La necesidad de debatir de manera pública problemas de la actualidad y la historia de Cuba ha hecho florecer en los últimos años una llamativa cantidad de tertulias y espacios de discusión por todo el país.

Todos tratan de acomodarse y hallar un nicho en el público, a medida que surgen nuevas iniciativas. Se “disputan” entre sí temas que no se agotan (la pobreza, el modelo económico, la necesidad del acceso a Internet…) al mismo tiempo que se complementan, porque sus reducidas cantidades de asientos les han vuelto populares, sobre todo, en círculos académicos e intelectuales, y generalmente se llenan en cada oportunidad.

Desde el icónico “Último Jueves”, de la revista Temas, hasta el prácticamente desconocido “Aula 14” de la Universidad Central Marta Abreu de las Villas, (pasando por otros más o menos publicitados como Dialogar, Dialogar de la Asociación Hermanos Saíz; La Kfetera de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana,  y Catalejo de la Unión de Periodistas de Cuba) cada uno configura un pequeño esfuerzo por crear y dar forma a una cultura del debate y la polémica, luego de varias décadas de opiniones unánimes y disenso prohibido.

Norges Rodriguez, bloguero

La gente siempre ha tenido deseos de opinar, de discrepar, pero en otras épocas los que tenían que autorizar esas cosas no entendían lo necesario que es o le tenían mucho miedo. Pero ahora parece que lo van entendiendo o se han dado cuenta que no había nada que temer”, comenta Norges Rodríguez, joven bloguero. Éste confiesa haberse fugado de una reunión laboral para poder asistir a su primer debate en Último Jueves.

En ese clima han crecido iniciativas como la organizada por el profesor de Filosofía Rafael Pla, de la Universidad villareña. “Aula 14 se promueve como un espacio para el ejercicio del pensamiento, no tiene otra pretensión que la de discutir el tema en cuestión (…) Sí nos interesa mover el pensamiento, y si por “cultura del debate” se entiende saber atacar y responder al ataque, es decir, saber criticar (ejercer un criterio) y defender las ideas propias, eso sí lo perseguimos…”, revela.

La utilidad de la catarsis

En cada encuentro resulta muy probable que alguno de los concurrentes “suba los decibeles” de la discusión, con intervenciones emotivas o que denoten impotencia ante un problema sin resolver. Como el hallazgo del teatro griego, son “catarsis”, prácticas habituales en estos espacios que son señaladas por los críticos como el único resultado final de unas peñas que en apariencias no ayudan a modificar los problemas tratados allí.

“Realmente los espacios se han convertido en eso, en lugares a los que ir a hacer catarsis. A veces uno sale con la satisfacción de que se dijeron las cosas pero luego piensa en que pasan los años y no se solucionan porque los decisores (que siempre están allí escuchando o le llevan lo que allí se dice) muchas veces no toman medidas”, cree Norges.

Con él coincide otro joven, Luis Emilio Aybar, sociólogo a quien un profesor invitó a cierto panel por considerarlo “asiduo calentador de debates públicos”.

“En este país, más en La Habana, desde hace muchos años, se la pasan proliferando los debates y las catarsis que nunca se logran conectar a las decisiones ni pasar a la acción”, lamenta.

“De todas formas uno no va a dejar de hacerlo, porque es un espacio donde se acumulan fuerzas, se disputan sentidos, se reproducen resistencias y consensos para el futuro”, confiesa.

“Nosotros estimulamos que en cada tema participen tomadores de decisión, para que no se nos considere el espacio como otro punto de hacer catarsis”, explica por su parte Yolaida Duharte, del Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello. Asimismo, Yolida es una de las organizadoras de “La Revuelta”, el espacio de debate propio de esa organización.

“En nuestros encuentros trimestrales buscamos un diálogo entre todas las tendencias, y queremos también que los funcionarios conozcan más de cerca lo que piensan los cubanos de a pie. No hay una forma de medir cuánto de lo que estás haciendo con el debate tiene un impacto en la política, pero lo intentamos”, recalca.

Yolaida Duharte

Sin embargo, otros como el profesor de filosofía villaclareño, no cree que transformar la realidad sea el cometido de un espacio de debate: “El límite de una actividad ideológica es la modificación de las ideas entre los que participan, y ni eso se logra con seguridad. (Nosotros) sí ayudamos a crear opinión, a formarse una visión responsable de los procesos sociales, a acabar de decidir al confundido, a convencer al que duda y a poner a dudar al que tiene ideas fijas tanto a favor o en contra de lo que sometemos a discusión”, enfatiza.

Los organizadores de los distintos espacios emplean varios días en conformar los paneles y tratar de convencer a funcionarios políticos y administrativos de acudir al encuentro; en una misión a veces poco grata tanto para el anfitrión como para el convidado.

“Sí, cuesta traerlos”, confiesa Yolaida, para quien “(…) lo más difícil es convencer a representantes de los ministerios y organismos administrativos, para que cambien sus agendas y vengan y asuman un posible careo con el cubano de a pie. Con los funcionarios políticos (del Partido y la Juventud comunistas, únicas organizaciones políticas permitidas) ha sido más fácil porque para ellos es casi un espacio formativo, una oportunidad de venir a aprender y a escuchar opiniones diferentes”, asegura.

Socializar criterios también divierte

Algunos de los habituales asistentes a estos espacios señalan al componente lúdico del acto de expresarse públicamente (o ver que otros se expresan) como uno de sus principales atractivos. Para muchos, participar en los eventos es casi liberador y reafirma pensamientos generados en la soledad del raciocinio individual.

Es por eso que una de las últimas novedades en el campo de los debates sociopolíticos en Cuba aprovecha, incluso, un filón comercial del asunto. La fusión entre un programa televisivo de discusión (El Triángulo de la Confianza) y un centro cultural ( La Fábrica de Arte Cubano, FAC) ofrece los últimos domingos de cada mes la opción de pagar para consumir arte…y debatir. Hasta el momento El Triángulo en la FAC es todo un éxito.

A pesar de la aparente abundancia de espacios de discusión, algunas personas, como Yolaida, aspiran a que crezcan todavía más. “Son insuficientes los espacios de debate, tanto académicos como sociales. Hay que promover una cultura de la participación y por eso necesitamos que surjan más ideas como estas”, asegura.

“En La Revuelta incentivamos que venga todo tipo de público, incluso aquel que pasa por la calle, ve el cartel y desea entrar. Los investigadores solemos cocinarnos en nuestra misma salsa y terminamos reproduciendo cierto elitismo académico. Eso es lo todos debemos evitar”, comenta.

A falta de discusiones públicas más espontáneas y de un sistema de poder representativo que trate los temas que le interesan a la mayoría de la población, las citas de debate mantendrán su vitalidad. Para los más optimistas, no son un fenómeno pasajero, de moda, sino un rasgo que adelanta nuevas características de la sociedad.

Debate de la Revista Temas, Último Jueves

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