Es raro que alguien que presenta una película en un cine de La Habana no diga que el público cubano es especial. El público cubano esto, el público cubano lo otro. Incluso: no hay otro público en el mundo como el cubano. Quien presenta la película puede venir de Argentina, de Francia, o de Alamar, que casi siempre va a tener algo que decir sobre lo especial que es el público cubano.

No tengo una gran experiencia con públicos, apenas he visto tres películas en cines fuera de Cuba: Bohemian Rhapsody (2018) en Miami, El Rey León (2019) en Ciudad de México y Joker (2019) en Madrid. Pero creo que si algo identifica al público cubano, que no necesariamente tiene que ser algo que lo distinga de otros públicos, o que lo vuelva especial, es que acostumbra a tomarse muy personal lo que pasa en las películas.

Lo vi pasar claramente en La odisea de los giles, durante la inauguración del Festival de Cine, y luego en Agosto, en Un rubio, en Algunas bestias, en Monos, en La vida invisible de Eurídice Gusmão, en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, en El joven Ahmed, en El cuento de las comadrejas, y casi lo veo pasar en Lemebel, si no hubiera sido porque me pasé como cuarenta minutos del documental fuera de la sala terminando de escribir un texto.

Los espectadores cubanos suelen interactuar con los personajes bastante a menudo. Les reprochan comportamientos, les avisan de peligros, les dan o les quitan la razón, aplauden sus victorias o pronostican sus finales. También hay quienes tienen a mal hacer crítica de la película en tiempo real: me pasó en Vendrá la muerte y tendrá tus ojos y yo terminé en el rol de la tipa pesada que manda a hacer silencio.

En Un rubio, que muestra una relación de amor tóxica entre dos hombres, una muchacha se sintió en la necesidad de alzar la voz y decirle al rubio de la historia: “niño date tu lugar”. Y luego, como si quisiera explicar al público su impulso, agregó: “es que hay que tener un poco de dignidad”. Yo estuve de acuerdo, ella parecía saber de lo que estaba hablando. Bueno, ¿quién no se ha topado nunca con el típico macho egoísta y embustero?

Pero quizás la reacción más radical de todas las que presencié sucedió en Algunas bestias, durante una confusa escena de violación, que mucha gente debió haber entendido solo como una relación sexual incestuosa, porque la víctima casi no opone resistencia y finge disfrutar lo que le hacen. Casi unas veinte personas se levantaron de sus asientos en ese momento y abandonaron la sala.

A mí Algunas bestias, del chileno Jorge Riquelme, aunque anoche se alzó con el Coral de Dirección y compartió el Coral Especial del Jurado con La llorona, me pareció mala. Es un película que pretende demostrar que bajo circunstancias extremas los demonios internos de las personas se manifiestan, pero debió primero haber creado circunstancias en verdad extremas para lograr demostrar ese punto.

Que una familia quede atrapada en una casa ubicada en una isla, durante un par de días, menos de una semana, sin llegar a carecer de alimentos y líquidos, no son circunstancias extremas. Y menos alcanzan para justificar a los demonios que se manifiestan.

En ninguna escena descubres a personajes genuinamente desesperados sino histéricos, a pesar de los esfuerzos del guión y de los actores. Para creer que los personajes estaban genuinamente desesperados tendrían que haber intentado cambiar sus circunstancias al menos una vez. A nadie nunca se le ocurre algo tan elemental como construir una balsa con toda la madera que había disponible e intentar salir remando de la isla, que además no quedaba en medio de un mar convulso. La familia, en cambio, se limita a esperar a que alguien le salve, es decir, a esperar un milagro.

Los demonios que se manifiestan no guardan una relación orgánica con las supuestas circunstancias extremas. Son demonios que parecen haber emergido antes en circunstancias más normales, totalmente predecibles desde los primeros diez minutos de la historia. Su única función es repugnar, y repugnan, con lo cual de pronto sobra toda la historia de la isla, la casa vieja, la familia atrapada en la casa vieja de la isla.

El rechazo del público a la escena de la violación creo que podría explicarse más por lo impositiva que resulta en la trama, por lo injustificado de su violencia que por la repulsión que pudo haber suscitado. Sin embargo, la escena es una excelente escena; si no fuera porque es parte de la película equivocada, no tendría casi nada que objetar al relato de la violación, que tiene otras escenas igual de excelentes que lo respaldan.

Lo más hermoso es justo lo que no vi. En el documental Lemebel, de la cineasta chilena Joanna Reposi, el público aplaudió al escritor y artista queer Pedro Lemebel en tres momentos en los que apareció leyendo sus obras. Lo sé porque me lo contó un amigo poeta con quien fui al cine, que no salió a los quince minutos de empezada la película para terminar de escribir texto alguno, como yo. A él le encantó. Le encantó la película y que aplaudieran las lecturas, como si Lemebel hubiera salido de la pantalla y hubiera podido escuchar que le aplaudían. Pero mi amigo no aplaudió.

“No, no aplaudí… porque su poesía no era lo que me conmovía sino su actitud ante el arte. Hacía arte con todo ese dolor”. Me dijo hace un rato.

Mañana domingo, a las 10:00 a.m., en 23 y 12, volverán a poner Lemebel. No creo que consiga estar tan temprano ahí, lo más probable es que no, pero espero que una vez más Lemebel pueda volver a la vida a través del cine y escuchar que todavía hay quienes se animan a aplaudirle.