Antes de nacer la vida de Yoel estaba signada por el infortunio. Siendo apenas un feto en el vientre de su madre sufrió las radiaciones de un aparato de Rayos X en el policlínico de Playa Larga, allá en la Ciénaga de Zapata, donde cocinaba para todos los trabajadores. Una mano malformada fue la consecuencia de la accidental exposición.

Pero las desventuras en la vida de Yoel continuaron. Cuando a la madre le sobrevinieron los dolores de parto, apenas dio tiempo a montarla en un jeep. El niño vino al mundo en el interior del vehículo mucho antes de llegar a un hospital. El mismo vehículo donde 14 años más tarde casi pierde la vida al volcarse en una peligrosa curva de la carretera que comunica Girón con Playa Larga.

Con semejantes agoreros, cualquiera se aísla del mundo para protegerse; pero el abuelo de Yoel no entendía de lástimas ni de compasiones: su nieto crecería como el resto de los niños del batey Caletón. Corrió, jugó pelota, trepó árboles, pescó y cazó en el monte como todo cenaguero de pura cepa.

Nunca fui un impedido físico.

Por su afición al agua y sus condiciones como nadador sus amigos le colgaron el mote de Flipper, como el nombre de aquel delfín protagonista de series televisivas en los años 80 y 90. Ayudó a pegar el mote no solo esa habilidad, sino una manía muy propia de mover la extremidad como una aleta ante cada triunfo.

Yoel creció sin complejos. Indistintamente le llamaban Flipper o El Manco. Ya hasta su nombre le suena raro. Pero le respetan. Gracias a las enseñanzas del abuelo aprendió albañilería, y lo mismo abre un hueco para una fosa, chapea monte, que sube una mata de cocos.

Sin embargo, una aureola de infortunio lo persigue. Cuando sale a buscar trabajo algunas personas se quedan mirando su pequeña extremidad, y solo encuentra negativas.

Foto: Alba León Infante

“Y eso que hago de todo, lo mismo abro un hueco, pinto una fachada, chapeo, corto leña. Desde chiquito me gusta trabajar”, dice mirando la pared de la sala, donde cuelgan varias medallas.

Todo comenzó en una jornada veraniega en Playa Larga. Yoel cocinaba en un quiosco para los bañistas. Un hombre de casi dos metros, llegó hasta el puesto buscando a Flipper.

 -¿Tú eres el tan mencionado Flipper de la Ciénaga? Te apuesto una caja de cerveza a que no me ganas en 50 metros estilo libre- le soltó el retador.

El hermano de Yoel, que escuchaba el diálogo, se sumó al desafío y dijo que se jugaba su carpintería, convencido de la calidad del delfín de Caletón.

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La distancia pactada era de 50 metros, pero Yoel puso como condición que solo entraría al mar si el trayecto comprendía los dos kilómetros que separan al Centro de Buceo con la Villa Turística de Playa Larga. De más está decir que le ganó al retador con amplio margen. Ignoraba entonces que aquel hombre que le estrechó la mano tras perder la competencia, era un comisionado de natación para discapacitados.Yoel. Foto: Alba León Infante

Foto: Alba León Infante

Aunque de la mano de su entrenador ha ganado medallas, Yoel no encuentra apoyo suficiente, y hasta sus gestiones para adquirir un terreno donde construir su propia casa le han resultado infructuosas.

“Los implementos deportivos, los viajes, todo eso es un gasto que no puedo sustentar”.

A veces pienso dejarlo y aunque me duela, dedicarme solo a ganarme la vida con mi bixitaci.

Por eso, si encuentra otro sitio donde desarrollar su talento, no lo piensa dos veces para largarse.

“Si me dieran la oportunidad de cumplir un sueño, pediría un terreno para construir una casa, y que cerca hubiera una piscina. No pediría un brazo como muchos creen. He logrado muchas cosas así como soy, pero hay otras que ni con cuatro manos las alcanzas”.

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