la economía del cubano resulta ser cuando menos risible, sobre todo la de los profesionales, quienes muchas veces para sobrevivir tienen que acudir a actividades ilegales en busca de un sustento extra. Tal es el caso del “Soca”, sobrenombre con que pidió identificarse este profesor de la Universidad de La Habana para preservar su identidad, y quien utiliza el auto de su padre como taxi algunas noches para ganar un dinero extra. “Si espero vivir de mi salario perezco en el intento. Soy profesor desde hace 17 años y esta profesión no la cambio por nada, pero hay que ser realista porque la vida está muy dura. La otra opción sería irme del país, ya que tengo a casi toda mi familia en Miami, pero hasta el momento no es una alternativa contemplada. A mí, a pesar de todo, me sigue gustando mi país”.

En general la situación no ha dejado de ser crítica, y si ya esta práctica no es tan masiva como años atrás, todavía es un ejercicio regular escapar de un país pobre, rodeado de mar, y que para algunos dibuja esperanzas a solo noventa millas de la nación más desarrollada del mundo. Tras la reforma migratoria de 2013 se han abierto nuevas rutas de escape a través de Suramérica; específicamente desde el Ecuador, país que no le exige visa a los cubanos, donde muchos emprenden una larga y peligrosa travesía atravesando múltiples países hasta llegar a la frontera de Estados Unidos por México.

Los casos más alarmantes se ven en las figuras públicas, como son los deportistas de alto rendimiento, o en sectores de vital importancia como el de la salud, pero si en Cuba nadie muere de hambre y muchos de los que abandonan su patria no afrontan situaciones tan críticas como la de otros cubanos, ¿qué determina que muchos elijan escapar por cualquier vía en lugar de quedarse a construir un país mejor?

A vuelta de correo, la doctora de 52 años Oneibys Hernández, residente en West Palm Beach, Florida, accedió gustosamente a responder el interrogante: “cuando yo abandoné Venezuela en agosto del 2011 no lo hice por problemas políticos ni económicos. Yo solo quería tener una perspectiva diferente de la vida, porque allá en Cuba todo suele ser blanco o negro, y eso hace que se pierdan de vista cosas mucho más importantes. Yo reconozco que las reformas de los últimos años han tenido muy buena aceptación, pero el proceso ha sido demasiado lento y, como yo, muchos sienten que se les acaba el tiempo”.

La participación podría ser un elemento clave en este conflicto. Y es lamentable, pero pocos son los cubanos que pueden participar en los procesos de gestión y desarrollo del país o en la toma de decisiones políticas y administrativas, lo que deja sin opciones a quienes sienten que también tienen derecho a contribuir con su patria. Quienes más crítica ven esta situación, que ya dura más de cinco décadas, desgraciadamente optan por buscar una salida de escape, y así es como se pierden valiosos jóvenes cuyo talento bien podría utilizarse en el futuro inmediato de nuestro país.

El problema no está precisamente en la naturaleza del fenómeno migratorio, algo normal en cualquier país del mundo, sino en la forma en que este proceso se ha satanizado, convirtiendo quien emigra casi en un enemigo de la patria que deberá pagar un alto precio por semejante decisión.

Sin embargo hoy, cuando el sistema migratorio ofrece facilidades para el libre flujo de cubanos por el mundo, el problema se aprecia en el otorgamiento de visas por los países de destino, una secuela remanente de los muchos años de cerco y asedio migratorio en la isla.

Entonces volvemos al punto de inicio, donde los ciudadanos de adentro seguimos siendo víctimas de los gobiernos y cada brecha abierta es cada vez mejor aprovechada. Por eso no es de extrañar que continúen tan altos los niveles de fraude, las salidas ilegales, el oportunismo, las redes de prostitución, la doble moral y la cruda violencia que puede terminar en muerte. Para muchos se ha hecho tarde la hora de rectificar, para otros todo cabe a la hora de escapar de Cuba, cueste lo que cueste.