Cuando José Antonio Machín decidió asentarse en Placetas (Villa Clara), sabía a lo que se enfrentaba. Recoger y comenzar desde cero no era una práctica ajena. Ya lo había experimentado a los seis años, cuando en plena crisis de los 90, sus padres de Santa Cruz del Sur (Camagüey) acordaron mudarse a Sierra de Cubitas, en busca de una mejor economía.

Durante 12 años Machín acogió ese lugar como suyo hasta que la vida lo sorprendió sin nada entre las manos: “Nunca pensé venir a Placetas. Yo estaba casado en Camagüey y me iba bien. Pero como todo se acaba me divorcié y tuve que marcharme. Decidí probar suerte y evolucionar en mi pasión: la música.”

“La vida para una persona que emigra es muy difícil”, continúa el joven mientras explica los sacrificios de esta decisión: “Dejé atrás casi toda mi familia. Yo soy el menor de siete hijos. Me despedí de los amigos y de mis costumbres camagüeyanas. Me abrí paso solo con mi título. El inmigrante tiene que estar constantemente demostrando su valía. Emocionalmente uno se cuestiona, incluso piensa en volver, pero una voz interior te motiva a seguir. Estar aquí es mi voluntad.”

Cíclicamente el modo de vida de José Antonio Machín se desmorona y vuelve a erigirse desde los cimientos. Por lo pronto, se ha vuelto a casar y cuenta con dos salarios, pues de día labora como instructor de arte en el preuniversitario Eduardo Chibás y por las noches se dedica a elaborar galletas en una fábrica particular:

“La economía placeteña tiene más posibilidades que donde vivía antes. Ese es uno de los factores por el cual no regreso. Allá tenía que conformarme con un sueldo básico. Las fuentes de empleo no abundaban. Aquí tengo varias profesiones y puedo buscarme un poquito más. La galletería es un medio bastante sustentable para grabar mis canciones. Se puede decir que trabajo para mis melodías, para mi música.”

Estudios demográficos realizados en los últimos años reflejan que más del 30 por ciento de la población cubana reside en un lugar distinto al de su nacimiento. Los mayores flujos de migración interna se originan por causas económicas, y el movimiento mayoritario va del campo a la ciudad y de Oriente a Occidente.

“Miro a La Habana como la Gran Manzana. He ido un par de veces y no me veo viviendo allí. Demasiado agitada para mí gusto. Mi interés está solo en la música, pues ahí radican todas las oportunidades. Desconozco mi futuro. Cuatro años atrás no me imaginaba en Placetas y mírame ahora. Occidente no es una meta, pero “adelantar” no estaría mal. Desearía que la gente conociera mi trabajo y eso solo se logra en la capital o bien cerca de ella,” revela Machín.

La voluntad misma de sobrevivir siendo inmigrante resulta difícil, pero si agregamos que ese inmigrante pretende dedicarse a la música los esfuerzos suelen ser mayores:

“Grabar cada canción cuesta 25 CUC. Es un negocio nacional, en Camagüey la pista vale 20 CUC (10 la música y 10 grabar), en Placetas 25 CUC (15 la música y 10 grabar) y en La Habana sale en 150 CUC. En mi caso tengo preconcebido la melodía y la letra. No soy un aficionado, los estudios me han ayudado a saber qué instrumentos poner en determinado tema. Pero eso no importa, el servicio del DJ cuesta lo mismo si piensas en todo o no”.

Machín ha logrado grabar siete canciones. En cada una de ellas siente su letra, su música y su dinero. A la espera permanecen engavetados numerosos acordes y partituras. El arte se desboca de impaciencia, pero el efectivo aguarda. “Cuando me comentan que gustan mis temas lo disfruto con la vida, pues ha valido la pena”, dice, orgullo, al parecer, de haber conquistado algo.

Sabe que el trabajo es duro y no puede caminar sin nada entre las manos. Esta vez no se lo permitirá.