Un hogar disfuncional puede parecer obvio. Cuando observamos al interior de una casa aquellas características aparentemente “típicas” que acarrean el desequilibrio o el caos, entonces le colgamos la etiqueta. Sucede que nos dibujamos mentalmente los esquemas para nombrar determinadas situaciones y al menor síntoma ya estamos pensando anticipadamente en la enfermedad.

Sin embargo, no siempre la disfuncionalidad va aparejada de indicios evidentes, dígase: pobreza, marginalidad, drogadicción, escaso nivel cultural, autoría de delitos. Y es que con mucha frecuencia lo pernicioso logra camuflarse detrás de un tapiz de perfección. En varias ocasiones he tropezado con tal distorsión de la realidad.

Sí, porque he conocido familias que casi a diario respiran un clima cargado de tensiones; no obstante viven en óptimas condiciones económicas y sus miembros son universitarios. He visto esposos bien preparados que hacen del machismo su filosofía de vida, y sienten el derecho de maltratar solo porque de ellos depende el sustento. Puede parecer romántico en demasía, pero también he contemplado viviendas con notables carencias materiales, donde sobresalen la armonía y la felicidad. ¿Paradojas de la vida? Más bien contrastes que demuestran que las excepciones, a veces, reformulan las reglas.

Nunca olvidaré los efectos de una escena traumática que presencié hace algunos años. Estaba en casa de alguien a quien estimo mucho, cuando un suceso alteró el ambiente acogedor que nos rodeaba. El hombre de la casa le reclamaba a su esposa porque esta no había cocinado lo que él le había exigido. Mientras ella fundamentaba el motivo, lo desarmaba en razones. Pero él debía mostrar quién era el mandamás… el feje de núcleo. La mandó a callar. Acto seguido tomó la cazuela y esparció su contenido en el suelo, como si fuera un cubo de agua. El hecho me produjo una profunda tristeza, sobre todo porque el macho alfa de la historia parecía ante los ojos del mundo un modelo de persona.

Casos como este hacen que el ideal de familia se transforme, en ocasiones, en una utopía. Una vivienda donde los adultos discutan a grito en cuello delante de sus hijos pequeños, o se maltrate a los ancianos, o  donde los hombres se den golpes el pecho cuando sus mujeres deciden no obedecerlos; un lugar así puede traducirse en una sucursal del trastorno.

Si bien las señales que ponen en evidencia ese desequilibrio, no encajan siempre con el mismo prototipo; las dolencias acumuladas por sus víctimas se desatan por un modus operandi similar. Las peleas, los maltratos, el irrespeto, la violencia en cualquiera de sus variantes dan el traste con la salud emocional de las personas involucradas.

En una sociedad patriarcal y machista como la cubana, lamentablemente esos conflictos no parecen sacados de otra galaxia. Es más, los podemos presenciar con frecuencia. Incluso llegan a reproducirse en otros ámbitos de la sociedad como escuelas, centros de trabajo, espacios públicos.

Si almacenáramos dentro de un domicilio elementos tan nocivos como la homofobia, el machismo, la intolerancia hacia lo diferente; el resultado sería catastrófico. Más que la mera categoría de “hogar disfuncional”, tendríamos ante nosotros un sitio donde la aridez espiritual aniquilaría la esencia de los seres humanos que, a mi juicio, es vivir para ser feliz.

En Cuba buena parte de los spots televisivos intentan crear conciencia para que las relaciones humanas, ya sean familiares o sociales, se basen en la paz y en la cordialidad. No obstante, los comportamientos individuales no siempre se educan a través de los mensajes de una pantalla o de una valla publicitaria. Ojalá y así fuera.