Llegamos a los treinta y tantos. Y se siente bien. Todavía somos jóvenes, aunque no tanto como los que andan en los veinte. Estamos, como aquel programa televisivo, justo al medio.

Objetivamente, los treintañeros tenemos bien poco de qué quejarnos. Podemos bailar con la misma soltura de hace una década y los signos de la vejez aún no se notan ante el espejo. Nos enamoramos, salimos. Tenemos toda la vida por delante.

Si acaso, vivimos la circunstancia de la medianía que, si seguimos a pie de la letra la caracterización del ser nacional hecha por el Generalísimo Máximo Gómez, no es exactamente la especialidad del cubano.

Ni adolescentes ni adultos. Jóvenes. Un término que lo mismo acoge a un veinteañero que a uno al que le falta un lustro para llegar a los cuarenta.
Ya sé que dije que, objetivamente, tenemos bien poco de qué quejarnos…, pero igual lo hacemos, tanto que ahora mismo podría enunciar más de tres peros.

Cuando se llega a esos años que popularmente se acuñan como el inicio de los tá –trein-ta, cuaren-ta, cincuen-ta, seten-ta…-, se nos exige socialmente mantener una conducta juvenil, ser emprendedores, temerarios…, con la misma fuerza con que se nos conmina a ser responsables y asumir la vida como adultos.

Vivir en Cuba a cuenta de la escasez de vivienda y la falta de independencia económica de casi todos los que estamos en esa edad, implica además combinar todas las responsabilidades de un ser adulto. Esto mientras compartimos la casa con nuestros padres y abuelos que, como cuando teníamos 15, probablemente todavía nos esperen despiertos en las noches.

Es el drama de la pertenencia, o más bien, de la falta de pertenencia.

En el medio de los despreocupados veinte y los graves cuarenta, escuchando una música que a los muchachos les parecerá anticuada, “del recuerdo”, y a los mayores una chabacanería de la juventud. Que siempre está perdida.

De pronto, somos demasiado viejos para mezclarnos con los pepillos en el humo blanquecino de las discotecas y demasiado nuevos para ser aceptados por la generación posterior que todavía escuchan a José José y Roberto Carlos. Tan lejos de los pantalones ripiados como de las faldas a la rodilla.
Una generación que ha tenido que vérselas con los cambios de locos de tecnología en menos de una vida, que pasó de los Krim 218 a los tarecos rusos en colores y ya va por los telerreceptores de pantallas Led en tres dimensiones y los Xbox, que vivió para llamar por teléfono en equipos con maniguetas y mandar sms desde un celular.

Es la cerca divisoria entre la generación de los tiempos heroicos, esa que creyó que un día podríamos ser más ricos que los Estados Unidos, que picó caña voluntariamente para llegar a los 10 millones y recibió como un héroe al primer latinoamericano en viajar al cosmos… De esta nueva que solo conoce de oídas el periodo especial, y vive en un país mucho mejor que el que nos tocó, aunque mucho menos romántico.

Atrapados, tratando de guardar en el pecho lo mejor de la educación de nuestros padres y resistiéndonos a la banalidad y la enajenación de esos que todavía no tienen edad para ser nuestros hijos pero que, desde ya, nos hacen temer del futuro de los vástagos que muchos de nosotros ya vemos crecer.

Treintañeros. Jóvenes a todos los efectos que a veces nos sentimos irremediablemente viejos. Inclasificables. Mezclados. Ni para allá ni para acá, aunque los “aseres” del romanticismo insular aseguren “que todavía estamos en talla”, como si en realidad alguien supiera, exactamente, la talla exacta de esta vida.