Mi hijo está en sexto grado. Dentro de pocos días se enfrentará a un examen de control de Historia de Cuba y me ha pedido apoyo. El período a analizar es de 1898 a 1952, que comprende los tres primeros capítulos del libro de texto. Demasiado para un solo cartucho, pienso.

Comenzamos hablando de Chibás, porque en torno a su figura versó la última clase que recibió en la escuela. Chibás era honesto, bueno, y desinteresado, dice mi hijo. Luego hablamos de Guiteras y su labor durante el llamado Gobierno de los Cien Días. Guiteras era honrado, valiente, y justo, dice mi hijo. Luego, seguimos en orden retroactivo y llegamos a Villena. Al poeta. Al tuberculoso. Al hombre que según mi hijo era sincero… y etc… etc… más de lo mismo, mi hijo no sabe nada de nada, solo tiene una idea maniquea de lo que es un patriota y de lo que es un villano, de lo que supuestamente está bien y está mal.

Mi pequeño posee una mente vivaz, solo está repitiendo lo que en la escuela le piden corear para obtener los cien puntos a la hora del examen. Es asombrosa la forma vaga y superficial con la que enseñan a nivel primario la asignatura más compleja y significativa a las que debemos enfrentarnos como entes sociales. De esta manera no siembran pasión por la Historia, sino apatía.

Seguimos conversando y no esperaba la sorpresa de mi hijo, sus ojos desorbitados, cuando le digo que Fulgencio Batista nació en la misma tierra que Fidel Castro, en Holguín. Él pensaba que Batista era de otra geografía. En su mente no cabe que semejante hombre —del cual solo conoce aspectos negativos— sea cubano. Tanto se quiere resaltar la cubanía como un dechado de aspectos positivos que se termina creando en la mente de los infantes una imagen falsa, un dibujo erróneo. Ni lo heroico a Martí, ni lo tirano a Batista le quita a ninguno de los dos lo cubano. Ambos son parte ineludible de lo que somos.

Según el pensamiento de mi hijo —que en un momento dado también fue el mío— todo lo vil viene de afuera. Primero fueron los colonizadores españoles y luego los amos yanquis. Entre los cuales muchos realmente tenían intenciones nefastas. Pero no se hace hincapié en la cifra de “cubanos” que en 1868 no deseaban un cambio de régimen en la isla, cuántos voluntarios “cubanos” apoyaron a los españoles durante la gesta del 95 en contra del Ejército Libertador —según el historiador Rolando Rodríguez fueron más de 100 mil—, cuántos “cubanos” votaron a favor de que la Enmienda Platt se convirtiera en apéndice de nuestra primera constitución postcolonial.

Si fueron muy “cubanos” Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias y Sabino Pupo, también lo fueron sus respectivos asesinos. La sangre de unos y otros corre en nuestras venas. El orgullo y el oprobio van tomados de la mano.

Si algo quisiera inculcar en mi pequeño es la existencia de contrastes dentro de todo lo natural y humano. Que no existen los buenos buenos ni los malos malos. Explicarle que siempre hay que analizar las condiciones en las que cada persona actúa o actuó.

Más que hablar de buenos o malos, de patriotas y traidores, me gustaría que mi hijo pensara en personas que acertaron y personas que se equivocaron. Juzgar desde la distancia, así se mire la Historia con una lupa, es un ejercicio demasiado arriesgado.

Muchas veces la maquinaria del recuento histórico ha pasado con desdén sobre algunas figuras que debieron ensalzarse y ha sembrado en pedestales a otras que jamás los merecieron.

Que mi hijo pueda sopesar lo grandioso y lo turbio de nuestra historia —lo que muchos quieren mostrar y lo que casi nadie quiere recordar— es una de mis metas como padre que insiste en educar para mañana. Que sepa de qué está formado nuestro pasado, para que en un futuro cada una de sus acciones pese en sus hombros y en su conciencia.