Ajenjo y ron, quizá. Pienso mucho en el trago que beberá mi abuelo. Fidel era, junto al comediante Pánfilo Epifanio, de los únicos motivos que hacían la TV llevadera para él. Mi abuelo se inclinaba en su silla para verlo mejor. Acaso ya no lo encontraba y debía esforzar la vista.

Cada vez hacía eso menos. Cada vez Fidel era menos televisado. Y donde yo veía canas, suéters deportivos, curiosidad reporteril; mi abuelo veía barba, uniforme verde olivo, recuerdos de la juventud.

A pasos de 5ta Avenida, recuerdo mi mano de niño en su manaza. Apretaba mis dedos congelados un minuto. Tres Mercedes Benz, a toda velocidad, surcaban el asfalto escoltados por caballitos chillantes y autos y ambulancias.

-No apuntes –dijo dulcemente mi abuelo, pero no pudo evitar que yo sintiera miedo, y bajé el brazo como si hiciera algo malo.

De un lado a otro de la vía rápida pasaba la procesión. De Punto Cero, una ciudadela en el extremo oeste de la capital, donde vivían Fidel y sus hijos; a su otra casa en 12, El Vedado; o a cualquier punto de La Habana. Quinta Avenida: la llave. Y mi abuelo, mis vecinos, los perros callejeros, yo, en una acera esperando a que Fidel pasara para continuar la vida.

Entretanto en El Laguito, a pocas cuadras de casa, producían los tabacos que fumaba el Comandante. De ese barrio-privilegio que es Siboney nacían los Cohíbas para El Caballo. Los mismos tabacos que humeaba ante la prensa extranjera y que favorecieron el sexappeal de hombre rudo.

Yo, que de chico fui instruido en cuestiones de machangos, tuve mi primera novia aun llevando pañoleta. Fue la nieta de Fidel. Unos amigos bromean diciendo que de pequeño fui parte de la familia.

Era una rubita que costó ciertas piñazeras, y con la que declamaba en los matutinos poemas del Indio Naborí. En las tardes nos despedíamos de lejos mientras un escolta enorme, vestido de guayabera, la esperaba frente a un auto color beige.

No reparábamos en que el Lada religioso (iba cada día a la misma hora) transportaba a la nieta favorita del hombre más poderoso de Cuba. Ella creció comiendo las mismas lentejas, haciendo autoservicio, jugando al escondite, llevando el mismo uniforme, cargando los mismos libros. Cero privilegios, al menos en la escuela.

Mi primer beso, fue a parar a la boca asqueada de aquella niña que no entendía por qué me acercaba tanto a ella. Luego del rapto del beso recibí, como todo ladrón merece, un olímpico empujón.

Pasaron los días, las clases, los timbres de recreo. Puedo jurar, sin estar del todo seguro, que jugábamos pelota en el patio de la escuela, cuando alguien gritó ¡Es Fidel! Un trillo de guantes quedó entre el campo y la entrada. Apenas recuerdo que algunos agitaban pañoletas y los que llegaban hacían crecer la marea.

Un hombre de verde olivo pasó entre los chiquillos. Y mi emoción se asfixió, empecé a bajar los brazos, creyendo que Fidel había venido a buscarme, que iba a ajustar las cuentas con el besucón de nietas.